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Fernando de Ita *

XXVI Jornadas Alarconianas, de nuevo el centralismo

El impulso que tuvo el teatro de Guerrero el año pasado, con la celebración del primer cuarto de siglo de las Jornadas Alarconianas, se perderá este año por la actitud centralista de las nuevas autoridades del Instituto Guerrerense de la Cultura (IGC). En 2012 Alejandra Frausto, directora del IGC, tuvo la sensibilidad de darle la dirección artística de las jornadas a un artista del teatro local que se ganó el puesto luego de siete años de batallar contra viento y marea por la reivindicación del teatro nativo: Gabriel Brito.

Soy testigo del esfuerzo que realizó un puñado de jóvenes comediantes a partir del 2005 para volver a la vida la actividad escénica del puerto de Acapulco. Sin otros recursos que su amor al teatro, este pequeño grupo, bautizado como Ola Nueva, convocó a los viejos y nuevos practicantes del arte dramático para formar un frente común en favor de la dramaturgia local y la formación de actores y directores del puerto, y su primera acción fue rescatar el Teatro Domingo Soler para tener un escenario donde practicar el noble oficio de las tablas.

Sin apoyo oficial, literalmente con las uñas, iniciaron su primer Festival para ver qué estaban haciendo los grupos locales y para ofrecer talleres de actuación, de dramaturgia, dirección y crítica a los participantes. El primer logro de esta misión imposible fue vencer la apatía de los propios teatreros, desengañados por la falta de apoyo de las autoridades culturales estatales y municipales; desanimados por la ausencia de espacios mínimamente propicios para el drama; fatigados de pelear en contra de la playa y la fiesta nocturna como los únicos medios de diversión de turistas y acapulqueños. La vocación de estos jóvenes por el teatro sembró una semilla que creció inesperadamente, logrando que el municipio les diera acceso a la Casa de la Cultura, donde se hicieron los siguientes festivales, los talleres y los encuentros a los que se sumaron los comediantes de Chilpancingo y Taxco, entre otros municipios.

Como cabeza de grupo, Brito comenzó a frecuentar las muestras y festivales de Querétaro y Monterrey, en donde se le daba un lugar central al teatro regional para mitigar el centralismo brutal que se ha padecido en los estados en todos los órdenes de la vida pública. Supongo que ahí reforzó éste joven su idea de apoyar con todo el resurgimiento de la dramaturgia guerrerense, la formación de sus cuadros, la conquista del público y el salto del teatro tradicional a las formas y contenidos del teatro contemporáneo. La llegada de una promotora cultural de probada trayectoria, que conocía los efectos nefastos del centralismo cultural, como fue Alejandra Frausto, le dio un nuevo impulso a las iniciativas de los artistas locales y los incluyó en las actividades del IGC. Por ello, en la celebración de los XXV años de las Jornadas Alarconianas, los teatreros del estado formaron parte importante de la organización y de la programación. No fueron más los invitados de piedra del convivio sino los anfitriones y los pares de los artistas nacionales e internacionales.

Como Gabriel Brito conocía las necesidades de su tribu, los maestros llamados a impartir los talleres fueron destacados artistas de los estados, que trabajan en condiciones similares a las de Guerrero y no tienen que ser condescendientes, ni falsamente comprensivos. Si revisamos los cursos que darán los maestros de la ciudad de México invitados para este año, vemos el respetable acento académico, que muestra el desconocimiento de las nuevas autoridades por el perfil de los alumnos que acudirán a tomarlos. Ya me dirán los colegas de la prensa cómo les fue, no de inscripción sino de deserción a los talleristas.

Creo que Manuel Zepeda, el joven director del IGC, tiene todo el derecho de nombrar a su equipo de trabajo, de hacer su programación y apostar por la Compañía Nacional de Teatro como su eje artístico. Pero su principal obligación es proteger, propiciar, alentar al teatro local, y aunque esa es la declaración que hacen en su boletín de prensa, las quejas de los comediantes locales son en otro sentido. Se sienten desplazados, maltratados, metidos con calzador a la programación, en lugar de ser uno de los protagonistas de las jornadas, como el año pasado. Siete años de esfuerzos ignorados, porque no se trata de darle una función a determinado grupo sino de invertir parte del presupuesto de las jornadas en seguir apoyando la formación de dramaturgos del estado y de apoyar las producciones de los colectivos que lo merezcan. Por el contrario, me cuentan mis amigos, mis alumnos, mis colegas, que sienten de nuevo el tufo del centralismo, el desprecio disimulado por el teatro local, ése aire de: “aquí no hay nada que valga la pena”.

Para acabarla de joder, el Premio Juan Ruiz de Alarcón, que este año cuadriplicó su recompensa económica, para convertirse, con sus 500 mil pesos, en el premio mayor de la dramaturgia en lengua española, se verá manchado por la conformación de un jurado demasiado cercano a la Compañía Nacional de Teatro, del Maese Luis de Tavira, que será la reina de la fiesta (la CNT, no De Tavira). Por 25 años, los jurados del Premio fueron los ganadores del mismo, o por lo menos estuvo de jurado el ganador del año anterior, de manera que éste año le correspondía a Luis Mario Moncada estar ahí. Pero alguien del INBA y del IGC decidió cambiar las reglas por sus cojones (o sus ovarios), e invitó a una crítica de teatro, Alegría Martinez, vocera de la CNT, a un director, José Caballero, alumno de don Luis de Tavira y frecuente director de la CNT, y a mi querido José Ramón Enríquez, éste sí ganador del Juan Ruiz, pero ligado en toda su vida profesional a Maese De Tavira, como jurados.

Todos ellos son respetables gentes de teatro con criterio propio que decidieron por sí mismos premiar a Jaime Chabaud porque a su juicio tuvo más méritos que los otros postulantes. El problema es que estos tres jurados, por edad e inclinación artística (mostrada en su trabajo), representan una sola tendencia del quehacer teatral del país y en consecuencia conocen muy bien la obra de Chabaud, pero conocen a medias los textos de Luis Enrique Gutierrez Ortiz Monasterio, mejor conocido como Legom, quien fue postulado y apoyado por los mejores dramaturgos del presente mexicano y por cientos de comediantes de todo el país. Por definición, todo jurado de una convocatoria de interés público debe ser plural para no inclinar la balanza, como es el caso, por una sola visión del acto juzgado. Haya sido con dolo o sin él, lo que demuestra este premio, la programación de las jornadas y el ninguneo al teatro local, es que el centralismo cultural regresa por sus fueros en un estado en el que se está protestando con las armas por el respeto a los usos y costumbres de la localidad. Espero que los artistas del estado no tengan necesidad de recurrir a esos condenables extremos para ser tomados como lo que son: uno de los motores del desarrollo cultural del estado.

 

* Periodista cultural, crítico de teatro y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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