Federico Vite
Un guiño a Los Simpsons
¿Será que los mexicanos escriben de frac, despreocupados por hacer que los lectores conozcan el sentido del humor? ¿El lado gracioso del humano dónde anda en el continente literario nacional? ¿Se considera poco erudita la risa en la narrativa mexicana? Recuerdo que en algunas de las charlas que sostuve con Daniel Sada, el autor de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe enfatizaba la necesidad de crear humor en la literatura mexicana. No se refería el chiste, sino a la importancia de generar durante todo el cuerpo del relato mecanismos que vayan fortaleciendo la sonrisa en el lector hasta generar la carcajada.
Decía el novelista que la mayoría de los escritores mexicanos se interesan por agrupar chistes, no por darle un seguimiento a los planteamientos humorísticos que desembocan en la esencia de la trama y el personaje. Las palabras, que aquella noche de 2008 regaló en una cafetería poblana, son las siguientes: “El humor es casi igual que el horror. El humor debe tener un desarrollo dramático, igual que el horror. En el humor viene el chiste, ¿pero qué hay después del chiste, después de la risa, qué hay después de eso? Ahí empieza el drama realmente, se ponen en marcha los hechos, no se suspende la narración. Pasa exactamente lo mismo con el horror”.
¿Pero cuáles eran las claves para que las novelas de Sada tuvieran esa dosis necesaria de humorismo? Le pregunté a Daniel si conocía a Los Simpsons. Sonrió. Tácitamente afirmó. Últimamente mucha gente hace mención a ellos, agregó. “Es que ellos tienen muy claras cuestiones relacionadas con la teoría literaria; lo primero y esencial es tener personajes. Los Simpson los tienen. Virginia Woolf decía que si uno sabe construir buenos personajes ya no importa lo que les pase, los personajes en sí mismos son fuertes. Yo me preocupo porque haya mucho refuerzo con los personajes, si no hay buenos personajes, yo me siento como un callejón sin salida. No supedito todo a la trama, a la historia, a lo que pasa. Primero tiene que haber dos o tres personajes muy sólidos, todos los personajes tienen que estar muy bien dibujados, eso me da la posibilidad de trabajar sobre el lenguaje y, claro, eso pasa con Los Simpsons”, dijo.
Con la respuesta anterior entendí por qué algunas universidades inglesas y estadunidenses incluyen algunos capítulos de la serie creada por Matt Groening en los planes de estudio narratológico.
También me acordé de otro narrador humorista del panorama literario de este país, Jorge Ibargüengoitia, quien hace treinta años murió trágicamente en un accidente aéreo, cerca del aeropuerto de Barajas, Madrid. A este hombre lo considero un narrador poderoso y bastante ameno. Basta pa-sear la mirada por Estas ruinas que ves o Los pasos de López para notar que Ibargüengoitia reconstruía las pasiones humanas desde una mirada singular, llena de ternura e incluso compasión por los personajes, los hacía moverse sobre el territorio inseguro del error, donde comienza a desmoronarse la frágil esperanza del éxito, ya sea carnal o beligerante (sobre todo en las dos novelas del guanajuatense a las que hice mención).
Muchos críticos literarios han comentado que la obra del también dramaturgo y articulista rebosa en humor, sarcasmo e ironía. El buen Jorge se burlaba de la clase política, de los usos y costumbres nacionales, pero sin duda alguna hizo un buen trabajo en recrear con mala leche la historia de México.
Para el escritor Guillermo Sheridan, quien compiló cuatro libros con los artículos que Ibargüengoitia publicó en el diario Excélsior, Jorge privilegia la sedimentación de la historia como farsa en la imaginación convencional. “Con una condición de catecismo civil analizaba narrativamente, mediante la parodia, el sinsentido común de los héroes nacionales. Se afana en encontrar la sinrazón de la débil cultura política y moral de México”, señala.
Me queda claro que Ibargüengoitia hubiera sido fanático de Los Simpsons. Sobre todo al hacer hincapié en una frase lapidaria de Carl Carson, comparsa de Lenny, con quien bebe una cerveza en el bar de Mou y enuncia: “¿Has notado, Lenny, que hay un deporte nacional que consiste en humillar a quien nos ha hecho felices?”. El escucha acompaña la respuesta con un trago de Duff: “Claro, yo lo practico frecuentemente”. Pensaba en Sada, en Ibargüengoitia y concluyo que el humor es una parcela poco tratada por los narradores mexicanos.




