Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Botica 15

Acapulco se lo pierde

–  ¡Ni modo, Acapulco se lo      pierde, allá ellos! ¡Al rechazar la instalación de casinos de juego, Acapulco está rechazando la posibilidad de convertirse en el sitio de mayor esplendor del orbe! ¡El Montecarlo de América!

La sentencia lapidaria, como todas las suyas, pertenece al famoso mafioso italiano Lucky Luciano, casi dueño de la ciudad de Chicago. La pronuncia cuando el boss Meyer Lansky le informa, a mediados de los años 50, que es definitiva la negativa gubernamental para su proyecto dorado de instalar casinos en Acapulco. Entonces, el mafioso cuyos crímenes son perdonados por el Tío Sam por su apoyo a la invasión aliada de Italia, volverá los ojos a Cuba. Allá, el dictador Fulgencio Batista le abrirá las puertas de par en par e incluso le entregará las llaves.

A propósito, el coronel Fulgen-cio Batista, entonces cruel represor de los movimientos políticos de Cuba, es invitado a visitar México en 1940 por el presidente Lázaro Cárdenas. El anfitrión cumplirá los deseos del cubano de conocer Acapulco –“¡quiero ver con mis propios ojos si como dicen es la octava maravilla del mundo, coño!”–, y aquí vacacionará durante dos días. Su comentario final será intrascendente, complaciente, versando sobre la diferencia de colores entre las aguas del Pacífico y el Atlántico.

Especulando en el tiempo y el espacio: ¿no se llevó Batista en aquel entonces la promesa cardenista de no permitir jamás los juegos de azar en Acapulco, favoreciendo con ello a Cuba? El cubano asume por primera vez la presidencia de su país en octubre de 1940, el michoacano deja la de México en noviembre de ese mismo año.

 

Hilda Krüger, espía

 

El dominio pleno del español y el inglés eran requisitos indispensables para ingresar al espionaje alemán en América Latina, particularmente en México. Hilda Krüger, además de cumplir sobradamente tal exigencia, era una actriz de cine de belleza deslumbrante. Y por si ello no bastara, la dama nacida en Colonia gozaba de los favores del doctor Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, con dominio pleno y absoluto en la industria cinematográfica de Alemania. Ninguno de ellos contará con la astucia de la señora Goebbels. Enterada del affaire hará lo que haría cualquier esposa del mundo y muy especialmente si es mexicana. Pondrá al marido frente a esta disyuntiva: “¡O echas de Alemania a esa perra o te acuso con main Führer”!

La actriz germana Hilda Krüger llega a México el 9 de febrero de 1941, luego de estadías breves en Inglaterra y Estados Unidos. Aquí cumplirá con un dicho muy mexicano: “llegando llegando y juntando lumbre”. Indaga en los medios políticos quiénes son los funcionarios más influyentes y arrechos del gobierno del general Manuel Ávila Camacho (él, casi un beato incapaz de mirar otras piernas que no fueran las de doña Chole, su mujer ) y entra desde luego en acción. Al respecto, el libro La Cosa Nostra en México, de Juan Alberto Cedillo, revela:

“A menos de dos meses de haber llegado al país, Hilda ya registraba entre sus amantes al secretario de Gobernación, Miguel Alemán Valdés, y al subsecretario de Hacienda, Ramón Beteta. La bella Hilda, según el servicio de inteligencia estadunidense, viajaba a la ciudad de Toluca con el sonriente ministro del Interior y con el adusto financiero al puerto de Acapulco”. Cuando la señorita Krüger se inscribe en la UNAM para adentrarse en el conocimiento de la historia y la cultura del país, Beteta enviará por ella en un automóvil tan largo que los universitarios lo llamaran el “kilométrico”.

(La residencia acapulqueña de Beteta, luego ministro de Hacienda, se localizaba en Caleta-Boca Chica. Un palacete marmóreo rodeado de casas de palapa. Allí operará años más tarde un “brinco” con ruleta, mesas para toda clase de juegos de azar y mucho licor. Una noche cualquiera es allanado por los celosos guardianes de la ley. Atrapan en sus redes dos que tres “peces gordos” y toda una ensarta de charales y sardinas. Los primeros preservarán libertad e identidad haciendo de cuenta que sus pequeñas o grandes fortunas habían quedado en el 13 Negro. Los segundos serán exhibidos como si fueran socios del propio Al Capone).

 

¡Viva Guerrero!

 

Volvamos con la señorita Kruger para gritar un ¡Viva Guerrero!, merecido al conocerse que la hermosa germana nunca le hizo fuchi a los galanes guerrerenses, sino todo lo contrario. Así lo narra el autor que tenemos en el paredón, sin posibilidad de clemencia.

“Según los agentes estadunidenses que espiaban a la espía, informaron al Departamento de Estado que Hilda Krüger también se relacionaba con Ezequiel Padilla Peñaloza (Coyuca de Catalán), y con el general Juan Andrew Almazán (de Olinalá, de donde son las cajitas laqueadas), aspirantes fallidos ambos a la mano de ‘Doña Leonor’, como se llamaba entonces a la presidencia de la República”. El primero perdió ante Miguel Alemán y el segundo ante Adolfo Ruiz Cortines.

Por cierto y a propósito del tema inicial, el primer casino formal para Acapulco fue concebido por el general Juan Andreu Almazán, integrado al proyecto original de su hotel El Papagayo. Se levantaría en todo lo alto del cerro del Herrador (hoy Palacio Municipal) y se llegaría a él a través rampas y de una escalinata monumental). “Mi general lo pide como el casino más chingón de América”, comentaba el arquitecto autor del proyecto.

Será ésta una derrota más para el paisanito bautizado como La Gallina de Chipinque. Ello a raíz de su “rajadura” para encabezar la rebelión armada, concebida por él mismo, para revertir los resultados electorales calificados fraudulentos por todo México. Las armas las pondría el siempre generoso Tío Sam –but of course–, a quien Almazán había ofrecido, una vez montado en la silla de Doña Leonor, regresarle el petróleo expropiado por el Trompudo.

Se hace necesario aquí un brevísimo apunte sobre la personalidad del paisano Ezequiel Padilla. Ocupó las secretarías de Educación Pública y de Relaciones Exteriores. Fue el fiscal que llevó al paredón a José de León Toral, homicida del general Álvaro Obregón. Como diplomático representó a México en diversos foros internacionales y entre ellos el de San Francisco que dio origen a la ONU. Fue diputado federal y senador por Guerrero. A pesar de que Salvador Novo lo zahería sin piedad por su abyecto e impúdico proyanquismo, lo llegó a catalogar como el mejor orador de México. “¡Qué orador”! –reconocía el escritor y cronista. Su oratoria es de una elegancia afrancesada y un barroquismo helénico. Escucharlo constituye una experiencia gozosa”.

 

Hilda, a la carga

 

El Departamento de Estado norteamericano pide a México la detención de Hilda Krüger, por ser espía del Tercer Reich, así como su inmediata remisión a Washington. La mujer es detenida, en efecto, pero solo momentáneamente porque sus poderosos novios la pondrán en libertad. Estos mismos frustrarán su expulsión del país casándola con el play boy mexicano Nachito de la Torre, cuyas fiestas en su hacienda morelense reunian a la élite política y el jet set nacional. Nachito era nieto de don Porfirio Díaz, hijo del hacendado Nachito de la Torre y Amanda Díaz, la hija consentida del dictador.

 

El 41

 

Este último Nachito será, sin pretenderlo, quien identifique históricamente con un número a los homosexuales. La gendarmería porfiriana allana una casa donde se celebra con gran escándalo una fiesta de “mariquitas”, todos vestidos con ropa femenina. Son entregados a la comisaria cuarentaiún escandalosos pero únicamente cuarenta son exhibidos a la prensa, barriendo las calles de la ciudad. No faltará quien alerte sobre la falta de uno de aquellos detenidos y entonces los periodistas preguntarán por él. Llegará un momento en que toda la capital se pregunte ¿quién es el 41?, ¿por qué no lo castigan como a los otros? Muy pronto, sin embargo, se identificará como el ausente “41” al yerno de don Porfirio, Nachito de la Torre, pero nadie lo dirá en voz alta.

 

Un precedente

 

Acapulco será escenario de un caso sentimental como el vivido por Hilda Krüger y que marcará un precedente histórico. Lo estelariza una mujer no menos hermosa que Hilda llamada Leonora Amar, brasileña, 25 años, 1.69 metros, cuerpo escultural y deslumbrantes ojos verdes. Había llegado a México en 1945 contratada por el cabaret Ciro’s del hotel Reforma de la ciudad de México, con filial en Acapulco. Cantando aquí la conoce el licenciado Miguel Alemán Valdés, en plena campaña presidencial. Será éste, como todos los del verriondo veracruzano, un amor a primera vista.

La garota se crece al castigo y empieza a exigir trato especial en su trabajo y deferencias públicas presumiendo ser “la amante del próximo presidente de la República”. Cuando el dicho de la brasileña se convierta en comidilla del día en círculos sociales y políticos de México –elogiando la mayoría los gustos del futuro mandatario–, el primer circulo alemanista, justamente alarmado, entrará en acción. “Hay que sacar del país a esa pinche vieja o nos traerá serios problemas con los curas, la gente decente y la oposición”, propone alguien y obtiene consenso. Sí, pero cómo, ¿y si se enoja el jefe?

Fallidas las intentonas de devolver a la mujer a su país o enviarla a Estados Unidos, el empavorecido grupo decidirá casar a Leonora Amar (como antes habían casado a Hilda). Se ignoran aunque se intuyen los argumentos usados por aquellos hombres para convencer a la dama. El caso es que un día estará ante el juez del Registro Civil firmando el acta de matrimonio civil con un empresario de la industria cinematográfica. Terminado su mandato, en 1952, Alemán emprende un viaje de descanso a Europa, acompañado por varios amigos. La revista Time dará cuenta de ese periplo y mencionará entre los acompañantes del ex presidente a una señorita llamada ¡Leonora Amar! ¡Ay, amor!

 

¿Dónde está Hilda?

 

Casada todavía con Nachito de la Torre, olvidado ya su pasado al servicio del Tercer Reich, Hilda Krüger vive en Cuernavaca y viaja mucho. Será en uno de esos viajes cuando conozca a Julio Lobo Olavarría, un empresario venezolano conocido como el “Rey del Azúcar”, cuyo corporativo valía unos 30 mil millones de dólares. Habrá flechazo, desde luego.

Sera un amor a primera vista, ajeno a apetitos materiales. Así fue antes el flechazo entre Hilda y el mismísimo Jean Paul Getty, entonces el hombre más rico de Estados Unidos. Se conocieron en Acapulco cuando aquél vino a tomar posesión de los terrenos regalados para construir un hotelito. Un tercer affaire lo vivirá la señora Krüger con su paisano Gen Von Gontard, heredero de la cervecera Budweiser. Ella siempre prefirió Coronita.

Como además de millonario, Julio Lobo era un hombre interesado por la historia y la cultura –es única su colección de documentos y objetos relacionados con Napoleón Bonaparte–, Hilda se despide en buenos términos con Nachito de la Torre y se va con Lobo a España. Cuando éste muera, ella radicará en Nueva York en un departamento de Manhattan. Falso de toda falsedad que arquitectos e ingenieros mexicanos hayan copiado el depa de Hilda para diseñar los del Infonavit y Fovissste. ¡Ay, Hilda!

 

 

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