José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Una Chica genial
–Para maniquiur de altura, trabajos de veras bonitos, ¿quién más que yo, manita? Ahora verás, ahora verás… Este color encendido favorece mucho tus manitas. Es color de amor, ¡de pasión! Una buena repasada… ¡y listo! ¡Ay pero de veras qué lindas manos tienes, Emmita!
Chica habla rápido y con gusto. Con su aguda voz de mima, de actora bufa que toma muy en serio su papel de cultora de belleza experimentada, única, arma más ruido que una estudiantina. Su pandereta, sus castañuelas, son verbales: la sabrosísima melodía del cotorreo y de la franca adulación profesional, complementada con sus locuaces gestos y ademanes, esa especie de confeti festivo que Chica lanza sobre sus gustosos interlocutores. Por lo menos, mi prima Emma no puede dejar de sonreír mientras Chica aplica diestramente un fulgurante bermellón en sus cuidadas uñas de Mágica, la bruja de Walt Disney.
–¿Tú misma te quitas la cutícula, preciosa? –pregunta Chica, cantarina–, porque mira, aquí te heriste, te quedó un cacho de padrastro. Has de esperarme, mi amor, no quieras hacer las cosas sola. Ahora primero dejamos que cicatrice, y luego vemos. ¡Pero has de llamarme, amor!
Chica es precisamente eso: “un amor”. Lástima –dicen algunas señoras que frecuentaba– que haya dado tan feo changazo, que haya cambiado tanto y tan a la vista de todos: en pocas palabras, que medio haya perdido la razón. Hay que verle la facha: más estrafalaria no puede andar. No se amarra botes en la cola porque no es automóvil, dijera una chistosita. Con su descomunal bolsón de trabajo colgando de su hombro toca a una y otra puerta conocida para ofrecer sus servicios, en los que “gracias a Dios” todavía se aplica cuerdamente y como las mejores.
–Aunque hay casos –comenta mi prima con la picardía de quien empieza a preparar un chirmole picoso– en que le falla horriblemente. Uno, lo que le hizo a Diótima, la vecina. Dos, la recortadera de uñas que le infligió a doña Soledad, a la que le aseguró que las uñas en punta, “tipo gata salvaje”, era la última moda en Europa. ¡Y el padrastro que le quitó a Crisantema Rosas, casi con todo y uña?
–¡A poco!… –digo yo con el tono de asombro que se requiere en estos casos–: ¿Sí?
–Tal cual lo oyes, hermoso –afirma Emma contagiada del lenguaje acariciador de Chica.
Y como en toda buena sesión de chismografía chilpanchingona, paso a enterarme de la historia universal de la singular peinadora, ahora sí que con pelos, pasadores y señales. Y ahi tienen ustedes, curiosos lectorzazos, que en el año del caldo, a mediados del siglo pasado, Chica tenía un salón de belleza en toda forma, en el centro de Chilpancingo, al que concurrían las más diversas beldades capitalinas. Chica sabía su cuento: a una le arreglaba las manos reglamentariamente y con cremas y esencias aromáticas de más, a otra le fingía unos pómulos que ya hubiera querido María Félix para una de sus películas, a otra más le sembraba irresistibles campos magnéticos alrededor de los ojos, no sin antes haberle puesto discretas zapatillas de maquillaje a sus patucas de gallo. No contenta con darles su manita de gato, Chica las recontraembellecía con sus palabras:
–Es difícil encontrar un pelo tan negro y tupido como el tuyo, preciosa. ¿Pero toda tu familia es así de peludota, verdá manita? ¡Qué pelo tan hermoso tan hermoso! ¡Qué pelo, diosmío!
–Pero ahi tienes –expectora mi prima (la que, hablando de pelos, no tiene uno en la lengua)–, ahi tienes que un día… Bueno, en realidad a mí no me consta pero dicen que un día… Bueno, la dejó su marido… O no, no no –recapacita–, más bien dicen que una mañana le dio un horrible dolor de estómago y cerró su negocio y se fue a su casa… ¡y que va encontrando a su marido con otra, en su propia cama! ¡Imagínate! Quedó muy descontrolada la pobre y…
–Bueno, que yo sepa Chica nunca se casó –le digo a Emma–. A mí tu mamá me contó otra cosa: que Chica era espiritista y que…
–También, también… -concede Emma–. Lo bueno de los chismes –añade en tono doctoral– es que nunca se contradicen, más bien siempre se compaginan. Todo es verdad, todo es cierto.
Semejante argumentación me confunde tremendamente, pero como al fin de cuentas yo no estoy aquí para ilustrarme en lógica sino para saber lo que sigue, insisto:
–Que era espiritista y que una noche…
–¡La espiritista no era Chica, sino su mamá, muchacho! –respinga Emma como arremetiendo contra un vulgar chismoso primerizo–. Fíjate: su mamá era espiritista, y empezó a usar a Chica como médium; por ahí va la cosa. Los viernes en la noche, o cualquier otra noche de luna llena, la sala de su casa allá por Tequicorral se oscurecía y todos se agarraban de las manos alrededor de la mesa, en silencio, para convocar a las fuerzas del Más Allá y establecer una sabrosa plática con los muertos…
Ay dios, exclamo yo para mis adentros, ya no sé si porque de pronto advierto que los recursos para invocar los excesos de sabiduría humana son infinitos o porque la vocación contadora de mi prima me apantalla y el carraspeo de su voz me causa tremendo escalosfrío:
–…¡Ramooón! ¡Ramooooón… ¿Estás aquí? ¿Me escuchas, Ramón? ¿Estás aquí, con nosotros?, decía en la penumbra azulosa y temblorina la mamá, invocando a su propio marido, al padre de Chica, que era la médium, mientras todos apretaban las manos sudorosas. ¡Pa imaginarse, manito!… Hasta que la mesa se elevaba unos centímetros y las sombras parecían flotar alrededor; se oía un trueno de tormenta por ahí y: SÍ… TE ESCUCHO, VIEJA, respondía el tal Ramón por boca de Chica, imagínate esa voz ronca y aguardientosa tomando por micrófono la boquita de una niña inocente: YA HICISTE DE MÍ LO QUE QUISISTE; ORA QUÉ CHINGAOS QUIERES, rezongaba la voz (a veces muy clara, a veces como si estuviera hablando de muy lejos), y a Chica le quedaba temblando la boca, no como si acabara de regresar de la muerte, sino como si acabara de vomitar. Pararrayos de pláticas de ultratumba, terminaba bañada en sudor y dando muestras de ciertos problemas que ni tú ni yo estamos para…
–Se traumó.
–Ahí, o con el tiempo. Empezó a ver figuras espectrales en pleno salón de belleza, a hacer relajo y medio con las tinturas, con la secadora de pelo y las tijeras.
–Las clientas empezaron a escasear…
–Ajá. Pero como te digo, su salón era de los mejores de Chilpancingo –recalca mi prima, quien, si saco cuentas, en la época de que habla con tanta sapiencia, todavía no había nacido.
No se lo digo, podría acribillarme con otro silogismo.
Lo bueno es que muchas otras personas reconocen ciertas virtudes chicuelinas. Me cuentan, por ejemplo, que cuando aún no se ponían de moda las florecitas en las uñas, la vanguardista Chica ya quería pintar arlequines, guernicas, mirós y demás espasmos cubistas en las delicadas uñas de sus clientas. Fregona que era.
Antes de que la fantasía empezara a rodearla más en serio con sus cuentos, orientándola hacia ese barrio chino en que la vida es mucho más difícil que lo que pregonan los políticos, aunque más fácil que lo que rechiflan los filósofos. Emma pretende contarme una versión más sobre la locuocidad de Chica, esa en que (ya más grandecita) sus hermanos, a caballo y frente al salón de belleza, le espantaban los novios a reatazos, pero (quizá porque calcula que ya se está pasando de versiones) al último sólo dice: “Chica ya no habla tanto sola… Sigue siendo una mujer muy trabajadora y simpática”.
Los años pasan y aún –estamos en 2013– nos encontramos a Chica por ahí o por allá. Acampa con su venta de ropa usada y alguno que otro triqui atrás del edificio Vicente Guerrero o, festiva, dicharachera, fachuda, recorre colonias de la periferia con un enorme bolsón al hombro, ofreciendo a la gente productos de belleza, ropa y chacharillas. Viste túnicas griegas de toalla o batas de dormir todas rabonas. Unas muy transparentes, enseñando la falta de fondo y una radiografía del cuadril. Luego se envuelve un trapo en la cadera, a modo de crinolina zancona, como para que uno diga También las manicuristas afamadas enflacan que dan miedo. Escotes generosos, pero no procaces, “porque ella no es así”, dijera Emma, para quien Chica es pura inocencia trastocada. “Por eso no la hizo cuando se metió de mesera en una cantina de la colonia Guerrero”, puntualiza. La cultora de belleza no deja de embadurnarse la cara: falsas blancuras de pan Bimbo sobre su morenez absoluta, una gama de azules y verdes alrededor de sus ojos que, aun con su virtual alegría, resultan tristes. Y eso que el cariño de Chica por la gente no está a prueba. Se acoraza contra las sonrisas que causa, y las contesta con una sonrisa franca y lironda, y no se despide sin hace un comentario chistoso o trascendental a su modo.
–La verdad es que ahora ya casi no se usa el peinado de salón, el de vuelta por aquí y un cairelito por allá y mil y un pasadores en todos lados, con espray, esmerado, bonito… –diría la virtuosa estilista al terminar de pintarle las uñas a mi prima–. Aunque todavía queda por ahí una que otra belleza que, con tal de no destruir mi obra de arte, no se baña en semanas –añadiría guardando sus instrumentos de trabajo antes de despedirse y de continuar su recorrido por la ya grandotota ciudad, tocando puertas reacias y, médium de su propio pasado, convocando, sin querer, como entre sueños, la época en que no se daba tiempo para manicurar y delinear cejas y reparar pestañas, para remozar carátulas en general y armar en las cabezas de las bellas jóvenes de Chilpancingo fantasiosos y geniales castillos de pelos en los que el gusto y la vanidad adolescente anidaría al menos lo que durara el baile, o quizá hasta el otro día, aunque podía tardarse una semana, días después de que el espray perdiera efecto y había que reponerlo. Entonces se la pasaban contando que, como no querían destruir el peinado que les hizo Chica, hasta rico encontraban rascarse la cabeza, es decir, “las costritas”.




