Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Julio Moguel

HOY, HACE 200 AÑOS

* Las batallas de Morelos

Genio y figura de José María Morelos

 

Conforme hemos seguido la ruta independentista de “hace 200 años” se nos han ido presentando, en retazos indiciarios, algunas claves importantes de la personalidad de José María Morelos. Duro de carácter, con mano firme en los oficios de mando, rápido en sus capacidades tácticas y todo el tiempo ocupado en el diseño estratégico de la guerra, tiene en la contraparte de sus presencias el rasgo de bondad y de condescendencia propio de quienes ejercen como pastores de almas, pero también, y de manera evidente, un sentido del humor que le permite tomar distancia regia del enemigo tanto como acercarse a milimétricos tramos de sus amigos guerreros.

Burlarse del “otro”: para minimizarlo, reducirlo a sus justas dimensiones humanas y/o a sus debilidades patentes; para desmitificar o desmontar los parafernálicos recursos puestos en la escena por los realistas con el fin de generar o difuminar entre los rebeldes temores o sustos; para mostrar la futilidad de una vida –la del común español, beneficiario de la Conquista– suspendida en el ocio o en los placeres mundanos. O para quitar brillo o poder a la idea establecida en muy diversos medios de que las únicas armas capaces de vencer en las grandes batallas eran las que provenían de la escuela militar europea.

Burlarse del “otro”. Y no sólo de quienes operan contra él desde el bando enemigo sino de algunos de sus más cercanos aliados que, en el juego de poderes que la guerra ha puesto en curso, pretenden generar el río revuelto para obtener mejor ganancia en las partidas. Conviene aquí recordar una de esas burlas sutiles de Morelos al gesto de Rayón de advertirle, mediante carta, que había entre su gente “alguien” de complexión “gruesa” que pretendía entregarlo al virrey. La respuesta del cura de Carácuaro, por misma vía, resulta ejemplar en nuestro tema: “Aquí no hay más barrigón que yo, no obstante que mis enfermedades me han desbastado.”

La fórmula contiene por un lado esa cuota de aceite necesaria para que resbale sin problema alguno la grave advertencia que le llega de Rayón, pero da cuenta a la vez de la imagen que Morelos proyecta o que pretende proyectar ante tirios y troyanos: la de un guerrero que no quiere maquillajes ni efectos especiales en la escena; la de alguien que celebra sin rubores su robusta complexión y que no tendrá problema alguno en que ella aparezca dibujada con toda su continencia en el único retrato que le hacen en vida y en presencia (en Oaxaca, durante los dos meses y medio en que permanece en la plaza después de tomarla el 25 de noviembre de 1812). Y valga señalar aquí que la importancia del asunto no es menor, lo que está demostrado en el hecho simple y llano de que otros retratos de Morelos, compuestos ya por referencias indirectas o por trazos inventados de la imagen, lo pintan con rasgos finos y con menos kilos encima (el caso más famoso y conocido es la pintura de cuerpo entero de Morelos que se encuentra en la sala de cabildos del Congreso del Estado de Michoacán).

Si extendemos nuestra valoración a otros dichos o mensajes de Morelos podremos encontrar claves importantes sobre su particular manera de enfocar la cosa. Es el caso de la conocida frase del cura de Carácuaro cuando lanza a sus tropas contra los realistas parapetados en el pueblo natal de Vicente Guerrero: “A las doce comeremos en Tixtla”, dijo el líder guerrillero al empuñar la espada y convocar al ataque la mañana del 26 de mayo de 1811.

Se trata, concederá el lector, de una frase totalmente ajena a las que se acostumbra rememorar con resonancia ecoica casi en cualquier acto cívico o en cualquier libro de texto. De una especie de arenga que se encuentra lejos, muy lejos, por ejemplo, de la conocida frase de Napoleón en Egipto antes de una decisiva batalla: “Soldados: desde lo alto de estas pirámides cuatro mil años os contemplan”. Lejana también a algunas propias de nuestro querido terruño: “Va mi espada en prenda, voy por ella”; o “La patria es primero”, desprovista entonces de pretensiones de brillo  trascendente.

Acaso propia, más bien, de alguien que en su arrojo y valor y en su constante reto a la muerte forja o quiere forjar la imagen del anti clímax y, con ello, del anti héroe.

Pero escarbando un poco más en el fértil terreno del lenguaje de guerra hay algo más que creo vale la pena distinguir, a saber: que la frase “A las doce comeremos en Tixtla” cumple la específica función de trasladar las preocupaciones vitales de cara al encontronazo de armas a la idea feliz y relativamente simple del reencuentro gozoso entre amigos después de la batalla. Cumple a la vez la función de decir que no obstante la desfavorable relación de fuerzas calculada en el trance (de tres a uno, en los diferentes registros) se tiene preasegurado el éxito del combate. Más importante aún en estos señalamientos será decir que la frase de Morelos en el momento de iniciar el ataque a la plaza de Tixtla forma parte de un esquema comunicativo que pretende establecerse entre pares o iguales. Dicho de otra forma: no se usarán más subterfugios retóricos que valgan a la hora del reto mayor de morir o vencer que los simples y llanos mensajes que convocan y atraen a una lucha común de comunes hermanos.

Es esa lucha con fuerza y lenguaje plebeyos la que triunfa en la batalla de Tixtla o en el sitio de Cuautla. En el juego carnavalesco que emerge de los momentos más crudos y difíciles de la guerra. Como cuando en medio de la muerte y de la peste que se extiende a las seis o siete semanas del sitio que mencionamos se hace la fiesta:

“En medio de estas escenas de horror y de muerte –relata Julio Zárate–, Morelos acudió al recurso de improvisar fiestas sencillas en los puntos más expuestos a los fuegos del enemigo. Quería (…) ofrecer a sus soldados algún solaz entre la desolación que les rodeaba y levantar así el ánimo de los defensores de Cuautla para que no llegase a flaquear: elegía preferentemente para estas diversiones el terreno próximo al reducto construido por Galeana para defender la toma del agua, y allí muchas tardes, al alcance de las balas realistas y acompañado de los principales jefes, tomaba parte en los bailes y jamaicas de sus bravos soldados. Daban al viento las músicas sus alegres acordes, y todo era regocijo y animación y estrepitosa algazara en aquel campamento azotado por el hierro, el hambre y la peste. Los disparos de los cañones realistas no eran bastantes a terminar las fiestas, y cada uno de ellos era recibido con aclamaciones y vivas a la independencia. Alguna vez fue tan nutrido el fuego de los sitiadores y estuvo en tanto peligro la vida de Morelos, que sus soldados lo obligaron casi por la fuerza a guarecerse detrás de las trincheras del reducto.”

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