Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* La luna morenita*

Un gran abrazo.

 

Lo primero que recuerdo del regreso de Humberto Martínez (1934) a Chilpan-cingo, tras su estancia en Puebla, es un fuerte abrazo. Me reconoció en la calle, y al botepronto me dijo: ¡Chaamaco!, y me tiró un abrazo. Bastó un parpadeo para que la cámara oscura de mis tras-ojos me trajera una imagen parpadeante pero veraz: Beto y mi hermano Luis tomando cerveza y platicando a todo dar bajo la palma de una cantina de la Feria de San Mateo. ¡El hermano de mi hermano!, dijo, quizá, y la referencia fraternal me hizo ubicarlo con Armando y con todos los Herrera, cuyo jefazo principal, don Pedro, era compadre de mi papá y mi mamá. Seguro que antes de que pudiera responderle dijo un verso (¡umberso!) que dibujaba el (re)encuentro a través de intensos y extintos vasos comunicantes, y desde entonces lo busqué para que me invitara una copa de vino y, de paso, cantara, a capela, Enamora-da, Amapola (la mexicanísima melodía que por causas de raya mayor ya casi no se canta) o algunas arias de ópera, y, si no, para que recontara algunos capítulos de su larga y apasionada relación con las mujeres y, por si fuera poco, declamara poemas. Algo del lirismo florido de Juan Ramón Jiménez, pero también sonetos graves de Quevedo y –a petición, en función súper especial, el Responso a Verlaine (Padre y maestro mágico, liróforo celeste / que al instrumento olímpico y a la siringa agreste / diste tu acento encantador), de Rubén Darío, donde salía a flote la vocación tenora de Humberto.

 

Un  verso Martínez herrerará

 

Humberto tenía un gato siamés que sentía la música. De hecho, el siamés tenía, más que buen oído, excelente gusto musical. Beto lo supo la noche en que puso el disco compacto de Andrea Boccelli en el aparato rechinestereofónico: el gato –Garufa, se llamaba– se mostraba excepcionalmente atento, resentía los cambios de voz, en las altas estiraba el pescuezo y cuando terminaba el disco y se hacía el silencio, se le quebraba el pescuezo y se iba deladeando hasta que se desplomaba en bloque sobre el sofá.

El gato musical se perdió en los tejados, alguna noche de farra, y el dueño lo añoraba tanto que le dediqué unos versos. A Garufa, claro, como pretexto para recordar la humanidad nostálgica del amigo que, aunque olvidara darle de comer, frecuentemente (a la hora del té) le ponía la dolche voche de Boccelli en el aparato de sonido. Hace poco, Beto me recordó a su siamés (los gatos más mentirosos del mundo): me contó que estaba escuchando música tan gustoso, con tal sentimiento de plenitud, que de pronto él fue música, sólo música. Sólo un melómano de este tamaño pudo haber tenido gato tan sentimental.

Al principio sugerí que, después de su largo autoexilio en Puebla, Martínez Herrera volvió y daba la impresión de que quería beberse a cucharadas las calles de Chilpancingo. Sobre el hombro, cargaba un saco repleto de cartas de amor, recados amistosos, postales de vida y, desde luego, bonche de recuerdos y chismes antiguos y gustosos. Ya tenía, entonces, la suprema tentación de escribir un soneto dramático y fatalista, a lo Quevedo. Suele jurar que apenas lo está escribiendo, y enseguida recitarlo de cabo a rabo, si encuentra una o más orejas propicias. Un verso Martínez herrerará si recuerda a su madre amantísima. Ya no le entra tanto a las curaciones de mano, pero mantiene la sensibilidad, la ironía y el tono de voz firme, elegante y juguetón si habla de sus amistades, del amor o la vida en general. Un verso Martínez herrerará si recuerda a su madre amantísima, a su ex esposa, a las mujeres que lo han querido (por decirlo así) y a las que lo siguen confundiendo con Julio Alemán. Tarde que temprano, empezó a escribir para los niños.

 

Fenómenos energéticos

 

Con el poder curativo de su mano, Humberto cuestiona los métodos de alivio corporal convencionales e interroga las capacidades de la magia. ¿Magia? No, ha dicho Beto: pura energía. Electricidad. Ante el diagnóstico y la sorpresa de médicos, donde pone la mano pone la curación. A los amigos ha rebajado hinchazones por ácido úrico, aplanado chipotes, quitado dolores de huesos y de muelas, y espantado por completo gripas y hasta resacas alcohólicas, y aun así no dejan de echarle relajo. “Con respeto –le dicen–, desde luego”.

Con respeto y una admiración que se ha duplicado desde que cura por teléfono. La enferma o el enfermo en México o en Puebla, él en cualquier bocina de Chilpancingo. Pura electricidad, dijo Humberto, y puritita electricidad dijo entonces, a su lado, cierto día, en el café, Bernardino Vielma Heras. ¿Ya sabes que yo encuentro agua, verdad?, preguntó directamente a Beto, y éste le respondió que sí: ya lo sabía. Bernardino contó que apenas antier se había encontrado a un paisano de Costa Grande que le preguntó cuándo iba a darse una vuelta allá por la tierra, y que él le contestó que por el momento no tenía para cuándo ir. ¿Para qué soy bueno?, preguntó Bernardino, y el paisano le contó que tenía un “terrenito” que estaba a punto de bardear, pero que antes quería saber si ahí había agua. Ah…: ¡por ahí hubiéramos empezado!…, hizo Bernardino, y luego de que le preguntó a su parna por los linderos, los árboles y otras particularidades del terreno, le pidió que le dibujara un croquis del mismo en una servilleta, a lo que el paisano se aplicó de inmediato. No traía su horqueta de madera Gambusino Vielma, pero como si la llevara: vio el croquis y, después de pensarlo tantito, con el índice señaló un punto de la servilleta y dictaminó: “el agua está aquí, paisano”.

Ante lo inexplicable, Beto opone el permanente movimiento de la energía. Hace unos dos años me invitó a participar de un experimento especial. Curaba por teléfono, y, ahora, a invitación de un ingeniero electrónico o algo así, iba a intentar curar a una persona por medio de un circuito cerrado de televisión, que por “cuestiones técnicas” no se  ha podido realizar. Valga este anecdotario familiar y energético como retrato hablado de este noble y cordial, valeroso y solitario caballero que no se cansa de cerrar, con versos, el círculo de la comunicación emotiva (con eventuales periodos políticos) que le encanta establecer con la gente, los gatos siameses y las estrellas.

 

La luna morenita

 

La Luna morenita (Colombia, 2012) reúne buena parte de los poemas que Martínez Herrera ha escrito para los niños. Lo que parecía una puntada ternurosa de Humberto, se volvió todo un libro. Beto cuenta historias breves: La niña / se sueña / golondrina / y va en río / de aire / hasta la mar. / La niña busca / a su padre, / el capitán / de un barco / anclado / en el fondo del mar, y brevísimas, como las que no tardamos en recordar. Sus rimas son sencillas y sin más pompa que su gusto contador y los recursos verbales (el limonero verde, / amarillo, en el jardín, / Tirintintín tín / tirintintín tín…, onomatopeya que recuerda a García Lorca y En el bosque verde / que me circunda / –din don… din dan–, de Alfonsina Storni) con que intenta emocionar a los niños y, de paso, llamar la difícil atención de los adultos. Tirintintín, tin.

Humberto empieza soltando postales de tierra, agua, sol y viento breves y suavecitas. En medio dispone los poemas-barajas mexicanas que tuve oportunidad de publicar en Yo vengo de una tierra cubiertas de montañas / Poesía guerrerense, de Altamirano a Villela (1997). Ahí digo que los poemas de Martínez Herrera son un huerto de frutos de la tierra y del cielo “cuya brevedad (generalmente se trata de una imagen) corresponde a la concentración de sus elementos”, que suelen revelarse súbitamente en un giro metafórico o a modo de guiño inteligente y humorístico”:

El nopal, por ejemplo, que

 

en noches de luna

es candelabro

de rojas tunas

 

O La libélula, que

 

con alas de viento y agua

se desliza sobre el río

como si fuera piragua

 

Para Humberto el agua es Movedizo cristal / lienzo de plata / luz en gota, y la luz Oro / disuelto / en / viento / de / sol. En Luna morenita viene Lluvia (El relámpago, zigzagueante espada, / hiende la entraña / de la nube / y desata / sus claras serpentinas / de piñata), La araña, Estrella”, La toronja, pero faltan el cempasúchil, las naranjas, la piña y el diamante, entre otras barajas martinezcas. Se entiende que Humberto o los editores hayan decidido que el siguiente poema no checaba con los destinatarios del libro. Se titula Soledad y se pasa de tormentitis adulta:

 

Llama helada

en casa de espejos

secuestrada

 

También hay poemas nuevos: El zopilote / en la página / azul del cielo / es una coma / sin texto / y en vuelo. Por ejemplo. El sesgo admirativo del autor está en todas partes (¡Mamá! Cuéntame del viento azul / que peina los trigos / y tañe el laúd), pero se hace himno de la mañana cuando exclama: ¡Despertad a los niños que sale el sol! -que suena a lírica castellana y espanta los bostezos. Beto sacude la almohada de los más chiquitos (¡Vamos al campo / a cortar flores / y a hacer ramitos / multicolores!), pregona limas y limones, / piñas y sandías, al cabo ya leímos en su libro el sembradío de frutos –decíamos– terrestres, marinos y celestes, con sus mariposas mirándose en ríos de cristal, sus caballitos de mar y sus niños filósofos (El niño, / mirando la estrella, / se siente en el cosmos / y pisa, firme, la tierra), sus niños dawn y aun su compasión por el infante que nace y muere y que después de las dos primeras líneas suena a misa católica y a drama griego ligero:

 

Crece ligera en la tierra

clara espiga del trigal.

El sol en mandarinas

mirándose va.

El viento dobla la hierba

olorosa a menta y humedad.

Los campos se cubren

de verde y oro.

¡Valen los ángeles

sueños de niños

en dulces coros!

 

Humberto mismo asegura que la edición de la Morenita tiene errores ortográficos hasta el despapaye. Aquí sólo vamos a señalar dos imposiciones torpes e irrespetuosas: el cambio de canten (los ángeles) por valen (antes no pusieron balen) y la sustitución de Bugambilia, como decimos acá, en la tierra del poeta, por Buganvilla, como dicen en el hemisferio sur.

Para esto, La luna morenita fue publicado por Cangrejo Editores, de Colombia, Ediciones Gato Azul, de Argentina, y la Embajada de México en Colombia, donde fue presentado hace unas semanas. Hasta al sistemático corrector que es Florencio Salazar Adame, flamante embajador de México en la tierra de Porfirio Barba Jacob y promotor del libro, se le pasó lo de las buganvillas y así se quedó incluso en la edición chilpancingueña (que incluye una presentación del alcalde Mario Moreno Arcos y en lugar del escudo de la Embajada trae el del Ayuntamiento). Lo bueno, entre los errores, es que en la contraportada le quitan unos ocho años a Humberto y, desde luego, que ahí se asegure que “trabaja en actividades gubernamentales”, cuando es sabido que él desayuna a la hora de la cena y cena a la hora del desayuno. Aun así, la edición sigue siendo de lujo: el ilustrador (Germán Bello) entendió la onda de Martínez y le echó toda la crema a los tacos y, a excepción de la Luna morenita, que está muy ojona y cachetona (era mejor la tuya, querida Gaby), los dibujos que acompañan los poemas conjugan el temario de Beto y, del brazo, son ingeniosos y consiguen replantear los poemas que ilustran, y viceversa.

En ocasiones, Beto cuenta que cuando regresó a Chilpancingo ya tenía muchos años de no tomar la pluma, y de vez en cuando me echa la culpa de que haya empezado a escribir poemas. Cuentos chinos: Humberto no era un niño, y ni siquiera tiene al alma completamente de niño. Mejor, porque así nos revela las fotografías instantáneas que, con pluma atómica, le ha tomado a los paisajes elementales de su vida y su tenaz y tremebunda voluntad de inocencia. Nada quisiera más Humberto, que ser un niño. En un relato de Coleridge, un hombre sueña el Paraíso. En su sueño, arranca una flor del tallo. Si al despertar, el hombre aún tiene la flor en su mano, ¿qué? La flor de Humberto Martínez Herrera es este libro que hoy nos comparte, como si nos contara sus sueños.

 

* Palabras pronunciadas en la presentación del libro de HMH, realizada ayer martes en Chilpancingo.

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