Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Eduardo Pérez Haro

Eficacia o modernización

Para Omar Musalem.

“Antes que amainar, las violentas protestas que le dieron la bienvenida a Enrique Peña Nieto el primer día de gobierno se han multiplicado en varios estados en estos cinco meses, configurando un mapa que hoy tiene en el sur del país un panorama con visos de ingobernabilidad”, esta es una de las expresiones que se leen en un artículo de página completa del periódico español El País, de antier domingo 5 de mayo.
No debería de desestimarse que sea esta la noticia y no la resonancia que podría esperarse, al otro día de que partiera el presidente de Estados Unidos, tras una visita oficial en la que saludó con beneplácito la determinación de las “reformas estructurales” y en la que ambos presidentes “relanzaron” una nueva etapa de entendimiento, cooperación en la economía y la educación, dejando en un tercer plano sus confianzas en materia de seguridad pública.
¿Qué está pasando? ¿Los inconformes no reconocen la trascendencia de las “reformas estructurales” y la importancia de recibir el reconocimiento del presidente de la principal potencia económica del mundo? ¿Se trata de grupos vandálicos que deben ser sometidos al imperio de la ley? ¿cuál es el alcance del reconocimiento del presidente Barack Obama? ¿Es prueba suficiente de que vamos bien y en el camino correcto?
Siempre es un buen aliado darse el beneficio de la duda. Existen muy variadas expresiones de inconformidad que vienen ciertamente desde el 1 de diciembre, como desembocadura de las protestas que se abrieron durante el proceso electoral por el movimiento #yosoy132, en Chiapas reapareció en forma amplia y abierta el EZLN, los grupos de autodefensa se han expandido, los maestros se están movilizando con especial amplitud e irritación, hay quienes han optado por descalificar estas manifestaciones, haciendo especial exhibición de los signos de violencia, demandando “el ejercicio irrestricto de la ley” y así, abriendo el cauce a la represión.
Afortunadamente, el gobierno y el mismo rector de la UNAM no se han dejado estrujar ni embelesar por esta persuasión, puesta en juego por los predicadores de todos los colores y signos políticos e ideológicos –no es lo mismo azuzar que tomar las riendas–, buscando en la política formas que eviten el escalamiento de esta inconformidad que podría ser su inevitable desenlace. No obstante, aún no se ve claro si lo puedan lograr, pues por otra parte los próximos comicios electorales en prácticamente la mitad de las entidades federativas de la República, tensa las líneas del Pacto por México, en el que descansa la aprobación parlamentaria del paquete de “reformas estructurales”.
La gradual expansión de las expresiones de inconformidad y la fragilidad del Pacto por México no se resuelven con los reconocimientos del presidente norteamericano, más al contrario, puede ser que revelen una tercera debilidad que es la limitada esencia de las “reformas estructurales”, pues ni siquiera alcanzan los intereses de segmentos importantes de la población directamente involucrados –como los maestros contra reforma educativa– ni el de los partidos políticos de “oposición” contra el pacto, a pesar de jugar como aliados del régimen, y sí por el contrario, conecta con los intereses de los Estados Unidos y de los pocos empresarios mexicanos que personifican al México exitoso y globalizado.
En la agreste inconformidad no sólo hay que observar la violencia sino la inconformidad también, en la fragilidad del pacto no sólo habrá que registrar su volatilidad para el tránsito de las iniciativas, sino la debilidad de representatividad para gobernar, y en las reformas estructurales observar su limitado alcance para la inclusión nacional. La modernización que supone el nuevo PRI no puede pender del pragmatismo, de la eficacia de resultados que el pensamiento neoliberal cifra en la tasa de crecimiento del PIB, el control del déficit fiscal y la inversión, cuando estos indicadores universales no dan cuenta de los aspectos que definen la fuerza competitiva de la planta productiva nacional, que tampoco refieren los grados de integración nacional, que están lejos de revelar el respaldo social y político a la autoridad del gobierno, en fin… indicadores de la eficiencia macroeconómica que no saben de tradiciones, idiosincrasia, cultura y política interna que al final ahí están y se hacen valer.
La modernización que presupone escapar del aletargamiento y la obsolescencia de las condiciones –socioeconómicas– para subirse al tren de las transformaciones internacionales en curso, presupone procesos más complejos que el pragmatismo de los resultados económicos medidos en sus grandes agregados, de hecho no hay tal modernización en ausencia de los elementos no económicos. La modernización presupone un cambio del paradigma tecno-económico (Carlota Pérez. 2002). En el epicentro de los cambios que obligan las transformaciones en tanto que modernización –en su acepción conceptual y no meramente discursiva–, se encuentran los cambios tecnológicos como en este caso lo fue el llamado “microchip” que pautó la ulterior era informática y desplegó el proceso de globalización, que ya ha cumplido medio siglo y ahora atraviesa la crisis de su ciclo, a la que podrá seguirle una fase de expansión y auge cuya proximidad y alcance depende de las modalidades de superación de la crisis internacional (disyuntiva de rutas y entramado político-institucional, de fines y medios, de objetivos y políticas para México).
Estados Unidos tiene una dificultad en su financiamiento, en la disponibilidad de factores estratégicos como los hidrocarburos (medio oriente), en el control de vías de acceso a los mercados y en la disputa de posicionamiento geoestratégicos de guerra; amén de la competencia factual de los países emergentes, particularmente China, Rusia y la India. México no está en ese debate, a no ser que se asuma como extensión de dichos intereses desde el concepto del bloque norteamericano, del que bien podría hacer parte sin comprar esas facturas y hacerlo con una visión nacional que le permita reformularse política y socialmente para integrar una capacidad competitiva como Estado-nación y subirse a la era digit@l con un basamento de sostenibilidad y no de aislados aciertos empresariales, cobijados en los agregados macroeconómicos.
La modernización precisa de resolverse al menos en tres ámbitos: Estructural productivo, Infraestructura de producción y comercio y Nuevas instituciones, en procesos de largo aliento y asumidos desde la condición nacional, en tanto que asunción de sus particularidades que no hacen parte de los manuales del progreso en su nomenclatura universal, precisamente porque atienden a lo propio que es diferente de los demás.
La modernización que presupone una nueva economía y ésta una nueva sociedad en movimiento, no sólo de individuos creativos y estelares éxitos empresariales, sino un país (un mundo) donde lo nuevo sea sentido común, donde estén todos.
Un alumno me decía que en ese caso ya está el celular, que todos llevan consigo, y lleva razón, hoy los niños hacen contacto de origen con los teclados de los medios computarizados y el lenguaje digital de manera simple y ordinaria, mientras las personas de la tercera edad se bloquean con estos dispositivos de la era digit@l, pero estos referentes todavía no se han internalizado en la acción del Estado mexicano, como medios para detonar una transformación amplía de la economía y las instituciones, de la política y la cultura (que pasa por la democratización de los medios de comunicación –aún no lograda, porque no se agota en la apertura contra monopolios– va más allá, presupone incluso la reforma estructural del Estado y consustancialmente de la idea y los mecanismos de la democracia ahora reducida al evento electoral y la burocratización parlamentaria). (Cordera. La Jornada. 05/05/13).
Luego entonces, las reformas estructurales sólo podrán ser factor de la modernización si no se reducen al ámbito macroeconómico, donde sólo operan las grandes empresas, sino en la infraestructura de producción y comercio y la configuración de las ramas y cadenas productivas, con la deliberada y explícita generación de nuevos productos, con los cambios inclusivos de participación del trabajo y el compromiso de adecuar sus contenidos al nuevo patrón de desarrollo, con la conformación de una nueva institucionalidad.
La modernización como “destrucción creativa” (Schumpeter. 1883-1950) no es un cambio en el plan de gobierno ni proviene de un pacto burocrático-parlamentario, sino una revolución que reemplaza la vieja economía con una nueva, un cambio que sustituye un acuerdo diseminado por el tiempo y las transformaciones del mundo (e irrecuperable, a propósito del 1 de mayo, con las corporaciones del sindicalismo de bajo perfil para el control de los trabajadores, y francamente inservible para la modernización productiva) por nuevos entendimientos donde todos tengamos un lugar, un escenario donde el nuevo discurso no sea la actualización de términos en boga, sino una convocatoria y donde la libertad esté acotada por el nuevo sentido común, esta es la posibilidad de las revoluciones pacíficas en el marco del capitalismo, y no es, solamente, una lección de quienes se subieron a la cresta de la ola de la globalización o el imperativo de austeridad y pago como mandamiento de los dueños del dinero, acuerpados en el virtual poder financiero, sino la manera en que se han procesado los grandes cambios desde la revolución industrial de la maquinación en Inglaterra, en 1771; hasta la revolución informática en curso inaugurada en Estados Unidos con el primer procesador en 1971.

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