José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Plagio sobre plagio
Uno de estos días van a entregar el Premio de Escritores para Escritores Xavier Villaurrutia, y uno de los dos autores originalmente señalados por el jurado no acudirá a recibirlo, pues le cayó el chahuistle y tuvo que renunciar a él. De pronto le llovieron acusaciones de plagio a Sealtiel Alatriste y su nombre y fotografía aparecieron en diarios y revistas proporcionándole la fama que no le dieron sus novelas –la primera, Por vivir en quinto patio, simpática, muy legible; la segunda empieza y termina en la anécdota del fulano que vio desnuda a María Félix…–. Denunciado –esta vez– por Guillermo Sheridan y Gabriel Zaíd, en el sentido de que algunas de sus publicaciones son copia vil de escritos de otros, entre ellos Oscar Wilde y la Wikipedia, Alatriste sostuvo que nunca ha plagiado nada, pero reconoció “las acciones ‘indebidas’ en las que incurrió, al no citar fuentes ni entrecomillar comentarios” de otros. O sea: plagié, pero poquito.
Y es que la ley –alegó– “no llama plagio a lo que hice”. Y citó la Ley de Derechos de Autor: “plagio es tomar una obra de alguien y poner tu firma”. La ley “dice que copiar sin entrecomillar y sin citar la fuente es sólo un error”. O séase, “plagié pero no se llama plagio, sólo me equivoqué”.
Sealtiel negó ser una rata literaria cualquiera hasta que pudo, pero al final tuvo que renunciar tanto a su cargo de titular en la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México como al Premio Villaurrutia.
Antes de que Sheridan y Zaid lo llamaran “rata” y “mediocre”, Alatriste fue denunciado por los escritores mexicanos Víctor Celorio y Teófilo Huerta Moreno, por “ratero” y mediador del plagio de sus respectivas obras. En el primer caso se involucra a Carlos Fuentes, en el segundo a José Saramago. En ambos, a la editorial Alfaguara. En 1995, “Víctor Celorio acusó a Carlos Fuentes de haber plagiado su novela El unicornio azul, e implicó a Sealtiel Alatriste, pues envió la obra a un concurso de Alfaguara (ligada a Alatriste) y parte de ella la encontró en Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes, en la que localizó 110 coincidencias textuales que incluyen textos, frases, renglones” y “nombres cambiados”.
En 2009, Teófilo Huerta Moreno afirmó que con el cuento ¡Últimas noticias! ganó un concurso y que el premio correspondiente se lo entregó Sealtiel Alatriste, entonces director de Alfaguara México, mismo que –acusó– entregó su cuento a José Saramago, quien se basó en él para escribir Las intermitencias de la muerte.
Saramago lo negó, justificó los “excesivos” parecidos de ambas obras alegando que “si dos autores tratan el tema de la ausencia de la muerte resulta inevitable que las situaciones se repitan en el relato y que las fórmulas en que las mismas se expresen tengan alguna semejanza”.
Para Alatriste, la acusación era “sólo un infundio”. Aseguró que no conoció a ese tal Teófilo… ¿Huerta? –como preguntó–, pero al rato el tal Teófilo Huerta hizo pública la foto en que Alatriste le acaba de entregar el mencionado premio. En internet hay un portal donde se pueden leer y comparar las numerosas y descaradas “coincidencias” argumentales y textuales que hay entre la novela de Saramago y el texto de Huerta Moreno.
Semejante fue la respuesta de Héctor Aguilar Camín cuando le preguntaron si era verdad que para escribir La tragedia de Colosio se había robado todo lo que pudo de Los días contados, del periodista Pedro Ochoa. Para variar, éste había llevado su libro a Alfaguara, dirigida por Alatriste, que le había dicho que el tema no funcionaba, que por el momento los lectores estaban atentos a las elecciones por venir. Al poco apareció el libro de Aguilar Camín, tan demasiado parecido al suyo. Preguntado Aguilar Camín sobre la acusación que hacía Pedro Ochoa, respondió: “Pedro… ¿qué?”.
Otro escándalo plagiario fue el que dio a conocer Malú Huacuja, quien acusó a Carmen Boullosa de haberle robado el argumento de su novela Un dios para Cordelia para escribir la suya, Cielos de la tierra. Aquí también apareció la mano intermediaria de Alatriste.
Y bueno, ya que Alatriste actúo como agente de temas de novelistas afamados, ¿les cobraría cuota? Es más: un día, el novelista español Arturo Pérez-Reverte le dijo a Sealtiel que le gustaba su apellido, que le gustaría que uno de sus personajes se llamara o apellidara Alatriste, justamente ahí nació El capitán Alatriste. Hablamos de Pérez-Reverte, otro plagiario. Como todos los que son acusados de este delito, las respuestas de Pérez-Reverte eran airadas, indignadas, groseras. Ganó algunos juicios, ante jurados neófitos, comprados o ciegos, pero –si mis ojos no me engañan, si internet no miente– en mayo de 2010 la Audiencia Provincial de Madrid lo condenó a pagar 80 mil euros al cineasta Antonio González Vigil por plagiar el guión de su película Corazones púrpura para el guión de la película Gitana.
La Audiencia dictaminó que en ambas películas (guiones) los protagonistas salen de la cárcel tras cumplir una condena de dos años por drogas y ambos mantienen una relación sexual con una prostituta. En las dos obras aparecen “dos policías corruptos cocainómanos que persiguen al protagonista tratando de incriminarle sin motivo” y, también, que el protagonista se enamora de “una gitanilla, familia de un antiguo amor y que se dedica al mundo del espectáculo”. Además, “en sendos guiones aparece como figura preponderante en el desenlace el patriarca del clan gitano”, y “en ambos textos un personaje pronuncia la frase del Evangelio: ‘Mi reino no es de este mundo’”. Entre las dos novelas existen al menos 77 coincidencias. Más contundente ni el agua. Pero, más, la Audiencia descartó “que las similitudes sean derivadas de clichés del género” e insiste en que “hay significativos indicios de que ha existido cierta transmisión conceptual, argumental, estructural, relacional y de atmósfera de una obra respecto a la otra”. O ni dónde esconder la colota.
En 2009, el poeta Javier Sicilia negó que con Tríptico del desierto, libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, haya plagiado o se haya ‘apropiado’ de poemas de Celan, Dante, Eliot o Rilke, como señaló en un escrito Evodio Escalante.
En un artículo, René Avilés Fabila recuerda que el plagio no es nada nuevo, ni en el mundo ni en México. Los primeros ejemplos los dedica nada menos que a Alfonso Reyes, Octavio Paz y Carlos Fuentes. A éste, Jesús Arellano lo acusó (exagerada, ridículamente) de copiar –en La región más transparente– Mahattan Transfer de John Dos Passos y con Aura Los papeles de Aspern, de Henry James, acusación ésta última que luego documentó biliosamente Enrique Krauze en Vuelta.
Lo publicó Vicente Leñero bajo el título: “Un plagio inocente de Alfonso Reyes”, y luego de que se comprobara que un artículo que Reyes firmó en Revista de Revistas era casi idéntico al publicado por George Kent en The Saturday Review, Jorge Murguía, Ramón Rubín, el permanentemente risueño e iconoclasta Jesús Arellano y muchos otros escritores que don Foncho mantenía lejos de su círculo, gritaron: ¡Plagio!, plagio!…
Rubén Salazar Mallén acusó a Octavio Paz de copiar lo que había escrito sobre “el ser mexicano” y Sor Juana Inés de la Cruz. Hasta la vez, para muchos, Paz escribió con la mano derecha El laberinto de la soledad mientras con la izquierda sostenía El perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos. De seguro que Paz aplicó a Ramos la misma soberbia y desdeñosa respuesta que, según Avilés Fabila, tuvo para Salazar Mallén: “Los lobos se alimentan de corderos”.
Como la lista es de nunca acabar, nos vamos rápido y tratando de plagiar de internet lo menos que se pueda. “Más de un crítico vio en Memorias de mis putas tristes una copia servil de La casa de las vírgenes dormidas de Yasunari Kawabata”. Antes, García Márquez fue acusado (por el premio nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias) de plagiar, en Cien años de soledad, ahí donde Aureliano Buendía descubre la piedra filosofal por casualidad, un pasaje de La búsqueda de lo absoluto, de Honorato de Balzac.
Un caso sonoro fue el que protagonizó el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, quien se aficionó a ganar una lana extra por los artículos que firmaba en diarios de Perú. Alguien descubrió que el brillante autor de Un mundo para Julius había publicado un artículo que, viéndolo bien, parecía una copia del que él o un amigo había publicado en España, y primero fue el economista Hebert Morote, luego el diplomático Oswaldo de Rivero: el laureado escritor había plagiado sus artículos periodísticos. En 2007 las acusaciones de plagio sumaban 27, “casi todos plagios textuales y 15 copias pertenecen a académicos españoles colaboradores en la revista española Jano”.
Desprestigio aparte, a Bryce Echenique le fue bien, ya que en el 2009 le perdonaron varios plagios y sólo le hicieron válidos 16 robos a15 escritores diferentes, y con el pago de 57 mil 258 dólares se evitó la molestia de conocer la cárcel.
Por cierto, espero que lo que hasta aquí llevamos, casi puro dato que saqué de internet, no sea motivo de demanda por plagio. Me robé de a poquitos, dijera Alatriste. Deben estar en la red, pero no quise buscar, los casos de Mario Vargas Llosa, inolvidables aunque no tenga a mano de la memoria datos precisos. Un cineasta brasileño le entregó a Mario Vargas Llosa un guión a medio cocer de una película. El guión estaba basado en Los sertones, de Da Cunna. Vargas Llosa nunca entregó el guión que supuestamente sólo debía mejorar, y a los años publicó La historia del fin del mundo.
Tiempo después, Vargas Llosa fue nuevamente acusado de copión descarado. Un escritor dijo que con su novela “sobre El Chivo” Vargas Llosa le había plagiado la novela que escribió sobre el dictador de República Dominicana Leónidas Trujillo, así apodado. Vargas lo negó, pero el otro respondió que tanto lo había plagiado que hasta sus errores copió. Y dio pruebas fehacientes e irrefutables de eso.
En Guerrero hay una delegación de la Dirección General de Derechos de Autor, y habría que preguntar ahí, pero mientras tanto el panorama semeja una tranquila tarde de marzo. Hace unos dos años, Isabel Valdeolívar acusó a Gabriel Brito de haberse apropiado de un argumento que le llevó para ser representado por el grupo teatral que él dirige en Acapulco. La obra terminó llamándose Guerra entre vírgenes o algo así y la firma Brito y nadie más.
Hace poco, en El Sur apareció una nota en que se acusa a Elvia Sánchez Caro de haberse copiado un texto editado en 1999 por el gobierno del estado (número 10 de la colección Temas Guerrerenses) para la edición del cuadernillo titulado Chilapa, que reparte a modo de propaganda política, pues aspira a la presidencia municipal de la católica ciudad.
Al otro día, Juan Sánchez Andraca, padre de Elvia, aclaró que no hubo plagio, pues “la precandidata solamente reeditó dicha publicación con mi autorización, pues soy el autor del texto, la edición del gobierno fue una edición coordinada con mi sello editorial, por lo que el libro está a la venta en cualquier librería de Chilpancingo. Los derechos de autor me permiten autorizar cualquier edición, independientemente de los fines. Es cierto que este texto fue tomado del periódico cartel Así Somos, del cual también soy autor”.
Esto, aun cuando en Así Somos trabaja un buen número de investigadores y a pesar de que se anuncia como Órgano de Información Cultural del Centro de Investigación y Cultura de la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno del Estado, últimamente, creo, dependiente de la Secretaría de Educación de Guerrero, órgano de cualquier modo institucional.
En su inmediata respuesta, el autor de la nota, Luis Daniel Nava, reprochó que la precandidata priísta no mencione la edición en que basó la suya, a pesar de que se llaman igual (Chilapa) y de que participan del mismo texto y formato. Según el reportero, Elvia “no se tomó la molestia” de mencionar que presentó una versión “corregida, ampliada ni mucho menos mutilada y con fotos tramposamente cambiadas para considerarla propia”.
Curiosamente, hace unos años Elvia Sánchez Caro interpuso una demanda ante la ley para que fuera detenida la circulación de una novela de Edilberto Nava García, cuyo título ignoramos. Llámese como se llame, el caso es que la editorial Costa-Amic, a cargo del hijo de Bartolomeu, decidió cambiarle nombre a la novela de Nava García, y le puso: Otro mexicano más, que remite de boleto a Un mexicano más, la primera novela de Juan Sánchez Andraca. Éste cedió los derechos de su novela a su hija Elvia, quien interpuso la queja correspondiente, con la que hasta la vez tiene prohibido que los lectores disfrutemos la primera novela de Nava García, autor de Sangre Legítima y La desvelada muerte (PV, El Sur, 28-sep-2011). No cabe duda que ponerle así a la novela de Edilberto fue una canallada editorial de mal gusto. Él mismo repudió que le cambiaran el título. Ahora que Elvia ofrece su juventud y su experiencia empresarial a los electores chilapeños, debía de pensar que si el título de la novela de Edilberto se parecía tanto a la de su papá, aunque Juan no lo necesite, ésta iba a ser más buscada y a vender más, y sobre todo que se muestre buena onda y deje que Edilberto publique en otro lado su novela, desde luego con su título original, y de seguro le va a ir mejor en elecciones.




