Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Chilpancingo superstar / y 2

Quién te manda (en jueves), Isela

 

Era jueves de pozole, al mediodía. ¿Año? ¡Sepa la bola! Vaya de indicio que la carretera nacional no era autopista y que al pasar por Chilpancingo sus dos humildes carriles estaban divididos por una malla ciclónica. En el súper servicio mecánico Guillermo juntábamos para las pepsis cuando escuchamos el tremendo madrazo y salimos a ver: una camioneta de lujo se había estrellado contra la malla, después de desprender y mandar pedazos de espejo y calaveras a unos pasos del taller. ¡Otro que se apendeja viendo hacia el pueblo o buscando expendios de cervezas y se va contra la ciclónica!…  Corrimos en chinga, y por lo visto no había heridos. O sea: no había herida, ya que la manejadora era una mujer.

Cuando salió y terminó de restregarse la cara ya nos habíamos dado cuenta de quién era, pero desde el instante en que nos preguntó ¿Pos qué chingaos me están viendo pinches locos, qué: tengo changos en la cara?, ya no tuvimos duda de que era Isela Vega. La viuda negra. Las mejores pechugas del cine nacional, pa’ no ir más lejos… Se me sale decirle Es increíble Isela, y Déjate de cosas increíbles y arréglame esta troca de putazo, loco, porque voy a contrarreloj a Acapulco, tengo que hacer un papelillo en una fiesta de peluche, rezonga la señora. Con todo respeto, ¿en qué obra tiene usted que actuar?, pregunto, y Es sólo una parte de una revista donde actué hace tiempo, dijo Isela, y me le fui, de pechito:

–Su súper camioneta, señora, tiene serios raspones, unas abolladuras que nos va a llevar dos horas sacar, un foco y su calavera rotos, sin olvidar las dos llantas ponchadas. Aunque hoy sea jueves, se la vamos a tener lista en menos de una hora.

–¡¿En serio, bato?!

–¡En serio, Isela!, le digo, y ora sí que como para promover el taller entre la crema y la melcocha artística, le digo que acaba de cometer una infracción de tránsito y de echar abajo un patrimonio de la nación, pero pues le recalco que no se preocupe, nosotros vamos a asimilar los gastos y a volver a poner la malla en su sitio, con tal de que la inigualable Isela llegue a tiempo a Acapulco.

En lo que sacamos la camioneta le digo:

–Isela, aquí entre nos, esa parte de la obra que te vas a echar en el bello puerto, ¿de casualidad no es donde te echas un pedo tronado que…

–¡Me estás confundiendo, zoquete!, ¡la pedorra era la Doña!, yo nomás salgo de vampiresa latigueando pendejos como tú comprenderás.

–¿Qué no es cuando te presentaste de vampiresa en el teatro de Las Vizcaínas, en la que, en lo que das la espalda, un actorzuelo refunfuña que te huele la cola y tú le respondes que por eso la traes atrás, ¡y le das un latigazo!?…

–¡Por bocón! Sí, pero el que me gritó era uno del público, bato!

Mis chalanes ya habían arrastrado la camioneta al taller y, mientras unos le sacaban el golpe, otros parchaban las llantas. Isela había invitado las pepsis y (para ella y su servidor) las chelas. La fiesta iba a ser reseñada por la tele y nos juró que ahí iba a contar lo del pedo tronado y les iba a mandar un saludo con beso a sus cuates del taller mecánico Guillermo. ¡Esa es Isela!, la palmoteo, ¡salud por Isela!, grito, y los chalanes levantan su Pepsi y el coro de: ¡Iseela, Iseela!…

–En La Choca estás jovencita y más frondosa que nunca, pero ¿verdad que en Tráiganme la cabeza de Alfredo García, cuando cantas la de han crecido en mi rancho dos arbolitos, estás bien desafinada?

–¡Ah que batu tan fijao!… ¡Desafinadísima, tú…! Pos ¿cómo le haces, huerco, que en todo estás?

A la cuarta cerveza le anuncio:

–Isela: tu nave está lista para navegar. Le sacamos los golpes, le cambiamos un faro con su calavera y un espejo, parchamos tus llantas, te cambiamos el aceite y te lavamos la carrocería. También repusimos la malla ciclónica en su lugar, para que no haya cuerpo del delito. Como los albures van gratis, estamos hablando… de cien pesos con cincuenta centavos.

–¿Cien pesos por todo eso?, ¿me estás cotorreando, Memo?

De ninguna manera, carnalita, le digo. Para nosotros ha sido un enormísimo honor arreglar tu camioneta… –e Isela se quedó seria, muy seria, y en cuanto guardó su cartera:

–Está bien, Memo –me dijo–. Ora que, no en compensación ni porque no me gusta deberle a nadie, sino porque, aquí entre nos, tú me has caído muy bien…

Con la media sonrisa que se echó, se le pintaron los hoyitos en las esquinas de los labios como sólo a la gran Isela Vega se le pintan:

–Quiero que en este momento te subas a la camioneta y te vayas a Acapulco conmigo. Así como estás: llegando compramos ropa y zapatos, y allá nos bañamos. Qué dices pues. Porque eso sí: que tú te la pases a todo dar, es cosa mía, batu!…

Casi me voy patrás. Pero no me fui. Le respondí que se lo agradecía en el alma, pero que desgraciadamente no podía acompañarla. Bajó los ojos, como triste, pero, como reponiéndose, me volvió a ver y me preguntó si se podía saber por qué. Hoy es jueves, Isela, le dije entonces.

–¡Y qué recamotes con que sea jueves, huerco?!…

–Hoy es jueves, Isela… ¡y yo por nada del mundo me pierdo mi pozolito!

Un chalán la puso al tanto de que el jueves es día de pozole verde en Chilpancingo.

En las orillas de sus labios se formaron los hoyitos tristes: para mí que Isela quería llorar, cuando arrancó.

 

La noche en que Ben Hur bebió mezcal a güevo

 

Cierta noche de 1964, Charlton Heston entró rayando espuelas a la cantina de la Posada Meléndez. La película que le había proporcionado el Óscar y lo había catapultado al superestrellato era Ben Hur, pero ahora traía botas vaqueras y vestía como rangers texano. Antes de subir a su habitación, decidió que después de una larga jornada de trabajo no le caería mal un güisqui y, dándole los lentes y el sombrero de fieltro a sus ayudantes, enfiló para el bar de la Posada. Se dejó la pistola de utilería y, como pasó entre las mesas agachando los hombros y colgando los brazos, parecía un enorme y taimado pistolero buscando camorra.

No faltó, entre las mesas, el compadrito que preguntara de dónde había salido este chango con cara de gutman arrepentido.

–¡Es Benjur, compadre! –le gritaron al oído.

–Benjur o no, ¡está pidiendo su salecita!

Le explicaron que traía pistola y mala cara porque estaba filmando El Mayor Dundee en el río Mezcala, a unos 45 kilómetros de Chilpancingo, y que tenía casi una semana de hospedarse aquí en la Posada Meléndez, pero ni así entendió el compadre.

Charlton Heston removía el güisqui que le acababan de servir en la barra cuando escuchó:

–¡Así que estamos nada menos que ante el gran Benjur!

–¿Ben…yur?… –preguntó el actor–. Oh sí, ¡yo… Benyur, amigou!. Levantó su vaso para brindar, pero el compadre dijo:

–No, así no, amigou… ¡Sirve dos mezcales, uno para Benjur y otro para tu servidor! –ordenó al cantinero.

–Oh no, mochas gracias queridou amigou, pero yo…, mí…, ¡tomar purro qüísqui!…

–Vamos a dejar el perro güisqui para otro día: el que viene a Chilpancingo no se puede ir sin probar el mezcal –sentenció el compadre, que, para esto, ya le había arrebatado a Charlton el vaso coctelero rebosante de hielos de la mano y encajado entre sus dedos un jarrito de barro de los que entonces, quizá porque su pequeñez resultaba la justa y necesaria medida de un trago, llamábamos mezcaleros.

–O decimos salud con mezcal de Guerrero, o me voy a sentir muy ofendido con usted, querido amigou meu. Si rechaza este brindis, ahora mismo abrimos cancha y nos batimos a duelo en medio de esta despreciable bola de borrachos. ¡A ver, ustedes!… –gritó el compadre a la concurrencia–, empiecen a abrir un corredor entre las mesas para que este matón a sueldo y yo nos matemos a gusto. Porque para eso trae esas pistolas; ¿o no, señor Benjur…?

Charlton Heston tenía entonces 42 o 43 años. Como Moisés (en Los diez mandamientos) resultó antena divina y como El Cid Campeador (donde doña Jimena, representada por Sofía Loren, está más hermosa que nunca) peleó y triunfó aun estando muerto. El que no se acuerde de la carrera de cuadrigas que Ben Hur sostiene a muerte contra su traicionero ex amigo de infancia, es porque no ha visto la película. Ahorita, como el mayor Dundee, andaba rescatando niños secuestrados por apaches en las orillas del Balsas. Quede, en corto, asentado que, aunque se pusiera de rodillas, Ben Hur le seguiría llevando al menos medio metro de altura y cuarenta comprimidos kilos de peso al compadre, y que a lo mejor por eso no se amilanó a las primeras, y ni siquiera cuando, insólita, increíblemente, como en varias de sus películas pero en la vida real, alguien le ponía el cañón de una pistola en la frente.

–¿No que muy chinguetas, don Benjur? –se burló el compadrito, expresión que, con un jarrito de mezcal en la mano y la posibilidad de una bala de plomo en la frente, Charlton luego entendió. Suponen, los que estuvieron ahí, que como buen actor intuyó que el público de ebrios boquiabiertos estaba tan perplejo como él, y que lo que sonaba a amenaza no era más que una agresiva forma de invitarlo a beber; que si no hubiera sido por eso, el actorazo se hubiera zurrado del susto. Quizá, al último, compartió las carcajadas y echó más de un mezcal guerrerense con gusto.

Eso dirían sus biógrafos, si recogieran la anécdota, que no está ni en internet. Ni pa’ preguntarle a Charlton, que pasó a mejor vida en 2008. En el pueblo se recuerda como La noche en que Ben Hur bebió mezcal a güevo.

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