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Eduardo Pérez Haro

Iconografía estadística del terror

Para el Dr. Martín Romero Maya.

 

El jueves pasado el INEGI dio a conocer el estudio denominado “Clases Medias en México”. Apotegma del desarrollo. Verdad estadística. Sofisma institucional del crecimiento.

“Un país de clases medias” se ha llegado a expresar como prototipo de una nación que ha superado la pobreza y por tanto supone ha cumplido con el anhelo de la población, con el paralelismo de los países avanzados y así con la filosofía de la equidad del desarrollo.

No obstante, el estudio en cuestión deja a medias su propósito de mostrar avances que prefiguren el paso firme a la condición de un México resuelto en sus necesidades fundamentales. Los mismos datos del estudio revelan una desigualdad profunda, una centralización exagerada. De un total de 114.6 millones de personas 44 millones viven dentro de la clase media, 68.7 millones viven en la clase baja y sólo 1.9 millones de personas pertenecen a la clase alta.

El intento de demostrar que al crecer la clase media se puede leer como signo de progreso no parece absurdo, pero sí es a todas luces un acto desesperado al no contar con indicadores sustantivos que demuestren ese progreso de manera más fehaciente. Poco científico el esfuerzo del instituto responsable de la información estadística de la geografía, la población, la producción y el comercio nacionales. Digamos al menos, que poco serio.

Lo que está diciendo el estudio es que sólo algo más de la mitad de los que tienen trabajo formal son de clase media, lo cual no debería de presumirse pues eso también quiere decir que el 45% de las personas que tienen trabajo formal lo hacen con salarios tan bajos que no alcanzan a ingresar a las filas de la clase media, a lo cual se agrega que el 60% del total de la población ocupada, misma que se encuentra en la informalidad y por supuesto los que no tienen trabajo, todos pertenecen a la clase baja una cuestión que ya nos había revelado el mismo instituto hace seis meses (ver Pérez Haro, México: A Backward or A Development Nation? Voices of Mexico Issue 95 Winter 2012-2013).

Para decirlo en el lenguaje del INEGI, México tiene una población ocupada de 48.7 millones de personas de las cuales están en la informalidad 29.3 millones y en el trabajo formal 19.5 millones de las cuales sólo 11 millones pertenecen a la clase media. En resumen, pocos tienen trabajo formal y los que lo tienen, lo tienen mal pagado. Datos que no revelan progreso y no son para presumirse. Lo que debe de hacerse en lugar de estudios retorcidos para demostrar lo indemostrable es tomarse en serio los datos y sin exagerar atacar los problemas desde su dimensión real. Dejar de construir realidades a base de iconografías estadísticas o discursivas.

Como demostraría el maestro Miguel Ángel Rivera Ríos, México es un país atrapado en el atraso y lo que requiere en primer tiempo es colocarse en la condición de un país en vías de desarrollo lo cual le exige determinaciones que aún no están a la vista. Lo que se ve no alcanza, hay medidas de aparente profundidad como las reformas estructurales que en realidad se quedan en el ajuste parcial y a conveniencia de la continuidad o el simple mejoramiento de las estructuras productivas, empresariales y poblacionales tal y como vienen de las últimas tres décadas.

No hay transformaciones y no las hay porque no se inducen. Se hacen adherencias de fe al libre comercio sin mostrar una reflexión que dé cuenta del medio siglo que lleva en la escena mundial reconociendo sus aportes a la construcción del mundo globalizado, pero también su inflexión que da lugar a la crisis de 2008 y su declive que se precipita a la recesión en este último tiempo. Se llama a la productividad y a su democratización pero no aparecen los medios, no hay instrumentos ni vías, no existen acuerdos materiales entre el capital y el trabajo, entre los dueños de la tierra y los incentivos provenientes del subsidio a la producción, no hay cambio en el patrón de producción ni de productividad, ni de la ciudad ni del campo, no se muestra una lectura fresca de las condiciones de competencia, de la demanda, etc. No hay directriz para el cambio tecnológico, no hay proyecto de ciencia y tecnología, no lo hay para la educación acorde a las necesidades de un cambio definido.

Hay que decirlo claramente, el Estado eficaz no surge de la disminución del Estado que se propone desde el neoliberalismo. Y la intervención del Estado no puede repetirse a la manera del esquema keynesiano cuyo agotamiento abrió el paso al neoliberalismo. Es necesario hacerlo bajo una concepción que recoja los elementos nucleares de los principales cuerpos teóricos que reconocen el papel definitorio de la producción y no del mercado per se, y reunirlos con las modernas aportaciones que descansan en la revelación de los factores de cambio, nuevos componentes del desarrollo como el papel de la ciencia y la tecnología, la educación y la información, la infraestructura y la comunicación, debidamente acoplados en formas flexibles de organización del trabajo y la producción, una lección ya expuesta en la experiencia de los países que viniendo de atrás despuntaron y hoy por hoy están en la escena de la producción y el comercio de nuevos productos en gran escala; así lo hicieron los tigres asiáticos que no fueron ortodoxos del neoliberalismo ni del keynesianismo y confiaron en el aprendizaje, la innovación tecnológica, el trabajo y sus nuevas formas de organización. Los países emergentes (BRICS, por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) donde el Estado juega un papel de la mayor importancia lo procesan en las nuevas condiciones y ahí están.

¿De dónde viene nuestra parálisis paradigmática? Sin duda tiene su punto de apoyo en la permeabilidad de los principales grupos de poder económico sobre las determinaciones del Estado, pero también hay que decir que la permeabilidad de la que es objeto el aparato de Estado proviene de su constitución forzada por los mecanismos verticales y alianzas difíciles para dominar los procesos electorales, de la subcultura en la que vive la población nacional conformada por las clases bajas y medias, sometidas al consumo indiscriminado de información de entretenimiento basada en estereotipos aspiracionales y de sumisión, y la debilidad formativa de los cuadros de gobierno acosados y convencidos por el pragmatismo.

Empero, una sociedad inconforme y una determinación de cambio pueden abrir una rendija donde se aglutine un torrente de transformación. Las sociedades de base por ahora no lo alcanzan a generar ni el gobierno por sí solo. Pero resulta una fantasía de terror presumir que el 1.7% de la población, que pertenece a la clase alta, domina sin mayor perspectiva el destino del 98.3% de las clases baja y media.

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