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Ovacionan universitarios a Saúl Hernández en la sala Nezahualcóyotl

Mario Abner Colina / Agencia Reforma

 

 

Ciudad de México

 

Saúl Hernández volvió a comprobar que la UNAM lo quiere como a uno de los suyos, tras un concierto en el cual recorrió su trayectoria como compositor

Cuando el líder de Caifanes, de 49 años, se paró en la Sala Nezahualcóyotl, a las 20:25 horas del jueves, los universitarios rugieron en ovación. Ante el cariño, Saúl correspondió arrodillándose en el entarimado y haciendo reverencias.

“Bienvenidos, gracias por estar aquí. La idea es invitarlos a un viaje mágico y misterioso”, prometió.

Desde el inicio puso a corear a todos, con Antes de que nos olviden, que compuso para los estudiantes del movimiento del 68 y dedicó a los universitarios. La segunda, Miedo, confirmó que la comunión no se perdería.

La sala, con aforo de 2 mil 200 personas, lució 80 por ciento de asistencia, pero se llenó con el entusiasmo de jóvenes y adultos ex pumas que se dieron cita.

“¡Eres grande, Saúl!”, le decían ellos; “te amo, Saúl”, se oía en voces femeninas.

Su guitarra electroacústica, su banda de solista, una orquesta filarmónica, un conjunto oaxaqueño y hasta La Internacional Sonora Santanera acompañaron al cantautor. Él recitó fragmentos de poemas de Octavio Paz y Jaime Sabines, habló de sus canciones y retó a los jóvenes.

“Ustedes son el cambio”, les dijo.

El oriundo de la Colonia Guerrero, quien ya había realizado un ciclo de shows en distintos recintos universitarios como parte de un programa cultural de la máxima casa de estudios, mezcló temas de Caifanes, Jaguares y su ciclo en solitario.

Mátenme porque me muero, acompañado por las cuerdas de la orquesta, explotó en la voz de Saúl y se replicó en su coro transgeneracional.

Tan importante como sus interpretaciones fue para Saúl alzar la voz contra el temor, contra la injusticia, contra el culto al fracaso, contra el conformismo.

Antes de que empezara la bacanal con el sabor de la Santanera y temas como La boa y Como tú, el rockero organizó un Goya que retumbó la Neza.

Hacia el cierre  de su “cátedra” en la casa puma, Hernández regaló Detrás de los cerros, Las ratas no tienen alas, Sangre, Viento y La célula que explota.

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