Federico Vite
Papel, tabaco, comida y un poco de whisky
No sólo por recursos estilísticos literarios sino por la manera en la que aborda el mal, Santuario, de William Faulkner, es una de esas novelas que aún me siguen impresionando.
Desde la tercera década el siglo pasado, la historia de Temple Drake ha sido uno de los tópicos más analizados de este escritor, quien siempre afirmó que Santuario sólo fue un libro hecho para ganar dinero, no fue planeado desde una pulsión creativa y febril. Faulkner se lamentó por haber escrito una novela de 334 páginas en el que desmenuza la inminencia del mal, la corrupción del mundo y la minúscula noción del bien que practican los humanos en situaciones límite. El narrador acentuó algunas de sus preocupaciones elementales, el resentimiento social entre negros y blancos, entre miserables y adinerados, pero esencialmente, como lo hizo en toda su obra, diseccionó la raíz del miedo en el corazón del hombre.
Santuario narra el secuestro y la violación de Temple Drake (sometida con una mazorca por Popeye, un autista y maléfico fumador compulsivo) mientras el abogado Horace Benbow, defensor de Lee Goodwin (dueño de la propiedad donde ocurrió la violación), busca demostrar la inocencia de su cliente y durante la pesquisa del abogado el lector va encontrando que cada uno de los personajes poseen una proclividad natural para hacer daño. Como la mayoría de la obra de Faulkner, esta historia ocurre en Yoknapa-tawpha, Mississippi
Lo que me sigue sorprendiendo de este libro es el trabajo de los diálogos, hechos para generar progresión dramática en la narración. Los personajes hablan para engrandecer los límites del universo literario de Faulkner, no para descargar información, generan suspenso y el lector asiste a una escena verosímil en la que las opiniones van deshojando el carácter de cada personaje. Cito un fragmento del capítulo VII, previo a la violación.
“–Sé muy bien de qué pie cojean ustedes, las mujeres decentes –dijo la otra–. Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche con esos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre –le dio la vuelta a la carne–. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. ‘Soy una chica decente; yo no hago eso’. Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina y hace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para que se desmaye porque quizá no le gustará a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos (…) Luego empezó la guerra y dejaron salir a Goodwin para que luchara. Le dieron dos medallas, pero al terminar lo metieron otra vez en Leavenworth hasta que el abogado consiguió un miembro del Congreso que lo sacara. Entonces ya no tuve que seguir acostándome con todos y…
–¿Con todos? –susurró Temple, con el niño en brazos–, y dando ella misma la impresión de no ser más que una criatura, con su vestido corto y el sombrero echado hacia atrás. –¡Sí, mosquita muerta! –dijo la mujer–. ¿Cómo cree que pagué al abogado? Y ese es el tipo de hombre que según usted va a preocuparse un tanto así –con el tenedor en la mano se acercó y chasqueó lentamente los dedos delante de la cara de Temple– por lo que le suceda”.
El extracto trascrito sólo ejemplifica la fiereza de los personajes ante la tragedia de Temple. Todos, por un motivo u otro, intentan lastimarla y lo logran. Santuario, para Faulkner, sólo fue un pedido editorial, pero no creo eso. Me parece una obra emblemática en la que el novelista se empeñó en mostrar las pulsiones oscuras del alma.
A menudo pienso en las declaraciones que Faulkner dio a la publicación literaria París Review, en 1962, acerca del mejor lugar y oficio para un novelista: “Al arte tampoco le preocupa el entorno; no le importa dónde se encuentra. Si se refiere a mi caso, el mejor trabajo que me han ofrecido fue el de hacerme casero de un burdel. En mi opinión, es el medio perfecto para que trabaje un artista. Le otorga una libertad económica perfecta: no pasa miedo ni hambre, tiene un techo en el que cobijarse y lo único que tiene que hacer es llevar cuentas sencillas e ir una vez al mes a pagar a la policía local. El lugar está tranquilo por la mañana, que es el mejor momento del día para trabajar. Hay suficiente vida social por la noche, si le apetece participar, para que no se aburra; le da una cierta posición en su sociedad; no tiene nada que hacer porque la madame lleva los registros; toda la gente que vive en la casa son mujeres y lo llamarían respetuosamente señor. Todos los contrabandistas del barrio lo llamarán señor. Y podría llamar a los policías por sus nombres. Así que el único entorno que necesita el artista es la paz, la soledad, el placer que pueda conseguir a un precio que no resulte elevado. El entorno equivocado sólo servirá para que le suba la tensión, y pasará más tiempo frustrado e indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que las herramientas que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky”.
Ya muchos novelistas lo han señalado, pero reitero: uno aprende a base de relecturas y cometiendo todo tipo de errores, porque escribir es un oficio similar al del panadero, al del carpintero. Lo mejor siempre está por venir cuando se pule el oficio.




