Humberto Musacchio
Enfermedad, diagnóstico y medicina
En el gobierno federal, las cabezas pensantes saben que en los últimos treinta años la economía ha crecido menos que la población, que la productividad ha caído desde hace tres décadas (lo dijo Luis Videgaray apenas ayer), que cada día empeora el reparto de la riqueza, que más de la mitad de la fuerza de trabaja vegeta en el submundo de la informalidad, que tenemos un régimen fiscal insuficiente para responder a los retos sociales, que la educación es zona de desastre, que el sistema de salud se ha desplomado por la reducción del universo de derechohabientes, que tenemos (es un decir) una banca depredadora y voraz que niega apoyo a la producción y prefiere exprimir a los consumidores, que…
Todo eso lo saben las autoridades y es obvio que tienen una gran preocupación, pues lo que está en juego es el éxito o el fracaso de Enrique Peña Nieto, ni más ni menos. Dentro del equipo, como es lógico, hay diversos enfoques, distintas propuestas de solución para los problemas, lo que explica algunas medidas que se antojan contradictorias, como si las autoridades caminaran en círculos, sin avanzar.
Ensayar soluciones es la tarea del día porque lo único inadmisible es dejar que todo siga igual. Por supuesto, ensayar no es resolver y los pasos mal dados pueden ocasionar tropiezos muy costosos. Con todo, el gobierno está obligado a actuar ahora, cuando hay factores positivos muy dignos de tomarse en cuenta, como el llamado bono demográfico y, sobre todo, la relativa ventaja que para los inversionistas de fuera tiene ahora México con la crisis europea y el encarecimiento de la fuerza de trabajo en Asia.
Está claro que los mayores empeños del gobierno federal se encaminan a la búsqueda de inversión externa, pues los capitales nativos, empujados por un temor irracional, prefieren emigrar en busca de seguridad, pese a los escasos rendimientos que obtienen fuera del país. Sin embargo, la fuga de capitales “mexicanos” se detendrá cuando sus poseedores vean que los extranjeros han hallado buen clima en estas latitudes.
Por desgracia, para estimular la inversión se insiste en mantener un régimen fiscal vergonzosamente injusto, que exime y protege hasta extremos enfermizos a los que más tienen, estimula a la gran empresa e impide el desarrollo de las llamadas Pymes, se encoge de hombros frente a la informalidad y castiga y esteriliza el esfuerzo de los causantes cautivos y de los pocos trabajadores independientes que pagan impuestos. Con este sistema fiscal quizá se despierte el interés por invertir, pero el país seguirá en la misma triste situación.
Los problemas son muchos y uno no menor es la inseguridad, que puede retraer la inversión. Aplicar la misma receta de Felipe Calderón sólo augura un nuevo y mayor fracaso. La medicina tendrá que ser múltiple e incluye la creación de empleos y oportunidades educativas lo mismo que la legalización de una o más drogas y un pacto no escrito con las mafias para confinar su actividad a espacios donde no obstruyan las labores productivas.
No es un asunto menor la visible explosividad social, especialmente en las entidades mantenidas tradicionalmente en el abandono. La rebeldía magisterial parece controlable. No lo será la insurgencia de otros grupos sociales que ven en la protesta de los maestros un canal abierto a su propia insatisfacción. Es un clamor que llama a mejorar las condiciones de vida de la población más depauperada, a abrirle alguna puerta a la esperanza, ingrediente indispensable en cualquier proyecto de superación social y nacional.




