Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Julio Moguel

HOY, HACE 200 AÑOS

* Las batallas de Morelos

 

La toma de la Roqueta

 

Pocos acontecimientos tan cercanos a lo fantástico como la toma de la isla de la Roqueta por parte del ejército insurgente comandado por Morelos, el 9 de junio de 1813.

La ofensiva sobre el fuerte de San Diego, veíamos, se inició el 13 de abril de 1813, en condiciones en que no había habido recurso ni siquiera para rasguñar la sólida coraza del castillo. Una de las claves de dicha fortaleza era el hecho de que desde el mar y la mencionada isla de la Roqueta los realistas concentrados en el fuerte recibían todo tipo de ayuda en alimento, armas, municiones. Y dar cualquier batalla desde las aguas del Pacífico era prácticamente impensable para los rebeldes, pues no contaban con ningún tipo de navío o de embarcación de envergadura que lo hiciera posible.

Fue el teniente coronel Pedro Irigaray quien hizo la propuesta: asaltar la isla de marras para anularla como fuente principal de suministros. ¿Con qué recursos? Atacar de frente y a la luz del día era un suicido. ¿De noche? Sin duda, pero no con el despliegue de un ataque directo desde embarcaciones que de igual manera serían abatidas. De noche, entonces, pero dentro de la ya probada guerra de la pulga: llegarían en bote sigilosamente por la parte trasera del islote, para escalar las escarpadas murallas naturales y caer sorpresivamente sobre el enemigo. Una buena andanada de tiros de cañón desde tierra firme permitiría distraer a los realistas, dentro del tiempo mínimo calculado para la culminación del ataque.

Una verdadera locura, sin lugar a dudas, pero no muy diferente a las locuras que habían venido sorprendiendo a todos y que de manera aparentemente milagrosa marcaban la ruta de triunfos del ejército insurgente comandado por Morelos. ¿Cómo si no pensar o imaginar lo que cualquiera hubiera considerado imposible en la ruptura del cerco de Cuautla durante los primeros meses de 1812? ¿Cómo explicar el triunfo insurgente sobre la Tixtla dominada por un sólido baluarte militar de los realistas por parte de un ejército que no alcanzaba a ser siquiera la mitad de aquellos que la defendían? ¿Cómo incluso pensar la toma de Oaxaca, cuando a cualquiera que se le hubiera planteado la ecuación en aquel específico momento hubiera pensado que el referido lance era un reto imposible?

¿Y qué podía pensarse sobre el hecho simple y llano de que el mismo Morelos, de 48 años de edad a la sazón, entrara a los combates sin remedos y una y otra vez reapareciera ileso y siempre con la idea de volver al campo de batalla sin mayores dilaciones para beneficiar a sus fuerzas armadas con el efecto sorpresa y con la idea de que lo que caía sobre los realistas no era un aguacero pasajero sino un verdadero ciclón? Dios estaba de su parte, pensaban muchos; o acaso, pensaban otros, era un ente superior, un ángel o un enviado directo de los cielos con la santa misión de redimir al pueblo. El mismo Calleja había calibrado esta dimensión ganada del cura de Carácuaro cuando durante el sitio de Cuautla escribió a Venegas: “Este clérigo es un segundo Mahoma que promete la resurrección temporal y después el paraíso con el goce de todas las pasiones a sus felices musulmanes”.

Lo cierto es que a la altura en que nos encontramos en el tramo histórico que hemos recorrido, justo en el intento de hacerse del fuerte de San Diego, Morelos cargaba ya con un aura de invencibilidad que hacía entrar a su figura y a algunos de sus pares de combate en el tiempo-espacio imaginario de lo sobrenatural o de lo mítico.

Son justamente esas condiciones de invencibilidad imaginaria las que permiten pensar que, en el reto mayor de hacerse militarmente del fuerte de San Diego, el teniente coronel Irigaray propone lo que, veíamos, a cualquier otro que estuviera lejos del embrujo provocado por la sola presencia de Morelos –y de algunos de sus principales cabecillas en la guerra– les hubiera parecido una estúpida quimera.

Pero, ¿quiénes eran aquellos que podían echarse a las espaldas la tarea de asaltar la Roqueta? Los Galeana, sin lugar a dudas: justo aquellos que en proezas anteriores habían demostrado con su cuerpo y alma que ese tipo de locuras tenían posibilidades de sentido.

Entra entonces a la lid el menos añoso de los Galeana, Pablo (su hermano Hermenegildo se encargará de dirigir la artillería distractora, en su momento), quien acompañado del teniente coronel Isidro Montes de Oca, del capitán Montoso y de 80 soldados escogidos se desplaza en cuatro vueltas en canoa para llegar sin ser oído a la parte trasera de la isla. El relato que sobre este punto lleva a cabo Julio Zárate en su México a través de los siglos no tiene desperdicio. Conviene citarlo sin economía de texto: “Reunidos todos en un sitio de la Roqueta en que un muro de ásperos peñascos se alza escarpado sobre las olas, preciso era que trepasen por allí o que renunciasen al asalto, pues que la vigilancia de la guarnición, por la parte accesible de la isla, no prometía éxito favorable a los independientes. Ayudándose unos a otros, y a costa de inmensos esfuerzos, pudieron Galeana y siete de los suyos subir por aquella elevada muralla de granito. Este grupo de valientes rompió el fuego sobre la guarnición, mientras los demás asaltantes, dando vuelta rápidamente, desembarcaban por el lado opuesto, de más fácil acceso, y acometían con ímpetu a la guarnición. El estupor causado por la sorpresa completó la derrota de los realistas, y sin orden ni concierto huyeron a sus embarcaciones con intención de retirarse al castillo. Pero no les dio tiempo para ello el arrojado Galeana, y gran número de prisioneros, tres cañones, parque y armamento, la goleta Guadalupe, once canoas, y sobre todo la adquisición de la Roqueta, fueron el fruto de este audacísimo asalto”.

Se vive entonces, decíamos al principio, el 9 de junio de 1813. La toma de la Roqueta hubiera bastado como hecho de armas para colocar a los habitantes amurallados del fuerte de San Diego en una situación desesperada, y a los insurgentes en las mejores condiciones para dar los pasos subsecuentes del proceso de asalto. Pero no tardó en aparecer desde el flanco del puerto de San Blas un bergantín de los realistas que logró abastecer de nueva cuenta a las fuerzas que con terquedad y valentía resistían desde el fuerte.

Acaso fue esa circunstancia la que rompió en definitiva con lo que había sido hasta entonces considerada como la suerte o la magia de Morelos: porque los meses que entonces se perdieron para culminar la misión que hemos venido relatando obsequiaron a Calleja el tiempo necesario para reposicionar sus reales.

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