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Federico Vite

Curiosidades del ocio

Varios escritores en la historia de la literatura han profesado un credo poético: mirarse el ombligo durante un buen rato. Observan el mundo, viajan, beben, conocen gente y un buen día se levantan y deciden que tienen en su cabeza el plano general de un libro. Pero el temor recurrente es una duda maléfica que instiga con severidad a los autores: ¿qué pasa si nunca puedo volver a escribir?
Algunas de las películas que han tocado el tema del bloqueo mental son Barton Fink, Más extraño que la ficción, Wonderboys y You will meet a tall dark stanger, donde a un escritor (Josh Brolin) se considera incapaz de lograr los cambios que le pide su editor, pero el tema fue sabrosamente abordado por Enrique Vila-Matas en el libro Bartleby y compañía (Anagrama 2000). Este escritor de culto se cobija en esta novela, que también puede leerse como una serie de ensayos, en Marcelo, un oficinista solitario que encarna tanto al fantasma de Kafka como al irrepetible Pessoa. Marcelo pues escribe en el verano de 1999 un diario en el que detalla sus notas a un texto invisible: Casos de escritores tocados por el mal del silencio.
Este libro reúne 85 notas ensayísticas en las que aparecen los soldados predilectos del español. Transitan por estas páginas Sócrates, Rimbaud, Juan Rulfo, Salinger, Thomas Pynchon, Bruno Traven, Robert Walser y otros aguerridos literatos que han apostado por el rebelde precepto: Preferiría no escribir, no publicar.
Vila-Matas toca este tema, en el 2002, con la novela El mal de Montano, pero en Bartleby y compañía encontramos algunas de las posibles explicaciones al silencio literario de varios héroes de las letras.
Vila-Matas toma como ideal del no a Robert Walser, un tipo realmente raro. No una pose, como la que usan varios de los autores actuales. Este hombre decidió en 1921 afincarse en Berna, se apartó de la sociedad y de la vida literaria. Ocho años después entró a la clínica psiquiátrica de Waldau, donde siguió escribiendo en silencio. Detuvo su obra en 1933 y cambió de sede, pero esta vez fue internado en contra de su voluntad en la clínica psiquiátrica de Herisau. Ahí vivió hasta la navidad de 1956. Fue encontrado muerto en la nieve. Salió a dar uno de sus habituales paseos: nunca regresó. Sobre este tipo suizo y colosal, en cuanto al silencio se refiere, el también autor de Lejos de Veracruz refiere: “Robert Walser sabía que no poder escribir también es escribir. Y entre los muchos empleos que tuvo –dependiente de librería, secretario de abogado, empleado de banco, obrero en una fábrica de máquinas de coser y mayordomo en un castillo de Silesia– apostaba por el silencio.
Después de ganar un poco de dinero, Walser se retiraba, en Zurich, a la Cámara de Escritura para Desocupados y allí, sentado en un viejo taburete, al atardecer, a la pálida luz de un quinqué de petróleo, se servía de su agraciada caligrafía para trabajar de copista, para trabajar de Bartleby”. Walser escribía que no podía escribir. Una paradoja que trata de explicar Vila-Matas e indagada en un precepto: los bartlebys son raros porque nunca escribieron o dejaron de escribir tras uno o dos libros brillantes. Ocultan celosamente su identidad, dicen no, porque el no, ya lo dijo Camus, es la esencia de la rebeldía.
Me gusta pensar que Vila-Matas sugiere con Bartleby y compañía que Dios es el maestro del silencio, alguien superior que escribe a través de las personas. Y yo sólo pienso en esa canción de Juanes. “A Dios le pido que si muero sea de amor y si me enamoro sea vos”. Escucho la armonía de la existencia porque quiero escribir tan luminoso y oscuro como la tinta donde encuentro a los míos.
Por ahora, releo este artefacto literario, Bartleby y compañía, porque es como un autorretrato nocturno. Una dotación de palabras que bajo la sombra indican que no hay nada malo en el silencio, quizá es lo mejor para estos días de penuria creativa y sentimental.

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