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El teatro y la lucha contra la injusticia social van de la mano: Carlos Barreto

Aurélie Daly

Bajo su aspecto de viejo sabio o de filósofo a la Diógenes, Carlos Barreto Niño es el hombre de las mil vidas. “Barreto”, como su abuelo, perseguido y asesinado por haber escrito en contra del gobierno, del que lleva orgullosamente el apellido; y “Niño”, como una reminicencia de su pasado de simpatizante trotskista.
El dramaturgo que fue homena-jeado durante los festejos del Día Mundial del Teatro en Acapulco la semana pasada, compartió en entrevista su inextinguible pasión por el arte escénico a la par de su compromiso social.
Nacido en Guadalajara, llegó al puerto hace alrededor de 20 años como maestro de teatro en la Universidad Autónoma de Guerrero.
Devoto, aventurero, marxista, hippie, teatrista de intervención, docente, místico… ninguno de estos términos es suficiente para describirlo, sin embargo todos son ciertos; la constante, el teatro y la lucha contra la injusticia social, que, para él, van de la mano.
“La noción de justicia, siempre ha sido el motor en mi vida literaria y personal. Soy un luchador social, un luchador comprometido”, declaró.
Desde su primera pieza actuada en 1956, El presidente hereda de Cesare Guiolio Viola, nunca ha dejado el teatro aunque haya vivido un sinnúmero de vidas distintas.
Las distintas historias que cuenta Barreto se ramifican como un árbol hasta llegar a la ramitas más delgadas donde se pierde el discurso, al borde del vacío, hay que regresar, encontrar la rama fuerte, el tronco de la plática.
Sus dichos son como su vida, sinuosos, hechos de meandros y pedacitos de vida cosidos juntos. Caminos que dan vueltas y no van a ningún lugar, callejones sin salida que se tienen que recorrer al revés para encontrar otro.
Su biografía no podría ser linear, al igual que una entrevista con él; él mismo lo confiesa: “Escribo cuentos autobiográficos, fragmentos de mi vida, porque no puedo escribir todo seguido”.
Aunque dijo que llevaba el teatro desde siempre, “desde que iba a ofrecer flores al Templo de San Francisco con (sus) tías” ya que siempre “iba con la ilusión que iba a suceder un milagro, al convertir al espíritu en materia”, contó su descubrimiento del teatro, a los 7 años, como un “choque”, “como la catarsis en el teatro griego”. “Cuando vi mi primera obra de teatro, me dio terror. La rechacé pero fue como protegerme por esta atracción por el teatro. Me desalentó y me atrajo al mismo tiempo”, explicó.
Recuerda que desilusionado de la vida familiar, huyó de su casa a los 13 años, con su mochila y su bicicleta y ahí empezó la aventura. Sintió que la familia no era un fin en sí y que se podía encontrar fraternidad en otras partes. “Buscando esa naturalidad, me dejé vagar” y es así que, a partir de una función que dio con un grupo de teatro en la Casa de la Cultura de Michoacán que se acercó a la Escuela de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes donde cursó la carrera de dramaturgia con Héctor Bonilla, Martha Verduzco, Sergio Jiménez, entre otros, ahora famosos.
Discípulo y amigo de Alejandro Jodorovsky, empezó a escribir una obra, Ruta introspectiva, para él, pero nunca la terminó porque “el proyecto con él se interrumpió”.
Autor del Manual del Arte Dramático, librito de consejos para actores salpicado de consideraciones personales sobre el teatro, publicado en 2009, detalló que tenía ocho obras escritas en el poder de la Universidad y que esperan “nada más que las publiquen”. Entre otras, está un drama titulado El hombre nixtamal, monólogo que sirve de marco al dramaturgo para hablar de “un amigo que anduvo en la sierra de músico”. Hace cuatro años escribió un libro sobre las muertas de Juárez que cuenta la historia de una mujer que huye, pero, es perseguida por su novio de Chihuahua que le tiende una trampa, y concluye sobre su oficio de dramaturgo: “Ya no puedo hacer teatro, mi teatro es místico”.
Ve en su inclinación por los altares, la explicación a su gusto por la escenografía.
Creador de un concepto de teatro basado en el teatro kabuki japonés, montó un café teatro en el Distrito Federal donde experimentó con el borrar los límites entre espectadores y actores.
Considera el maestro Barreto que el teatro es un “proceso”, un “auxiliar a una forma diferente de enseñar” que se genera en la lucha entre la pasión y la razón, que “la vida tiene honduras que nos hacen más difícil desentrañar el misterio” y que, precisamente, el teatro es capaz de “desentrañar ese misterio”. Es en el teatro que resolvió los conflictos de su alter ego, de su “Daïmon”, como lo nombró. “Haces teatro haciéndote teatro, es la experiencia misma la que te hace y te pide más”.
“Yo he tomado el teatro como una forma de mostrar. Antes era intuitivo, ahora lo analicé. El teatro no debe de ser para hacernos reír o llorar, pero¿ por qué nos reímos o por qué lloramos?”, declaró.
Considera que el mexicano está mucho en el ritual. Por su parte, luchó contra el ritualismo ya que, para él, “el teatro no es un rito, es algo real”. A la cuestión de saber si se sintió honrado por el homenaje que le fue rendido por la comunidad teatral a la ocasión del Día Mundial del Teatro, dijo: “es un ritual más, no me gustan los rituales”.
Desengañado por la sociedad actual, la diagnosticó como “enferma” y detalló que “en la naturaleza nada es gratuito, todo tiene causa y efecto. La sociedad es un cuerpo en el que todos tenemos una función y está enfermo, de desnutrición, de odio, de cosas que afectan a la naturaleza. Esto es puro nihilismo, estamos por caer en la órbita del individualismo con la figura del campeón, del ganador. El hombre moderno ha perdido esta capacidad a percibir porque está enfrascado en sus cosas”.
Y es con los ojos húmedos que contó su experiencia de vida en una comuna hippie “socialista, no marxista”, en la sierra mixteca, como experiencia fundadora en su vida: “trascendencia para toda la humanidad”. “Simplemente queríamos romper con el mundo, a los otros les decíamos ‘los queremos mucho pero ¡vayan a chingar a su madre!’”, bromeó y agregó que Submarino amarillo, de Los Beatles, es parte “de las pocas películas que sintetizan el movimiento de 68”.
“La vida es cortita pero la existencia es eterna, nunca termina uno de existir, por eso la fraternidad es como un siempre existir, la mejor de las opciones”, reflexionó.
Invitado en 1991 por Rodolfo Reyes a formar parte de un seminario de arte en Chilpancingo, se instalaó en el puerto y adoptó definitivamente la vida guerrerense a partir de esta fecha.

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