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Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

* ¿Por qué quieren ser políticos?

Hace dos o tres semanas, una diputada federal (su nombre, partido y distrito son irrelevantes) tropezó varias veces al intervenir en tribuna, en la lectura de la postura de su fracción sobre algún tema en la agenda de ese día (precisiones también irrelevantes).

Pobre. En menos de una hora, el video de su traspié apareció en Facebook e ipso facto se viralizó (disculpen el argot cibernético), con cientos de reproducciones y comentarios de feisbuqueros pitorreándose del papelón de la diputada, a quien de pendeja no bajaron, y de paso denostaron a todos los de su especie, federales y estatales, “igual de pendejos que ella”, sostuvo más de uno, y lamentando otros tantos “el jodido nivel de nuestros legisladores”.

Ya saben, esas maledicencias que proferimos los mexicanos de a pie, entre encabronados y deprimidos, cada vez que algún político se avienta un papelón o protagoniza un escándalo, de calado semejante al de la diputada.

Consideré irrelevantes datos y detalles del asunto, porque no fue, es, ni será el primero ni el último de una larga lista de similares, que la prensa explote o que la opinión pública maldiga hasta el hastío… o hasta que otro político nos regale una nueva excusa para culpar a los políticos de todos nuestros males.

No digo, como no le he dicho antes, que falten razones, motivos, ejemplos y evidencias para sostener la mala fama de los políticos, pero sí digo que a menudo, los ciudadanos convierten esas razones y esos motivos en excusa y justificación para la apatía, la indiferencia, la omisión, la indolencia, y la sumisión.

No digo que haya pocos políticos incultos, ignorantes e incapaces, sólo digo que la sociedad civil debería ser más autocrítica, porque si hay muchos políticos que no saben leer bien o que no son muy leídos, entonces son fieles representantes de la mayoría popular. De hecho, la mala fama de los políticos no es exclusiva de los mexicanos, tan mala fama tienen los políticos de casi todas las sociedades democráticas, incluso los de las más avanzadas.

En España, por ejemplo, el articulista de El País Semanal Javier Marías publicó, en julio de 2011, una nota titulada ¿Por qué quieren ser políticos?, en la que sostiene que éstos “no tienen la admiración de nadie; se los acusa de corruptos y de títeres del poder económico”.

Por su parte, Daniel Innerarity, escribió el 29 de enero de este año en el diario de esa misma empresa periodística, “que los políticos y las políticas dejen mucho que desear es una evidencia en la que no merece la pena perder demasiado tiempo. Tampoco es algo que debería sorprender a quien conozca cómo funcionan otras profesiones, ninguna de las cuales se libra de un serio repaso, con mayor o menor dureza. Ocurre, sin embargo, que esos otros oficios también manifiestamente mejorables tienen la suerte de estar menos expuestos al escrutinio público”.

En ese sentido, Innerarity está convencido de que, en general, “los políticos son mejores que la fama que tienen. Si así fuera, sería más fácil de resolver con una simple sustitución. A lo que estamos aludiendo cuando tomamos nota de la desafección política es a la crítica hacia cualquiera que esté desempeñando esa tarea (‘todos los políticos son iguales’), y aquí el problema adquiere una naturaleza más grave”.

Tratando de entender los motivos de la malquerencia, Javier Marías distingue cinco tipos de políticos: uno, sujetos mediocres que sólo sobreviven en un medio poco exigente como la política; dos, sujetos que van tras el enriquecimiento, los que ven en lo público la oportunidad de acumular; tres, sujetos que necesitan mandar para ser alguien en la vida, rodeados de reconocimiento y vanidad; cuatro, sujetos que son fanáticos de sus ideas y quieren imponerlas; y cinco, las personas con vocación política real, voluntad de servicio, buena fe, con ganas de ser útiles.

Por eso, Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad del País Vasco y profesor visitante en el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Europeo de Florencia, subraya que “una actitud crítica hacia la política es señal de madurez democrática, no signo de su agotamiento. Que todo el mundo se crea competente para juzgar a sus representantes, incluso cuando estos tienen que tomar decisiones de enorme complejidad, es algo que debería tranquilizarnos, aunque solo sea porque lo contrario sería más preocupante. Una sociedad no es democráticamente madura hasta que no deja de reverenciar a sus representantes y administra celosamente su confianza en ellos”.

Innerarity explica que “una buena parte de la desafección política tiene su origen en un error de percepción. En cualquier democracia asentada hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero solo es noticia la corrupción de algunos. La sensación que nos queda es que la política es sinónimo de corrupción y no advertimos que el escándalo es noticia cuando lo normal es que las cosas se hagan moderadamente bien. Ocurre lo mismo que con los errores médicos: nunca se habla en los medios de comunicación de las operaciones bien hechas, sino las fallidas y de ahí a sacar la impresión de que los médicos lo hacen mal no hay más que un paso.

“Gracias a los medios de comunicación el poder se ha hecho más vulnerable a la crítica, pero su lenguaje crispado y el mensaje de fondo que así transmiten ha extendido una mentalidad anti política. Una cosa es desvelar la mentira, ridiculizar la arrogancia y dar cauce a las voces diferentes; pero esa insistencia en lo negativo tiende a ocultar otras dimensiones de la política tan importantes como, por ejemplo, el valor de los acuerdos o la normalidad poco espectacular de los comportamientos honrados”.

Y aquí, Innerarity pone el dedo en una llaga que se parece y duele tanto como la nuestra: “La crítica ritual hacia los políticos nos permite escapar de ciertas críticas que, si no fuera por ellos, deberíamos dirigirnos a nosotros mismos. ¿Tiene sentido mantener al mismo tiempo ciertas críticas hacia nuestros representantes políticos y exhibir la inocencia de los representados?

“Hay una contradicción en pretender que nuestros representantes sean como nosotros y al mismo tiempo esperar de ellos cualidades de élite. Es imposible que unas élites tan incompetentes hayan surgido de una sociedad que, por lo visto, sabe perfectamente lo que debería hacerse. Aquí se pone de manifiesto que el populismo es un ‘igualitarismo invertido’, es decir, un modo de pensar que no se basa en la creencia de que el pueblo es igual que sus gobernantes, sino de que es mejor que sus gobernantes. Si los políticos lo hacen tan mal, no puede ser que los demás lo hayamos hecho todo bien”.

Lo grave, y en eso coinciden Marías e Innerarity, es que el desprecio social a los políticos sirve mejor y conviene más a los políticos, pues los ciudadanos se alejan de los políticos y la política, desdeñan el debate de los asuntos públicos y debilitan su influencia sobre las decisiones del poder.

Cruel ironía, sin duda.

Al respecto, otro analista de El País, Germán Cano, profesor de filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares, advierte que “fomentando una masiva despolitización, se despierta el espíritu anti-político de los Montecristos. Por ello, en la medida en que están quedando excluidas de discusión pública las cuestiones realmente importantes, inquieta la condena de todo debate más amplio sobre el sentido de nuestro futuro”.

Al final de su artículo de El País, Daniel Innerarity destaca que “en el desprecio a la clase política se cuelan no pocos lugares comunes y algunas descalificaciones que revelan una gran ignorancia acerca de la naturaleza de la política y promueven el desprecio hacia la política como tal. A estos críticos deberíamos recordarles el principio de que siempre que se impugna algo estamos en nuestro derecho de exigir que se nos diga qué o quién ocupará su lugar. Para ser razonable la crítica debe medir a quién favorece en ocasiones su desproporción”.

Por eso no digo que los políticos no merezcan desconfianza, reproche y reclamo, sólo digo que no convirtamos el desprecio en excusa y justificación para la apatía, la indiferencia, la omisión, la indolencia y la sumisión.

Como dice Germán Cano, “justo porque queremos combatir esta proyección imaginaria, es preciso no eximir de crítica a los políticos. Es más, para comprender este resentimiento, a este primer desprecio de los políticos debería sumarse también el desprecio de los propios políticos… hacia la política. Si un sector importante de la población española siente, en su impotencia, alguna empatía por Dantés, es también por la situación de desorientación y obsolescencia política en la que nos ha arrojado la práctica de los partidos mayoritarios”.

Dice bien.

 

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