Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Penúltimos personajes populares de Chilpancingo

Chayito, cantor de lotería

 

–¡Eelqueleeé… cantó a San Pedro! ¡El Gaallo! –y los jugadores poníamos un maíz tembloroso en la figura del bíblico gallo.

–…¡Laa cobiija de los poobres! –y dejábamos el grano sobre El Sol.

Así cantaba la lotería Chayito. Como inventando al momento la particularidad chusca de cada figura, como oficiando misa, pero (con El Borracho, El Apache, El Diablo) pagana, popular, en un corredor del jardín, justo enfrente de la parroquia, en la Feria que fue de San Mateo. Lo escuché cantar la lotería toda mi infancia, y cuando años después tuve oportunidad de saludarlo ya rebasaba los setenta años y seguía retando la ley de la gravedad: Chayo, Chayito, caminaba como escuadra, sin ayuda de bastón, a unos cincuenta metros por hora, la mirada oblicua sobre la corta perspectiva de la banqueta, sobre la calle que tardaba tanto en cruzar que interrumpía el tránsito de vehículos.

–De muchacho me puse a arreglar unas tejas y se rompió la escalera; ahí me desgracié –me explicó Chayo cierta tarde en el billar de don Ángel, adonde iba a matar las horas viendo las carambolas y bebiendo las Monterrey que le invitaban los cuates.

–¿Y la lotería, Chayo? –le pregunté-. ¿Dónde aprendiste a cantar lo de Ay mundo cómo me dueles y Don Ferruco en la alameda y todas esas cantadas que te echas?

–¡Ya no le cuentes, Chayito! Te va a sacar en el periódico –le advirtió El Acelere entizando su taco.

Chayo sonrió borrosamente. Sobre sus arrugas naturales se formaban unos pliegues más finos.

–Eran recitadas bonitas –le dije-. ¡Aay jaaras…! ¿Cómo va eso, Chayo?

–No, pos así. ¡Aay jaaaras…! –intentó Chayo, un relámpago escabroso en su garganta, un alud de piedras en el oído memorioso de Balo (que ya llevaba más de treinta carambolas seguidas), El Acelere, Lalo y Carlos.

–Y por qué ya no cantas las cartas en la feria de diciembre. ¿Ya no te invitan?

–…Se murió el dueño de la lotería –responde Chayo, indiferente, lento, en lo que de su decolorada camisa de mezclilla saca una cajetilla de Delicados–. Secundino, el papá de Román.

–Qué Román –digo.

–Uno que viene aquí. ¿No lo conoces?

–Quizá de vista. No creo.

Tomo un cigarrillo de la cajetilla que me ofrece y busco al coime para pedirle otra Monterrey con la que seguramente Chayo se entretendrá una hora o más, lento como es.

Antes de despedirme le pregunté:

–Chayito, ¿es cierto que una vez te metieron al bote por cantar la lotería?

–Sí. Un síndico del Ayuntamiento. No le gustó el cantar.

–¿Qué cantar?

Chayo pasa el dorso de la mano por el pico de la cerveza, y se acuerda:

–¡El pleeito… de las mujeres!: ¡el paaájaro! No le gustó al señor y que me manda a la cárcel.

En la calle volvería a acordarme de Chayo, el hombre escuadra, el mirón más silencioso del billar, el cantor de lotería. El mejor de todos. De hecho, el único. De refilón, el eco de su voz me recordaba la subida a San Mateo adornada con boas de pino y tendidos de papel de china de colores en diciembres de luz y alegría, la cola para agarrar mesa en el puesto de nieve de Chinono y las vueltas al jardín, esas que, como las golondrinas de la devoción amorosa de Becquer, no volverán…

El puesto de la lotería, frente a la parroquia, siempre estaba lleno de jugadores. El juegazo vocal de Chayito funcionaba como gancho de oro. Lenta su voz, ronca, como angustiada, con su remate lírico. Una especie de chello carraspioso pero muy atractivo, acaso porque sonaba profundo y de a deveras. A columpiadas, en línea-como-salga o en cuatro esquinas, como si fuera el propio azar el que cantaba, iba desgranado diablos y damas, músicos trompas de hule y (¡un, dos, tres!) soldaditos al cuartel; macetas que no pasan del corredor, apaches con pantalones y con huaraches, negritos que se comieron el azúcar, catrines de tacuche y con bombín, el corazón de una ingrata, nomás para que verde de envidia uno mirara cómo la señora de al lado ponía en su carta otro maicito, gritaba ¡Lotería! y se llevaba su juego de vasos, su jarrita de vidrio estampado o su cubetota de plástico…

Este mundo es una bola… y nosotros un balón. Dijera Chayito.

Cuando salió en el periódico la plática a tirabuzón que habíamos tenido, volví con un ejemplar al billar, pero de Chayo ya nadie sabía nada. Tampoco se supo que un hombre escuadra estuviera deteniendo el tránsito en alguna esquina de la ciudad. “A lo mejor se cayó de otra escalera”, bromeaban los caramboleros.

En línea-como-salga, retecleo como si cada letra fuera un maicito que la memoria misma le fuera poniendo la geométrica figura del grandísimo cantor de lotería.

–¡Ay jaaaras! ¡Apúnteeenme… al corazón! –dijera él.

 

Chivete, nevero del sol

 

–¡Niieveee!… ¡De limón la nieve!

Imposible transcribir como uno quisiera, como uno la escuchó, la voz de barítono derrapante de Chivete, nevero de Chilpancingo. Era un trueno que, en días como éste, llamaba a alarma al sentido del gusto.

–¡Niiieveee, hay nieveee!…

Güero, cachetón, simpático. Rollizo, más bien chaparro, cruzaba la ciudad de norte a sur empujando su carro de madera, su carro de nieve, haciendo vibrar la lámina de aluminio de su voz en el vapor del mediodía.

–Ahí va Chivete! –se alborotaba uno en casa, y salíamos corriendo por nuestro barquillo de limón o de vainilla o deatiro a que Chivete nos llenara de nieve la olla de los frijoles, nomás por rayar en la gula.

Mi tía Jacinta se limpia el sudor de la frente y mientras busca su abanico, alega:

–Bueno, es que hace apenas unos años aquí habíamos gente que por ejemplo sabía quién era la mejor fondera del mercado, quién hacía en la ciudad el mejor fiambre y el mejor pozole. No englutíamos tanto hotdog maloliente en el jardín ni había comida china y torterías chafas. Enedina y doña Lola hacían las aguas de veras frescas y en su propio vaso, mientras nos obsequiaban con su plática sabrosa…

–¿Y la nieve, tía? Estábamos hablando de la nieve.

–Por eso. Entonces también sabíamos de nieve –responde mi tía, tajante–. ¿Te has fijado que la que venden ahora la metes al congelador todo el santo día y jamás endurece? ¡Es pura espuma! ¡Aire licuado! La verdá es que desde que Chivete murió el sol está más duro en Chilpancingo.

–Parece usté poeta!… –digo entusiasmado por la vibra de mi tía, que cada que puede detalla y magnifica el recuerdo de lo que nos fue familiar y se ha perdido.

A Chivete lo extrañan los vecinos como si extrañaran la casa en que vivieron y las calles donde anduvieron, como quien dice el alma familiar y popular que los reunía. Quizá por eso no quedaron contentos con la muerte del nevero y la rearmaron con un especial sesgo emotivo. El chisme dice que a Chivete lo curaron. Que en los últimos meses andaba bebiendo demasiado alcohol y lo curaron, y la maldita curación le hizo un daño irreversible. En otras palabras, que el fallecimiento del afamado nevero fue causado por el diabólico encuentro estomacal del ron con un bebedizo de yerbas con que según le prepararon un coctel. Se supone que, a partir de que probara el brebaje, Chivete aborrecería para siempre el vino, la cerveza, el Bacardí y todo tipo de alcohol, incluyendo el agua oxigenada y el mertiolate.

Chivete no sabía que lo estaban curando y persistió en el trago, sobrellevando la horrible cruda con pura nieve y uno que otro chisguete de Bacacho. Durante semanas resistió los crueles efectos del bebedizo sin hacerla de tos. Nada que de las esposas abstemias, líbranos señor!, ni una queja, ¡Nieve, hay nieveeee!…, salía a gritar en las calles, hasta que su valiente estómago o quizá su heroico hígado de a tiro ya no aguantó los efectos de las yerbas y el buen Chivete cayó entre retortijones y escalosfríos…

–…gracias a las buenas artes redentoras… –dijera mi tía Jacinta, que sigue la corriente a los barquilleros vengativos.

–Bueno –añade, en tono solemne–. Descanse en paz Chivete. Lo único cierto es que era un buen nevero. Al tú por tú con los Chinono, y más barato. Lo demás son chismejos. Ahora, hasta el sol lo extraña.

Chismes y nieve de espuma. Hasta el sol lo extraña. Qué cosas dices, tía.

La resolana hace reverberar los matorrales del patio e inútilmente el oído tiende sus redes hacia la calle donde Chivete no pasará jamás.

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