Tlachinollan
El vía crucis guerrerense
A dos años del gobierno de Ángel Aguirre Rivero (político de cepa priista y converso perredista, por así convenir a sus intereses), seguimos hundiéndonos en la debacle causada por la corrupción, la impunidad, el desamparo, la miseria, la violencia y la inseguridad. Es el vía crucis que padecemos desde hace 72 años con el priismo caciquil y en los últimos ocho años, con los gobiernos simuladores, marrulleros y traicioneros del perredismo. Arrastramos un derrotero político fatídico, por encima de cualquier franquicia partidista.
De los 3 millones 380 mil guerrerenses, más del 65% siguen condenados a vivir en la pobreza; el 13% de la población total está bajo las garras del analfabetismo y Cochoapa el Grande cuenta con el mayor índice de analfabetas que asciende a 24.1%. A pesar de los millonarios recursos financieros que llegan de la federación a través del programa federal Seguro Popular, la mayoría de centros de salud de Guerrero carecen de personal médico, no están equipados y persiste el desabasto de medicamentos. Las mismas protestas que los trabajadores han realizado dentro de los hospitales, han evidenciado las enormes carencias que hay en estas instituciones, develando al mismo tiempo la corrupción que impera entre la alta burocracia que cuenta con la venia de su secretario. Mientras tanto, la muerte materna sigue causando estragos entre las familias pobres de la Montaña y Costa Chica, que forman parte de los centenares de víctimas crucificadas por la desatención, los engaños y los tratos discriminatorios.
Los jóvenes guerrerenses, des-de la infancia sufren los azotes de la pobreza mutigeneracional y cargan con la cruz del hambre, el analfabetismo, el desempleo y la violencia familiar y social. Tienen sed de justicia y los que ostentan el poder y el dinero les ofrecen vinagre, el brebaje amargo que obnubila su camino y los hace sucumbir en las redes del narcotráfico. Un negocio ilícito pero floreciente en Guerrero, que se ha transformado en la principal fuente de divisas y de generación de empleos para vastos sectores sociales de la ciudad y del campo. Nuestro estado no sólo ocupa el primer lugar en siembra de enervantes (teniendo sus principales centros de producción la Montaña y la Sierra), sino que cuenta con plazas geoestratégicas para el trasiego, consumo y lavado de dinero. Las zonas turísticas son famosas por sus bellezas naturales pero sobre todo por la aquiescencia de las autoridades y la complicidad de las fuerzas del orden con las bandas del crimen organizado. Los famosos centros de playa comparten espacios con los centros de operación de los cárteles de la droga que cuentan con una estructura de mando, cuyos jefes ostentan un poder de facto que está por encima de las autoridades municipales. Cuentan con grupos adiestrados para los combates, con equipo bélico sofisticado y casas de seguridad que les permiten sentar sus reales y disputar a muerte, el mar, la tierra y el aire con las bandas rivales.
Los campos de batalla son las avenidas, los centros comerciales, los bares, restaurantes, carreteras, casas habitación y playas, siendo en su mayoría las y los jóvenes, las víctimas de esta guerra. Las narco chambas están siendo un modo de vida atractivo para niños y jóvenes que no tienen cabida en las escuelas y que no encuentran empleo. La narcopobreza se arraiga en sus barrios y colonias y se adhiere a su cultura como una marca indeleble. La venganza es el motor de las luchas entre las bandas que se libran dentro de un mismo territorio. La horrorización de la violencia se torna en un gran deleite para los jefes de las plazas, porque es la expresión más clara de su poderío y su endiosamiento. Para muchos jóvenes que son excluidos y despreciados por una sociedad clasista, las figuras señeras del narcotráfico se transforman en sus héroes míticos. La aureola que les da el dinero y su fama de sanguinarios son como el imán que atrae y seduce a una juventud destrozada por la violencia y el olvido gubernamental.
A dos años de gobierno, las autoridades del estado no han podido diseñar una estrategia de seguridad que tome en cuenta la opinión de la población, para contener la avalancha del crimen organizado que se ha enseñoreado en las regiones más ricas. Siguen supeditadas a los dictados de la federación que continúa con el mismo operativo Guerrero seguro, que además de oneroso y ostentoso, solo sacude el avispero por donde pasa, dejando indefensa a una población que ya no confía en las autoridades encargadas de investigar los delitos, ni de velar por la seguridad.
Por su parte, las comunidades indígenas y campesinas se han organizado para hacerle frente al crimen organizado, con la conformación de sus grupos de autodefensa. Esta determinación colectiva está recuperando las formas de autocuidado comunitario por la infiltración de la delincuencia organizada dentro de las estructuras gubernamentales. Esta connivencia ha dado como resultado que en varios municipios cohabite el narco poder y sean más bien éstos los que impongan sus leyes. La proliferación de los grupos de autodefensa en varias regiones del estado está siendo el antídoto para desmontar las estructuras delincuenciales enquistadas dentro de los diferentes órganos de los gobiernos municipales.
De los 81 municipios del estado, se puede inferir, por lo que está sucediendo en las regiones y lo que padecen cotidianamente los pobladores de los diferentes municipios, que los 9 municipios de la Tierra Caliente; 10 de los 16 municipios de la región Norte; los 13 de la parte Centro, los 8 de la Costa Grande; 13 de 15 de la Costa Chica y 14 de 19 municipios de la Montaña, enfrentan graves problemas con los grupos de la delincuencia organizada y obviamente con las autoridades municipales que actúan en contubernio. En realidad nuestra entidad es rehén de estos poderes fácticos que han logrado posicionarse territorialmente en lugares ocupados desde hace décadas por el Ejército y la Marina. De nada ha servido la construcción de cuarteles regionales de la policía preventiva del estado, que requirieron de una inversión millonaria para prevenir el delito. Para la población estas instalaciones son más bien resguardos que protegen los intereses de los grupos delincuenciales, porque es paradójico que donde están estos cuarteles es donde proliferan las bandas del crimen organizado.
Lo más calamitoso es la impavidez de las autoridades estatales que dejan crecer los conflictos suscitados por las mismas autoridades municipales, y al mismo tiempo, permiten que los intereses económicos y políticos del narcotráfico florezcan dentro de las instituciones de gobierno. No hay señales de querer cortar de tajo toda la impunidad y la corrupción que avasalla y destruye los esfuerzos ciudadanos orientados a revertir el caos y a recuperar el orden y la tranquilidad, enfrentando a costa de su vida, al sicariato, que forma parte de los anticuerpos que se incubaron dentro del mismo sistema político mexicano.
La clase política instalada en los tres poderes del estado no está preparada para enfrentar con ahínco estos desafíos, más bien arrastran el mismo padecimiento de muchos políticos guerrerenses que no pudieron con el cargo pero que sí lograron enriquecerse. La enfermedad compartida por estos políticos es el hybris, que se manifiesta en la desmesura y la soberbia de quienes ostentan el poder y sienten que están por encima de los simples mortales. El orgullo y la confianza excesiva que tienen en sí mismos los hace aparecer ante el vulgo como seres arrogantes y temerarios. Se sienten portadores de la verdad y su altivez no les permite cometer errores. Es impensable que un ciudadano o ciudadana de a pie los cuestione o increpe, porque nadie puede compararse con ellos. Su halo de poder los vuelve supra terrenales y omniscientes. Su mismo padecimiento los orilla a persistir en el error y los torna incapaces para cambiar o corregir el rumbo, pues su orgullo no se los permite.
Lo que hoy enfrentan los pueblos y las organizaciones sociales, estudiantiles y magisteriales con las autoridades del estado, son conflictos de índole estructural, que ponen en cuestionamiento la forma como se ejerce el poder y la manera como se toman decisiones y que atentan contra los derechos de las personas y los pueblos. Sin embargo, por el padecimiento de los políticos esta lucha se ha tornado difícil al grado de llegar al uso de la fuerza para hacer sentir su poder.
La disputa por los territorios ancestrales tiene que ver con la visión empresarial que domina en las cúpulas partidistas y que han decidido privatizar el patrimonio comunal para que puedan entrar empresas extractivas especializadas en explotar minas, construir hidroeléctricas, en realizar trabajos de bioprospección y negocios de turismo alternativo. Los pueblos y sus organizaciones han emprendido una lucha que se va tejiendo desde la base comunitaria para no permitir la entrada de las empresas mineras, ni la creación de una reserva de la biosfera en La Montaña.
En las últimas cuatro semanas en Guerrero emergió el movimiento magisterial y normalista aglutinado en la CETEG y en el FUNPEG para protestar contra la reforma educativa, que atenta contra la gratuidad de la educación, los derechos laborales de las y los docentes y el acceso a nuevas plazas, como parte de las luchas de resistencia contra los gobiernos que se empeñan en privatizar la educación y transferir esta responsabilidad constitucional a entes privados como sucede en los países ricos como Estados Unidos.
La disputa por un proyecto educativo diferente al que ha sido impuesto desde los centros de poder, estuvo a punto de desbordarse por la postura inflexible que en un principio mostró el Ejecuti-vo estatal. Este trance se logró superar con una propuesta de ley que envió el Ejecutivo al Congreso local para su revisión y aprobación. Nuevamente sale a relucir el talante autoritario y arrogante de varios diputados que no están dispuestos a escuchar a los maestros y maestras de Guerrero. No se dignan atender sus planteamientos porque no los consideran de su nivel. Esta patología del poder se pudiera superar si los que dicen representar los intereses del pueblo fueran realmente dignos portavoces de este pueblo que sigue siendo crucificado por los Pilatos del poder que luego acostumbran lavarse las manos, ante las fecho-rías que cometen.




