Federico Vite
S erenata (Instituto Veracruzano de Cultura/ 2012) de Rafael Toriz es un jam del pensamiento. Este documento se divide en cinco apartados (Los pedazos del libro, Danzar la prosa, Tedium vitae, Hacia una prosaica de la experiencia y Canto en esta noche de Perseidas), agrupa discursos bajo la premisa de que escribir no cura, pero aliviana cuando los muertos de otros muertos revelan psicofonías que aún conmueven y tocan la carne fresca de ciertos pensamientos. Toriz presenta este sampleo de la reflexión, un jazz del pensamiento que definiría muy bien el grupo Niche con una frase de la rola Busca por dentro: “Le tengo miedo al mar pero navego/ temo a la oscuridad pero soporto/ ante la soledad yo me acongojo/ y como todo ser que vive río y lloro”.
Pero río adentro de Serenta, Toriz ofrece una honesta reflexión sobre los asuntos torales que le interesan: el lenguaje, el pensamiento destructivo, El libro del desasosiego, la filosofía latinoamericana, la pusilanimidad de algunos poetas acomodados, la filosofía, la danza de la prosa, el silencio y el sentido esencial del canto: la prosodia cachonda del pensamiento. Tótems, digamos que proponen una forma de lectura vital, porque para Toriz el ensayo es justamente incendiar la angustia, porque es lo único que arde cuando se apaga la vela.
Destaco que no se trata de un libro de lloriqueos, sino una reunión de disquisiciones en las cuales se muestra una vitalidad combativa e incluyente por manifestar opiniones relacionadas con el oficio literario.
Opiniones en las que se puede o no estar de acuerdo, pero sin duda motivan ese misterio que engrandece la literatura: el enigma que representa la voz palpitando en cada libro, en cada correlato de la oralidad. A final de cuentas, un corpus es lo que enuncia esas palabras que Toriz recoge para entramar discursos, dialogar con los ya idos y enfrentar a los presentes en la horizontalidad de una charla que se dibuja bajo el resplandor de unas cervezas. Conversaciones que derivan en la pasión auténtica del comadreo ontológico.
Toriz aborda, desde la perspectiva un profesional de la literatura, su propio drama en gente (un dramatis personae que reúne preocupaciones por personajes y escenarios por folclor), canta desde la emoción, desde la idea de que quien toca la piel del otro, el atisbo de la finitud y exige, con el cuchillo entre los dientes y una copa en la mano, volver al vínculo de la complicidad otorgada por el escucha, porque como dice el ensayista que hoy comentamos: “la vida contemporánea es el desfase definitivo entre la tragedia y la comedia: somos la esencia del melodrama; esa mojiganga en lagrimones que recuerda lo efímero de nuestra condición y la cercanía del espíritu con el mundanal ruido, el bullicio y la falsa sociedad […] Somos el grito destemplado y la embriagada verbena”.
Estamos ante una novela mental de la existencia, un relato de en el que Toriz desgrana el sinsentido de escribir y enarbola como técnica estilística la dramatización y poetización del pensamiento. El autor se sabe en ruinas y desde ellas, con la violencia suficiente para apretar la mandíbula antes del duelo, jazzea un himno, con la bandera a media asta, para reprocharle al lenguaje que no tenga una cura contra el desasosiego, pero páginas adelante agradece al lenguaje darle continuidad a la especulación filosófica. ¿Por qué? Porque así es el mundo de la tragedia, la embriaguez y el canto. El desborde, perder el equilibrio y asirse a la pulsión vital para no perder la siguente copa, donde la charla reanimará el espíritu, porque todo presente, sentencia Toriz (es un remix innegable) y despierta el pasado para darle sentido a las presencias sensibles, a los que como Rubén Blades opinan: “Paso afirmando, paso negando, paso con dudas/ Entre risas y amarguras, buscando el porqué y el cuándo”.
Serenata es un libro que connota y denota un credo poético del instante.
Serenata da pistas de las lecturas que hicieron de este Toriz un bardo embriagado por el desencanto, pero siempre con la razón erguida como espada. Propone otra forma de leer el ensayo, de enfrentarlo y especialmente de macerarlo desde la cotidianidad de una existencia fragmentada, es una propuesta situada entre la prosa y la poesía, apuesta en la que estos dos géneros muestran sus habilidades expresivas para dar cuenta de los múltiples escenarios de la razón pasional para evocar la debacle de la modernidad.
Serenata le recomienda a su lector que apueste por lo que fue y estuvo, lo que en el presente aún late como ruina porque puede retomar eso que fue y estuvo para ser re-leído o (re-sentido), pero desde la conciencia sensual de la existencia.
Dice Toriz que “Serenata es una luciérnaga sincopada en el campo de la noche”. Pero yo creo que se trata de un autorretrato nocturno sólo comprensible para quienes se observan después de medianoche, con luz de vela y repiten ante su imagen distorsionada en el espejo: si el corazón pensara se pararía. Pero eso es muy triste para terminar el comentario. Yo más bien creo que este libro contagia, igual que dijera Lucerito en sus años mozos, electricidad cuando tú lo miras.





