Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulqueños VII

A la memoria de Cuauhtémoc Sandoval Ramírez, insobornable líder de la izquierda guerrerense. Ni modo, querido amigo, queda pendiente el viaje que haríamos para cubrir la ruta exacta de la Nao de Manila.

El maestro y cronista Alejandro Martínez Car-bajal compiló durante va-rios años las columnas del almirante Alfonso Argudín Alcaraz, publicadas en El Sol de Aca-pulco. Luego de una rigurosa selección y la anuencia del autor las reunió en un libro que conserva el título de las colaboraciones: Del Acapulco que perdimos. Lo dedica como homenaje al ex alcalde acapulqueño, fallecido recientemente.
Para dar testimonio del Acapulco perdido y de los acapulqueños con los que convivió, Argudín Alcaraz usa un método utilizado antes por el escritor Alejandro Gómez Maganda y el periodista Carlos E. Adame. Esto es, recorrer la traza urbana dando cuenta de las familias aposentadas en cada una de sus calles, además de describir el tipo de sus casas.
–Te puede servir para la serie Acapulqueños –me propone Mar-tínez Carbajal al obsequiarme uno de los ejemplares editados en su propia imprenta (Niños Héroes de la colonia Progreso, frente a la glorieta) y donde puede adquirirse.
–¡Claro que me va a servir; lo voy a exprimir! –le contesté agradeciendo su gentileza. Una característica, muy suya.
Y diciendo y haciendo.

Los De la Peña

Don Luis de la Peña Ahedo y doña Antonia Castillo fueron el tronco formidable de una familia acapulqueña con grandes aportaciones al desarrollo de Acapulco. El era cubano español cuya honestidad acrisolada lo llevó a estar muy cerca del gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, en el manejo de las finanzas estatales. Mucho más tarde, hará lo mismo con otro mandatario de ese mismo estado, Rafael E. Melgar. Ella, doña Antonia, le disputará ventajosamente a Julieta Méndez el título de “la mejor costurera de Acapulco”.
(Carrillo Puerto se enamora perdidamente de la periodista Alma Reed, enviada por el diario estadunidense The New York Times para entrevistarlo en torno a la Casta Divina. Carrillo pierde la cabeza por aquella hermosa rubia y ella le corresponde. ¿Cómo sellar para siempre aquel romance? ¡Una canción! Y diciendo y haciendo: se la pide a sus cuates Luis Rosado Vega, poeta, y Ricardo Palmerín, trovador. El resultado será ese himno perenne a un amor imposible: Peregrina).
Los De la Peña y Castillo fueron María, Tuli, Olga, Gloria, José Antonio, Joaquín, Rolando y René. El primero fue un experto en materia aduanal; Gloria es una “aguerrida y destacada líderesa sindical y política”. Joaquín fue excepcional entrenador de natación, figurando entre sus pupilos las más grandes glorias acapulqueñas de ese deporte: Clemente Mejía Avila, cuarto lugar en nado de dorso en las Juegos Olímpicos de Londres, Inglaterra; el heroico Apolonio Castillo, campeón en Juegos Centroamericanos; René Soberanis, campeonísimo y cien más. René de la Peña radica desde hace muchos años en Culiacán, Sinaloa.
Los de la Peña Pintos –hijos de José Antonio y Angela Pintos, fallecida muy recientemente –, son Luis, compañero de banca del escribano en la Altamirano; Eduardo, Carlos –también querido amigo, médico y político–, y José Antonio.
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La fauna acapulqueña

En su texto El Acapulco que perdimos, el almirante Argudín pasa lista a la fauna de su niñez y juventud. Había lagartos pequeños en las lagunas de Coyuca, Tres Palos y Puerto Marqués y también en el estero de Icacos. Dos animalazos de esos habitaron el pozo de agua del que se surtía la fábrica La Especial, de agua y hielo, hoy IDASA. Entre las aves que abundaron en Acapulco estan los zopilotes. La Piedra del zopilote fue una roca enorme localizada en el cerro de La Mira, sobre el Barrio de La Guinea, llamada así porque nomás negreaba de tanto animal. Otro sitio preferido de los carroñeros fue un monumento inacabado, en Tlacopanocha –quién sabe a qué o a quién–, llamado finalmente Monumento al zopilote. El Zopilote es el nombre de una antigua empresa de transportación de carga, rodando todavía. Abundan sones y bailes con el nombre del ave negra y sin embargo las nuevas generaciones no la conocen, quizás en estampas.
Aquí, en la misma materia, abundaban las garzas blancas y morenas, bandadas de patos procedentes de Canadá; las zarcetas y las gallaretas. Las iguanas y los garrobos eran desde entonces muy apreciados en la cocina porteña (“haz de cuenta carne de pollo”, ofrecían en el mercado los vendedores, previa clausura del hocico por unos dientes filosísimos). Se sigue conociendo como Cerro de las iguanas el sitio donde se localizó el hospital civil Morelos, hoy parque público.
Las chachalacas invadían el cerro de La Mira y también las palomas torcasas. Los acapulqueños nomás escuchaba la algarabía de las bandadas de pericos y loros a su paso por la ciudad. Inconfun-dible el canto de los luises (porque pareciera que llaman a un tal Luis), las calandrias y los tequereques.
Detengámonos en los tequereques. Eran, son, saurios de color gris más grandes que las lagartijas pero más chicos que las iguanas. Las patas largas y membranosas los hacen velocísimos, deslizándose incluso por la superficie del agua en charcas y lagunas. Entre la gallada (que dijera Magdaleno Barrera), se apodaba tequereque al muy rápido y huidizo.
Acapulco ha sido y será hogar preferido de los mosquitos, las tarántulas, los cienpiés y sin faltar las víboras. En materia de felinos, Argudín da como buena la versión del avistamiento y muerte de un tigre durante la apertura de la ruta escénica. O escapado de un circo o zoológico particular o más bien se trató de un jaguar, dice la Contra.

Taquimecanografía

Con el antecedente de una primera academia de taquimecanografía, fundada por el propio Juan R. Escudero, la señora Elena Velasco crea una institución similar en la casa del islote de Caleti-lla, propiedad del general poblano Maximino Ávila Camacho.
La matricula fue básicamente femenina: Enriqueta Gutiérrez, Ofelia Argudín Mazzini, Nila Stephens, Guadalupe Estrada y 20 acapulqueñas más.

Más acapulqueños

Sobre la calle de La Paz –recuerda AAA–, vivía la familia Clark. Una de las hijas, Rebeca, contrae matrimonio con Joaquín Adame, con residencia en la avenida Cuauhtémoc y dueño de un hotelito en Pie de la Cuesta. Los hijos, Guillermo y Joaquín.
Después de la calle de La Paz, pero sobre Felipe Valle, en un terreno de casi un cuarto de manzana que había sido de don En-rique Sthepens y doña Juana Ga-leana, tuvieron su casa Alejandro Hudson y Nicolasa Sutter. Media cuadra más adelante, hasta casi alcanzar la calle Azueta, vivieron Tey Sthepens y Alberto Villalva-zo. Casa que adquirirá más tarde Margarita Saad.
Seguía la casa de las Valeriano en la que residían dos personajes especiales: Doña Gumersinda, que vendía manitas, como llamaba a los dulces de coacoyul y coco que vendía, y el Popoyo, su hijo o hermano, que bailaba de puntitas, como bailarín de ballet. Siempre y cuando los muchachillos se lo pidieran: ¡“baila Popoyo, patitas de pollo, baila”!
En la esquina de Felipe Valle vivían los Liquidano y enseguida, sobre Hidalgo, los Vanmeeter y el joyero Alfredo. Al llegar a Azueta estaba la casa grande de los Leyva, conocidos como los Leyvitas, caracterizados por vestir siempre trajes de dril, corbata rigurosa y sombrero,
Ya en la cuchilla que forman Hidalgo, Valle y Quebrada vivieron un tiempo los Alarcón: Ame-lia, Magdalena, Isabel, Adela, Rafaela, Alicia, Francisco, Arturo e Ignacio (padre de Fanny, esposa más tarde del doctor Martín Heredia Merckley).

José Tarzán Estrada

La palomilla que a finales de los años 20 encumbraba los cerros de El Vigía y de la Inalámbrica, que pasaba horas nadando en las playas de Manzanillo, Larga y Tambuco era capitaneada por José Estrada, popular más tarde como el Tarzán Estrada. La integraban Ángela, y Cristóbal Pintos Ma-zzini, Teresa y Alfonso Argudín.
A José, ninguno de aquella palomilla le llegó nunca ni a los talones. Fue él el primer nadador acapulqueño de fama internacional, el que dobló a artistas de cine y entre ellos a Johnny Weismuller, el auténtico Tarzán cinematográfico, de donde le vendrá el sobrenombre.
José –recuerda Argudín Alca-raz–, era increíble y sus hazañas son de fábula. Una: la caminata de cien kilómetros de su tierra Tecpan de Galeana a Acapulco. La hizo por la playa y sólo paraba para tomar agua y comer. Otra: nadaba de Pie de la Cuesta a La Quebrada, en cuya calle vivía. Y una más: nadaba del muelle de madera (malecón) hasta Caleta.
José Estrada era hijo de don Eduardo Estrada (alcalde de Aca-pulco) y doña Gloria Solís. Fue-ron sus hermanos Carmela, Adelina y Ramiro. Tuvo tres matrimonios: con Emma Villalva-zo, sin descendencia; con Magda-lena Ortiz tres hijos: José Juan, Magdalena y Humberto. Y finalmente con Susy Fernández Esperón, hija del famoso compositor Tata Nacho ( Adios mi chaparrita, La borrachita y Así es mi tierra). Sus hijos: José (Tato) Ramiro (Tatito) y Susana (Tatina). Llamados así en homenaje al gran abuelo.
El atleta legendario, siempre jovial y alegre, perderá las ganas de vivir cuando su hijo José muera. Un enorme mero al que había arponeado se lo llevará consigo al fondo marino. Fue en Guaymas donde el muchacho se había titulado como biólogo marino y juntaba dinero para casarse.
Ramiro, el hermano menor, dedicado exitosamente a los bienes raíces, contrajo matrimonio con Anita Valcárcel, procreando a Carlos, Lalo y Anita, hoy esposa del notario Jorge Ochoa.

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