Anituy Rebolledo Ayerdi
Botica 6
A la memoria de Heriberto Delgado Román y Alonso de la Colina Sordo, periodistas
Domingo Soler
El teatro Domingo Soler de Acapulco lleva ese nombre porque, independientemente su prosapia escénica y haber nacido en Chilpancingo, el actor perteneció hasta su muerte a la comunidad acapulqueña. Formó parte, como es bien sabido, de la gran dinastía Soler de actores y actrices de teatro, cine y televisión. Con él, Julián, Andrés, Fernando y Mercedes.
Fue el chilpancingueño un recio actor dramático que dio vida a una enorme gama de personajes, heroicos y piadosos, y entre ellos a dos disímbolos como pueden serlo Morelos (El Padre Morelos y El Rayo del sur) y Doroteo Arango (Vámonos con Pancho Villa). Su presencia noble y afable lo convirtieron en el cura bondadoso de media docena de cintas (Río Escondido, una de ellas). Ganó un Ariel de 1945 (el Oscar mexicano) por La Barraca, basada en la novela de Vicente Blasco Ibañez.
El nacimiento de Soler en Chilpancingo fue fortuito. Sus padres Domingo Díaz e Irene Pavia dirigían un teatro itinerante, presentando dramas intensos y comedias ligeras. Recorrían los caminos de la República y por ello la gente los llamaba “cómicos de la legua” (cualquier figura del espectáculo pertenecía, según la “gente bien”, a una escala social discutible estigmatizada con la denominación de “cómicos”. La de “cómicas” tenía una connotación más discutible aún). Ello habrá ocurrido despuntando apenas el siglo XX, cuando el estado de Guerrero era gobernado por el porfirista poblano Agustín Mora. Le apodaban El Chivero y no por su afición a las chivas o a la birria sino por dedicarse a la cría de ganado caprino.
Domingo Soler muere aquí en su residencia de la Gran Vía Tropical número 1, el 13 de junio de 1961, víctima de insuficiencia cardíaca, misma dolencia que lo había obligado a radicar en el puerto. Certificó el deceso su cardiólogo, doctor Manuel Mendoza Cifuentes, y su cuerpo fue llevado a la ciudad de México para ser sepultado en el panteón Jardín.
Margarita Cortés, la compañera de Soler, fue una actriz muy cotizada en los años 30 y 40, dando vida a singulares personajes y entre ellos a la mujer de Juan Diego en La virgen que forjó una patria: la Pascuala de Los Bandidos de Río Frío; la esposa de Simón Bolívar en la película biográfica del libertador y la Chole de ¡Arriba las mujeres! Fue también Camila en Tierra de pasiones y Felipa en Azahares para tu boda.
Las carpas itinerantes
Cuando las carpas lograban llegar al puerto, lo que significaba una auténtica odisea porque tenían que atravesar los ríos en chalanes, los escenarios teatrales y circenses se instalaban en la Playa Larga, frente a la plaza principal, hoy Malecón. Fueron históricos los tumultos de una población ayuna de diversiones para presenciar tales espectáculos. Son varios los testimonios que hablan de carperos que aquí se quedaron. El teatro Tayita habría sido la última carpa teatral que visitó el puerto, instalada en el área del actual mercado de artesanías (???).
Aun en plena fiebre telenovelera, los acapulqueños respondían con entusiasmo a la rancia tradición de la carpa mexicana. Un espectáculo ofrecido por “tandas” como aquellas célebres del porfiriano Teatro Principal. La última se reservaba para los cómicos con rutinas de tono subido pero no meco y lépero como hoy abunda en la televisión. Las alusiones políticas de algunos eran celebradas ruidosamente por el público y, claro, repudiadas por los poderosos. Un cómico célebre, Jesús Martínez, Palillo, trajo siempre en la bolsa un amparo judicial contra los arrestos en pleno escenario. Particularmente cuando se dirigía a determinados funcionarios públicos llamándolos “méndigos pulpos chupeteadores del erario e hijos de la china Hilaria”.
También de la carpa surgió el cómico por excelencia, Mario Moreno Cantinflas. Hizo pareja entonces con Manuel Medel quien, aparte, hizo en el cine una creación del Pito Pérez de José Rubén Romero. También carperos Resortes y Clavillazo, y carperas Delia Magaña y Amelia Wilhelmy, las adorables borrachas de Nosotros los pobres.
La carpa Tayita
“Gran Compañía de Dramas, Comedias y Variedades Selectas Padilla Morones” fue la denominación formal de la Carpa Teatro Tayita con largas temporadas en el puerto. Una empresa comprometida a ofrecer a su público lo mejor del teatro mexicano y español. Aquí mantuvo siempre la fidelidad a sus seguidores, gente sencilla, amas de casa, obreros, y comerciantes del mercado central. Mujeres en mayor número conmovidas hasta el llanto con aquellos dramones calificados por críticos severos como “culebrones lacrimógenos, tremendistas y astrakanescos”. Conmovieron particularmente a Acapulco Corona de lágrimas, puesto especialmente por doña Prudencia Grifell y más tarde trasladado por ella misma al cine y la televisión. Los árboles mueren de pie, El pecado de una madre, La herida luminosa y Malditos sean los hombres.
Secas las lágrimas, seguía el fin de fiesta con bailes, canciones, poesía y comicidad con la participación de toda la compañía. La formaban 16 actores dirigidos por los esposos José Padilla y Blanquita Morones, apoyados en ocasiones por el hermano y cuñado Raúl Chato Padilla. El mismo que más tarde formará parte del elenco de El Chavo del Ocho, como Jaimito, el cartero.
Amor y gratitud
Domingo Adame Hernández, licenciado en Literatura y doctorado en Teatro por la UNAM, especializado en actuación y dirección en la Universidad de Cracovia, Polonia, y director de la escuela de Teatro de la Universidad Veracruzana, escribió en 1992: “En Acapulco, el teatro Tayita celebró en 1974 sus veinticinco años y el cierre definitivo de su telón. Para quienes –como el que esto escribe– esta carpa fue su primera escuela teatral, en un principio como espectador y después como parte de su elenco, resulta inevitable un recuerdo de amor y gratitud”.
Juan García Jiménez
El más grande poeta vernáculo de México, Juan García Jiménez, invitó alguna vez a este escribidor a una función del Teatro Tayita. Aquella noche le tenían reservada una sorpresa. Apenas lo avista el primer actor de la compañía, Héctor Manuel Calixto, corre hacia él para procurarle un asiento de primera fila y también a su acompañante. La sorpresa vendrá durante el fin de fiesta, cuando Calixto declame, con la entonación precisa de sus protagonistas, hasta cuatro poemas del ometepecano. El declamador se sublimará con el Remigio: (¡Órale Remigio: garre sus tiliches y como de rayo se me va a l’escuela! ¡pero ya volando que se li’ace tarde y no sea la cosa que me lo degüelvan!).
Juan García Jiménez, el hombre más sencillo sobre la tierra, recibía emocionado hasta las lágrimas el homenaje de un público puesto de pie. Un público seguramente avergonzado por tener como paisano a tan enorme poeta y no conocerlo. Luego, los fuertes abrazos oprimiendo a aquel cuerpo enteco pero él sonriendo estoico. Y es que Juanito ya sabía que más tarde tendría su recompensa: néctares de caña y de uva a torrentes.
Aquella noche, al llegar a la cantina La Redacción, precisamente frente a la del diario Trópico, donde laboraba el escribano, nos encontramos con la redacción completa. Ahí estaban Arturo Parra Zúñiga, Arturo Escobar, Enrique Díaz Clavel, Andrés Bustos, Manuel Galeana, Carlos Ortiz y Simón Castrejón. Fungía como generoso anfitrión don Fernando Acosta, agente aduanal del puerto y presidente del Club de Leones de Acapulco. Imposible desairarlo.
Cuando el mesero ha servido la tercera ronda, Juanito toma una servilleta y algo pergeña en ella. Termina y pide permiso para leer un epigrama dedicado a don Fernando, el Paganini sin violíni:
Bienvenido sea Acosta
a este ruidoso corrillo,
beberemos a su costa
¡a costa de su bolsillo!
García Jiménez, debe decirse, perteneció al cenáculo de los grandes epigramistas mexicanos de su tiempo: Salvador Novo, Francisco Liguori y Luis Vega Monroy. El guerrerense escribió por largo tiempo un epigrama diario en la página editorial del diario La Prensa.
Doce Millones
–¿Ya sabes que acaban de ingresar 12 millones a la tesorería del Ayuntamiento?
La especie corrió como reguero de pólvora por todo Acapulco provocando reacciones diversas. De incredulidad por la montaña de dinero que significaba tal suma, y de esperanza por lo mucho que podría hacerse en beneficio del puerto con tanto dinero.
Pero –¿qué pasa?–, el señor presidente municipal niega la versión exasperado y demanda:
–¡Háganmela buena, cabrones mitoteros!
Para el tesorero municipal aquello no pasa de ser una broma de mal gusto, una burla para él mismo urgido en aquél momento de recursos para comprar media docena de escobas.
Los autores de la charada fonética –porque de eso se trate–, esperarán a que esta cale hondo antes de dar a conocer la maliciosa respuesta. Para ello han contado con la colaboración entusiasta de los más grandes celebridades del mitote en Acapulco. Una de ellas:
–A mí no me lo creas, lo sé de buena fuente. ¡Me lo dijo Esperancita Terrones!
La aclaración será adelantada cuando empiece a circular la versión de que “el señor alcalde se quiere chingar los 12 millones”.
–¡Error, todo se debió a una mala interpretación fonética. Nunca se habló de doce millones de pesos, sino de “dos semillones”, los que ingresaron como nuevos funcionarios de la tesorería municipal.
Nota: Semillón –de semilla, naturalmente–, se llamaba entonces a los “mujercitos” o “mariquitas”o…
–¡Fíjense cómo hablan, pues!




