“Somos de los zetas y le dimos un levantón a su hija”, le dijeron, relata víctima a la CNDH
Zacarías Cervantes
Tierra Colorada
Eran las 10 de la mañana del 16 de agosto del 2011 cuando le llamaron por teléfono. Le dijeron que tenían secuestrada a su hija de 12 años de edad y que tenía que pagar 50 mil pesos de inmediato, sólo para que le quitaran la venda con la que le cubrían los ojos.
Después le advirtieron que comenzarían a cortarle cada uno de sus miembros, “total, uno de sus órganos vale mucho más de lo que nos vas a pagar por el rescate”.
A las 7:00 de la noche de ese día, tras pagar 800 mil pesos logró rescatar sana a su hija, quien estaba bajo la custodia de un sacerdote de la parroquia de la Asunción de María, en Chilpancingo, precisamente el día en que se celebraba a la virgen que lleva ese nombre y cuando la iglesia estaba llena de feligreses.
La mujer que contó el testimonio es originaria de La Palma, municipio de Juan R. Escudero pero vive en Chilpancingo, donde se cometió el secuestro de la menor, es una de las víctimas del crimen organizado que ayer, en Tierra Colorada contó su historia a los visitadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).
La madre de la menor es abogada, ayer recordó que el día del secuestro salió temprano a una audiencia a Chilapa y dejó a su hija en su casa, en la colonia Los Pensadores de Chilpancingo. Minutos después, policías municipales que llegaron a bordo de una patrulla tocaron a la puerta y le dijeron a la menor que se saliera porque hombres armados llegarían en busca de su madre.
Serían aproximadamente las 10 de la mañana y una vez fuera, los uniformados le dijeron a la niña que se subiera a una combi y que allí recibiría instrucciones de hacia donde debía dirigirse para que recibiera protección. Lo hizo así y una vez arriba de la unidad, vía teléfono celular, le dieron instrucciones de donde debía bajarse. En el lugar ya la esperaban hombres armados.
A esa misma hora, los delincuentes le llamaron a la madre quien iba entrando a Chilapa. Ella manejaba y le pasó el teléfono celular a una amiga que la acompañaba para que lo contestara. “No, queremos hablar con ella”, le dijeron los desconocidos.
Se presentó con ella un hombre que dijo llamarse “Gilberto Guerrero”.
-Somos de los zetas y le dimos un levantón a su hija, -le dijo en seco el hombre.
-Ah carajo, somos de la misma célula, mi marido también es de los zetas- le contestó en broma al desconocido, pensando que se trataba de una extorsión.
Sin embargo, después de que colgó el teléfono marcó al celular de su hija pero ya estaba en buzón. Minutos después volvió a marcarle Gilberto Guerrero quien le pasó a su hija, fue cuando comprendió que todo era real.
A partir de entonces las llamadas telefónicas eran constantes. Casi al medio día escuchó vía celular que uno de ellos decía, “quita a la huerca del caño porque se te va a morir por el sol”.
Para entonces, la abogada había movilizado ya a familiares, amigos, policías y había denunciado el caso en noticiarios de radio, por lo que al escuchar la referencia por teléfono pensó que la tenían por el río Huacapa y lo recorrió caminando de norte a sur, sin encontrar nada.
Mediante las llamadas telefónicas seguían dándole pistas falsas pero también instrucciones de cómo debía proceder. A las 2:00 de la tarde ya había pagado 50 mil pesos sólo para que le quitaran la venda con la que le cubrían los ojos a la niña.
Mientras, la madre, sus familiares y amigos recorrían toda la ciudad en busca de la niña. La madre se desplazaba a bordo de una patrulla de la Policía Municipal con vidrios polarizados, siguiendo pistas falsas dio con dos jóvenes que estaban plagiados en una habitación del hotel El Roble, ubicado en el barrio de San Mateo y con dos más en el hotel San Juan de la colonia del mismo nombre ubicada al poniente de la ciudad, frente a la terminal de autobuses.
Serían poco después de las 6:00 de la tarde cuando por fin recibió instrucciones de cómo y dónde pagar los 800 mil pesos del rescate. A las 7:00 de la noche un amigo le llamó a su celular y le dijo, “ya encontraron a la niña, vas a tener que pasar a identificarla” y entonces pensó lo peor.
Le dijeron dónde y se encaminó hacia allá. Era la parroquia de la Asunción de María, ubicada en el Zócalo de Chilpancingo, que a esa hora estaba atestada de feligreses que celebraban el día de la santa patrona de esa iglesia. La menor, efectivamente, estaba allí.
La madre recuerda que su hija estaba custodiada por un sacerdote, a un costado de la pila bautismal, sana y salva. Fue lo último que vio antes de que cayera al piso, inconsciente hasta que fue reanimada por sus familiares y recobró el conocimiento, ya con su hija al lado.
Esa misma noche, la abogada presentó la denuncia ante la Procuraduría General de Justicia del Estado, sin embargo a casi dos años no ha tenido informes de la investigación y ni una copia del expediente han querido darle en la dependencia, por lo que desconoce el motivo de la participación de los policías que fueron a decirle a su hija que saliera de su casa y si hay responsabilidad del sacerdote que la tenía custodiada.
La madre de la menor presentó ayer la queja ante los visitadores de la Comisión Nacional de Derechos Humanos que vinieron a recibir denuncias como ésta para documentarlas, revisar los casos y en su caso, emitir la recomendación correspondiente.




