Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

Suiza

Vamos en la empinada cuesta tratando de distinguir el camino entre la densa niebla que lo esconde cuando justo antes de llegar a una curva, con la claridad de los rayos del sol que logran filtrarse, vemos la camioneta gris fuera de la carretera con las luces de precaución encendidas.

No nos queda duda que se trata de un accidente carretero debido a la bruma y humedad del camino. De pronto no sabemos qué hacer y mientras lo pensamos nos detenemos en el camino, y es cuando llega a nuestros oídos un sonido como de campanas que se va convirtiendo en estruendo.

Como nuestras miradas están puestas en la curva de la carretera tratando de escudriñar entre la neblina y ahora la llovizna, todos vemos el mismo espectáculo sin que nadie pueda acertar de qué se trata.

Primero son sombras o bultos que se mueven, luego vemos que las sombras son personas que caminan sobre la carretera junto al estruendo de las campanas. Se trata de campesinos suizos que vienen por la carretera arriando un rebaño de cabras y un hato de vacas enfundados en sus trajes de fiestas y sus capotes para la lluvia. El ruido que los acompaña es de sus gritos mezclados con el tin-tan-tin-tan de los enormes cencerros que cuelgan del pescuezo de cada animal que dócilmente avanza en formación por la carretera.

Ahora comprendemos. La camioneta que vemos fuera del camino va avisando de la marcha de la caravana para evitar accidentes. Los enormes cencerros sirven para saber de la presencia cercana de un animal.

Ése fue nuestro primer paseo a los Alpes para encontrarnos con la nieve. En vez de nieve nos recibe la lluvia, la neblina, el ganado y los campesinos que se dirigen a un punto de compra venta.

Como nuestro sobrino sabía el lugar preciso para practicar los deportes en la nieve, nos ha llevado a Grindenwald, pero lo desconoce y se desconcierta. La razón la entendemos después, se trata de que aún no hay nieve y el paisaje ha cambiado por completo. Al ver las fotos de su última visita caemos en la cuenta de que estamos en el lugar indicado, de manera que a falta de nieve optamos por cerveza en un restaurante de montaña donde nos guarecemos del frío.

Estamos en Berna, ciudad a la que hemos llegado desde Florencia con escala en Milán. El cambio de clima es drástico en nuestro viaje. Aquí donde el agua siempre abunda, hace frío y llovizna.

David estuvo por nosotros en la terminal central de Berna. Después de tres horas de viaje desde Milán, ahora estamos en Suiza, en la pequeña ciudad de los osos que juegan libres en su parque del puente. La historia  cuenta que el nombre de la ciudad se debe a la ocurrencia del duque de la comarca que en un día de caza se prometió que le pondría al lugar el nombre del primer animal que encontrara, siendo un bär (oso en alemán) lo primero que salió a su paso, de ahí el nombre de Berna y los osos como mascotas. Uno de los atractivos más visitados es el parque del puente donde viven en familia seis ejemplares cafés de orejas redondas y ojos fieros.

Nuestro sobrino vive en un edificio de departamentos muy cerca del centro de la ciudad. El trolebús nos cobra tres francos por un viaje de 10 minutos.

La vida de Berna es entre el bosque, con el eterno rumor de las aguas del Aar, un río que cruza la ciudad con el deshielo de los Alpes y se convierte luego en tributario del Rin en la frontera de Alemania y Francia hasta desembocar en el Mar del Norte. Cuando el río Aarpasa por la ciudad ha descendido quizá un kilómetro y medio de altura y eso se observa en la fuerza caudalosa de su corriente.

Berna es una ciudad pequeña, con menos de 200 mil habitantes. Ha conservado la imagen medieval de sus construcciones del centro y sus castillos enmurallados en las afueras. El campo es una continuidad de potreros siempre verdes, como canchas de futbol. El pasto lo podan con regularidad y lo guardan como forraje en enormes ruedas que envuelven con plástico para preservarlo de la lluvia, la nieve y la humedad del invierno cuando lo usan para alimentar el ganado en los largos meses de invierno, cuando la nieve lo obliga a estar estabulado y bajo techo.

El nivel de vida de los suizos es alto y costoso. Hay un control estricto de los espacios comunes. Los estacionamientos son muy caros, por eso para pasear por el centro la gente busca los lugares gratuitos donde es curioso ver demasiados jóvenes de color que con el pretexto de cuidar tu carro son contacto para la venta de droga que se realiza a la vista de todos.

Lo mas avanzado respecto a los derechos de los viejos lo hemos visto aquí donde los de la tercera edad parecen ser mayoría. Las calles y muchos de los servicios están hechos pensando en ellos. Hasta para edificios de tres pisos es obligado poner elevadores.

La emigración de jóvenes desempleados ha visto en Suiza una opción de empleo, pues aunque parezca insano el afán de verse explotado, la población del mundo reclama su derecho para acceder a sus satisfactores que cada vez son más costosos.

La libertad de cada quien tiene como límite estricto el derecho del otro. El respeto a la privacidad parece ser extremo para los suizos. Cada quien vive en su mundo y raro se ve que los vecinos convivan.

Nuestro sobrino aprendió las costumbres locales a fuerza de multas. Le multaban por dejar estacionado su auto en la calle donde vive porque no había dado aviso a la comisaría que era residente.

Si haces mucho ruido en tu departamento puedes ser requerido por la autoridad. El penetrante olor de una salsa picante que la hermana de mi sobrino licuaba para agradarle, parece que invadió el fino olfato de todos los habitantes del edificio y casi provocó una movilización policiaca pensando en un ataque terrorista.

Berna y Suiza es toda territorio del chocolate a pesar de que sus campos se destinan al ganado y no crezcan en él las plantas de cacao. Nadie puede sustraerse a la visita de sus tiendas donde lo ofrecen como si de oro se tratara. Cada vez que entramos a un café y consumimos pastel de chocolate, que lo sirven en rebanadas generosas,  pagamos  hasta 10 francos y salimos siempre contentos.

De Suiza conocimos Berna, Lucerna y Zurich. visitamos los museos de Paul Klee, de Albert Einstein y el Centro de Cultural de Lucerna.

Recuerdo que al primero llegamos caminando desde la casa de nuestro sobrino. El edificio semeja olas u ondas en un estilo modernista. Está en pleno campo rodeado de árboles de manzana y sembradíos de maíz y girasoles. La atención es esmerada y casi personalizada de empleadas que hablan nuestro idioma.

La creación artística de Paul Klee como pintor dicen que fue abundante y vanguardista en la corriente del expresionismo. En las fotos se ve su rostro grave e inteligente pero atormentado. Murió a los 60 años.

Fue novedad para nosotros encontrarnos en Berna un museo dedicado a Albert Einstein y en él supimos que Suiza lo reclama como uno de sus hijos predilectos a pesar de que nació en Alemania.

El museo de Einstein funciona en la casa donde vivió, muy cerca del río Aar, en una zona arbolada de Berna. En los amplios muros de cristal se refleja sus fotos. De su vida resalta la parte humana, festiva y alegre del genio conocido por su melena alborotada, su bigote prominente y las fotos con su lengua de fuera, y también por la teoría de la Relatividad. Yo agregaré que fue un hombre de izquierda, defensor de la libre expresión de las ideas que se casó con Mileva, una feminista serbia contradiciendo la voluntad conservadora de sus padres.

El Centro de Convenciones y Cultura de Lucerna es un moderno edificio que se levanta al borde del lago apacible donde nadan y viven grandes cisnes blancos. En los amplios salones que se ocupan para talleres de artes no había gran cosa que ver y la exposición era tan modernista que parecía ajena a nuestros gustos, pero el edificio  en sí es digno de conocerse.

Cuando visitamos Zurich el tiempo era frio pero sin lluvia. Había poca gente en la calle a pesar de ser domingo, y no era porque todos se refugiaran en los bares y restaurantes.

Además de las salchichas gigantes y deliciosas que venden recién horneadas en cualquier pasaje comercial, comimos la fondue de queso que es el típico platillo de los campesinos suizos. Uno puede escoger los quesos que sirven al fundirse en los recipientes que ellos llaman caquelon, acompañado de una variedad de panes en trozos. Una delicia en tiempos de frío.

En uno de nuestros paseos por Berna nos encontramos con Romina, una mujer chilena que de veras se alegra de vernos. Administra una tienda de regalos y en un santiamén nos platica la historia de su vida y su opinión del país donde ahora vive. Nos dice que Suiza es cara, que los europeos que visitan su tienda casi no compran, que ahora hay muchos chinos, que son descorteses y mal educados, pues cuando por accidente tiran alguna mercancía no se dignan a levantarla y menos a pedir disculpas.

Romina hace años que no va a su país. Quisiera pero no puede. Ella aprendió idiomas desde muy joven gracias a una beca alemana. Allá conoció a su novio pero cuando lo llevó a presentarlo a sus padres se enamoró de su actual pareja, una suiza con la que ahora viven a pesar de la oposición de sus padres y los “díceres” de su familia.

En la última tarde que pasamos en Berna disfrutando en una cafetería el paisaje del río como despedida, Anarsis leía las últimas páginas del libro de cuentos de Julio Cortazar, cuando caímos en la cuenta de que el vecino de mesa tenía el mismo libro escrito en alemán. Cuando él se dio cuenta todos reímos complacidos.

Nuestras vacaciones terminaron junto con nuestro dinero. Para regresar a México lo hicimos por tren hasta París transbordando en Basel. El administrador del hotel parisino se negó a devolvernos el depósito que dejamos para el hospedaje de la última noche, pero no lo sentimos demasiado estando en Suiza, solamente que el mismo día de nuestra llegada a la capital francesa nos fuimos directamente al aeropuerto para volar de ahí a nuestra tierra.

 

 

468 ad