Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Botica 7

El Dr IQ

Precursor de los programas de concurso en radio y televisión, el locutor Jorge Marrón, al servicio de la XEW, adoptó uno surgido por ese tiempo en Estados Unidos. Dr IQ, era su lacónico nombre, siglas referidas al Intelligence Quotient, esto es, la medición del cociente de inteligencia de las personas.
(Dice la Enciclopedia que el IQ promedio de la humanidad está entre 85 y 120 puntos. Goethe y Voltaire, por ejemplo, poseyeron valores entre 190 y 300 puntos, respectivamente).
Hombre blanco, grueso, alba melena alborotada y lentes de carey, el Dr. IQ fue popular por su largo grito de “¡peeeerfectamente bien contestadooo!” y sus premios en efectivo. Se ha de decir que algunas de sus preguntas habrían hecho titubear a los propios siete sabios de Grecia. Sus ayudantes llegaban micrófono en mano hasta el asiento del espectador, llamados por él según su ubicación en el salón del evento: “Arriba a mi derecha, abajo a mi derecha y arriba a mi izquierda o abajo a mi izquierda”. Arribas y abajos que aludían a la luneta y a la platea (vil balcón) del cine Río, por ejemplo, donde se presentó muchas veces.
En alguna ocasión lanzó un arriba a mi izquierda y le fue presentada una dama vestida de floreado con gran escote, a la que lanza:
–Estos 50 pesotes serán para usted si me contesta esta pregunta facilísima: ¿De qué país fue rey San Canuto?
–Ay, “dotorcito”, don Canuto no es ningún rey. Es presidente municipal de aquí, de Acapulco y tampoco es ningún santo. ¡Pregúntemelo a mí!
–Lo siento, amiga, cuánto lo siento. San Canuto o Kanuto fue rey de Dinamarca entre 1080 y 1086 y su fiesta se celebra el 19 de enero. Pero no se preocupe, allí mismo, en su asiento, recibirá una tabletota de chocolate Abuelita, el único que, como el mar de Acapulco, sí hace espuma.

Otra de reyes

En el mismo cine Río, en alguna otra función, el Dr. IQ saluda a un caballero con toda la facha de “gachupín”, como se conocía entonces a los hispanos explotadores y nietos de Hernán Cortés. Decide entonces regalarle el premio:
–Son suyos estos cien pesos si me dice de qué país es rey un señor alto, delgado, con bigotito y buen carácter llamado Alfonso.
–¡Alfonso… Alfonso… me suena… doctor…me suena!.
–Lo voy a dar una ayudadita. Escuche usted bien: se trata de Alfonso, rey de Es…Es…Es..
–¡De espadas, doctor, rey de espadas!

Despedida

El colofón de los programas del Dr. IQ fue igualmente singular: “Se despide Jorge servidor, Marrón de ustedes”.

Los ídolos

A propósito de los aniversarios luctuosos de Pedro Infante y Mario Moreno Cantinflas, recién recordados, rescatemos algunas de las estancias de ambos en Acapulco.

Amorcito corazón

José Ma. Severiano Gómez, columnista de espectáculos dedicado a la contratación de artistas, logra la firma de Pedro Infante para presentarse aquí en función “micha y micha”. El sitio con mayor aforo y por tanto de mayor rentabilidad es la plaza de toros de Dominguillo (hoy templo protestante), construida toda de madera. Es propiedad de doña Nabiha de Schekaiban, dueña también de la tienda La Divina, en Escudero. Escenario de corridas de toros, por supuesto, funciones de box y lucha libre y también de caravanas artísticas.
Aquella noche, Pedro Infante cierra la función con Amorcito corazón. La canta por segunda ocasión por exigencia del público y todo por haberle dado la oportunidad de acompañarlo con el coro de viento original. O sea, el silbido a cargo de la Chorreada Blanca Estela Pavón en Nosotros los Pobres: fiufiufiu- fiufiu…
–Amorcito, corazón, yo tengo tentación de un be… (¿¡qué pasa!?), Pedro no termina la frase porque algo llama su atención en la puerta de la plaza. Y entonces, sin dejar el micrófono, lanza a todo pulmón un reclamo que invade todo aquél ámbito:
–¡Chema, cabrón, no te vayas con la lana!
Y fin de fiesta.
Chema Gómez, quien será más tarde propietario de los diarios El Gráfico y su vespertino Prensa Libre, negará que haya querido transar al mas grande ídolo mexicano. Explicaba que la bolsa de estrasa que le vio Pedrito contenía dos semitas de Chilapa y no el producto de la entrada. ¡Por vidita!

Canuto y Cantinflas

La cena de la quinta la Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos, se celebra en los muelles de los yates de recreo. La ofrece el ayuntamiento porteño encabezado por don Canuto Nogueda Radilla, quien ha rechazado la sugerencia del Cabildo de servir aporreadillo con arroz, queso fresco y frijoles negros y de entrada de rodajas de pepino y jícama con chile piquín. “Pa’ que sepan estos gorrones perfumados lo que es canela fina”, opina la regidora doña Juana Quiroz. El alcalde no los escucha y contrata a un chef francés.
Sentado en la mesa de honor del banquete, Mario Moreno Reyes se servirá de su alter ego Cantinflas para jorobar al anfitrión:
–No está usted para saberlo, mi chipocludo “alcaide,” pero yo sí para decírselo. El chicken vulgo pollo de la cena como que se encogió con la “fréida” y la ensalada rusa como que se agrió con el calor. Pero no se despreocupe, señor cherife, ya mandé por las tortas.
La mesa festeja ruidosamente la puntada del gran mimo, aunque no faltan las caras de ¿what? Las de las actrices como Irene Papas, de Grecia; Eleanora Rosi Drago y Alida Vali, de Italia, y la estadunidense Carol Baker, homenajeadas esa noche.
Y que van llegando las tortas, de Ricardo para más señas. El alcalde tendrá que entrarle al jelengue:
–Le cambio, excelso mimo, una de chile relleno por una de milanesa.
–¡Qué pasó, qué pasó mi buen Canuto! ¿ya nos llevamos así? No te la cambio porque el chile relleno me empacha. Ya en serio, ¿me permites hablarte de tú?
–¡Pero por supuesto, querido Mario!
–Atención, por favor, toda la mesa –llama Mario Moreno golpeando el vaso con la cuchara– quiero hacer en este momento una confesión y va en serio: Confesarles que mi éxito artístico hubiera sido mucho mayor si en lugar de Cantinflas me hubiera llamado Canuto.
Nueva carcajada, esta de retumbo, la última de la cumbancha.
–¡Falta de confianza, mi querido Mario¡ –reacciona el alcalde– te lo cambio y sin mochada!

Cuestión de matices

La sucesión municipal de Acapulco tuvo en los años 60 un enfoque cromático más que político e ideológico. Así fue analizada por los habitués de la mesa 14 del restaurante El Tirol (a un lado de la Catedral), integrantes todos del Club de Columnistas de Acapulco.
Rubicundo, Jorge Joseph (enero a octubre de 1960).
Blanco, Alfonso Villalvazo (octubre de 1960 a enero de 1961), blanco.
Moreno moreno, Canuto Nogueda Radilla (enero de 1961 a diciembre de 1962).
Moreno clarito, Ricardo Morlet Sutter (1963-1965).
Moreno claro, Martín Heredia Merkcley (1966-1968).
Moreno oscurito, Israel Nogueda Otero (1969-1971).
Tan sesudo análisis será barrido cuando sustituya a Nogueda el blanquito Antonio Trani Zapata (1971).
–¡Trampa, trampa!, acusan indignados los analistas: ¡Le tocaba a Chimy Monterrey!
–¡Cosa más glande, caballero!–, exclamará aquél sin ningún doble sentido.

Los misterios de Acapulco

Es don Enrique Aguirre Moreno un orfebre muy afamado en Acapulco por transformar la plata y el oro en hermosas y delicadas joyas. Llegó al puerto procedente de su natal Pinotepa Nacional y aquí forjó con doña Remedios Piza una numerosa familia.
Los vecinos del barrio de El Capire, donde tiene su domicilio, le dispensan especial afecto por servicial y solidario. Por ello, cuando se establezca aquí la figura comunitaria de “juez de barrio”, él recibirá la designación honorífica por aclamación. Sus prendas morales lo llevarán a ocupar una regiduría del Cabildo de 1927, encabezado por su tocayo Enrique Lobato, tan buen orfebre como él.
El matrimonio Aguirre-Piza dedica los domingos a sus hijos Dolores, David, Rodolfina, Sigifredo, Agueda y Amparo. A ellos se integraban religiosamente dos ahijadas del matrimonio, Victoria y Clarita, a quienes había que recoger temprano y entregar por la tarde en la lejana Icacos. A caballo, por supuesto.
Un domingo de 1935 la rutina no variará. Siempre pendiente de la puesta del sol, don Enrique ensilla su caballo para llevar a las ahijadas hasta Icacos. Ruta cubierta necesariamente por la playa. Las niñas ocupan la montura mientras que el jinete se acomoda en las ancas del animal. Y allá van.
Cuando han dejado atrás El Morro –según narración de su tocayo y paisano Enrique Díaz Clavel–, los jinetes escuchan un silbido fuerte e insistente y el guía detiene la marcha para descubrir inmediatamente la procedencia del sonido. Allá, bajo la piedra Picuda, un hombre agita desesperadamente los brazos
–Espérenme aquí, mis hijas–, pide don Enrique a las niñas bajándolas de la montura. No tengan miedo, no se muevan, yo ahorita regreso.
Guían al hombre seguramente dos propósitos: auxiliar a alguien en apuros o bien poner a salvo a las niñas de cualquier peligro.
El tiempo pasa, el sol empieza a ocultarse y las niñas lloran desesperadamente sintiéndose abandonadas. Para fortuna de ellas, un recolector de cangrejos las escucha y las lleva con sus padres. A partir de ese momento la alarma sonará en El Capire y más tarde en todo Acapulco.
–¡Nada, como si se lo hubiera tragado la tierra!, es el desalentador parte del alcalde Lobato, a la cabeza de la búsqueda de su tocayo y colega.
El parte no variará al día siguiente y entonces se volverá al testimonio de las niñas, con la esperanza de que se les hubiera pasado algún detalle, Nada, ellas solo vieron al caballo y su jinete desaparecer a lo lejos. Nuevos contingentes se sumarán a la búsqueda ampliada a toda el área del Farallón del Obispo.
Cuando ha pasado una semana de la intensa búsqueda, la autoridad municipal y los amigos de don Enrique deciden pararla por considerarla inútil. Se repetirá aquello de “como si se lo hubiera tragado la Tierra”. Solo doña Remedios y sus hijos abrigarán la esperanza de verlo regresar montado en su cuaco.
Un Acapulco dolido por la pérdida de un ciudadano ejemplar elaborará las hipótesis más extravagantes sobre su extraña desaparición.
1) “Que ni qué, lo mataron para robarle el caballo y lo enterraron sabrá Dios dónde”.
2) ¡Díganme loco, pero yo estoy convencido que se lo llevaron los marcianos, como en la película del domingo en el Salón Rojo!
3) ¡Ustedes porque son ateos, pero a mí nadie me quita que en esto tiene metida la cola el Diablo!
4) ¡Ni le busquen, se fue con alguna “cuperquina”! Nunca lo he dicho pero el viejo santurrón me comía con la mirada (Así llamadas las vendedoras de placer).
Y más y más.

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