Tomás Tenorio Galindo
OTRO PAIS
* Florentino y el lodazal aguirrista
La mejor decisión de Florentino Cruz Ramírez como secretario de Gobierno fue su renuncia. Y no fueron motivos “estrictamente personales” los que lo indujeron a abandonar el cargo, como dijo el sábado el gobernador Ángel Aguirre, sino rigurosamente públicos y relacionados con el lodazal en el que está convertido el segundo gobierno de la alternancia en Guerrero.
A pesar de que ni Cruz Ramírez ni el gobierno han ventilado las motivaciones específicas del retiro, es evidente que la causa de mayor peso fue la reincorporación de Humberto Salgado a la función pública, como coordinador general del Ejecutivo, rol que lo sitúa por encima del secretario de Gobierno. Si se considera la opinión que el gobernador expresó de su amigo al darle posesión, a quien llamó “un gran hombre, una gran persona y un gran funcionario”, no importaría la jerarquía del cargo para concluir que se trata del segundo hombre a bordo. Legal y políticamente es el secretario de Gobierno el que tiene esa condición y la responsabilidad de coordinar al gobierno, pero las palabras de Aguirre reajustaron la estructura del poder y arrojaron a Florentino Cruz a la indigencia política. En los hechos fue despojado de sus funciones y era impensable pretender que asistiera sonriente a ese despojo. En consecuencia, su renuncia constituye un acto de dignidad.
Quizás en algún momento la vena política de Florentino Cruz y el deseo de ayudar le hicieron concebir la posibilidad de ser útil en el gobierno, pero era notorio que su incorporación a la administración aguirrista fue consecuencia de la vacilante personalidad del gobernador Ángel Aguirre. Como se recordará, Aguirre no tenía pensado designar a Florentino Cruz secretario de Gobierno en sustitución de Humberto Salgado, sino subsecretario, el cargo que le asignó originalmente el 18 de mayo, y sólo dos días después lo nombró secretario. Todavía se ignora por qué no designó Aguirre a Sofío Ramírez –como se esperaba que ocurriera–, o por qué éste no quiso el cargo de secretario de Gobierno, aunque si es esto último lo que sucedió, pudo deberse al encono con que es visto por el secretario de Finanzas, Jorge Salgado Leyva, en el contexto de las luchas intestinas del grupo en el poder por la sucesión de 2015. El caso es que fue esa indecisión la que, en un aparente arrebato, orilló a Aguirre a designar como secretario de Gobierno a un político ajeno a su grupo, distante de la cultura priísta y además procedente de la izquierda. En la lógica del aguirrismo, que tiene una visión patrimonialista del poder, todo el episodio fue una anomalía. Es muy probable que el propio Aguirre de inmediato haya pensado que se equivocó al nombrarlo, lo que quedó inequívocamente de manifiesto cuando se fue a Estados Unidos y designó como sustituto suyo a Jorge Salgado Leyva, lo que la ley no le impide pero implicó un desdén hacia su secretario de Gobierno. Como se sabe, Florentino Cruz se formó políticamente desde muy joven en la Universidad Autónoma de Guerrero y siempre ha sido de izquierda. Es la cara opuesta de Humberto Salgado, un producto más bien rústico del viejo autoritarismo priista.
Para corregir esa anomalía, Aguirre hizo regresar a Humberto Salgado, cuya reinstalación tuvo por objetivo reducir en la práctica a Florentino Cruz a la posición de subsecretario de Gobierno. Como iba a ser inaceptable devolverle el mismo cargo, Humberto Salgado fue acomodado en la Coordinación General del Ejecutivo, un puesto que no existe legalmente y que le daría una jerarquía indiscutible y capacidad de decisión, tanta como la que tenía antes. Y para que no quedara duda de ello, Aguirre fue muy preciso al elevarlo a la categoría de “gran hombre” y “gran funcionario”.
En ese azaroso escenario, Florentino Cruz tenía todas las de perder y habría terminado por ser un chivo expiatorio del gobierno aguirrista. El mismo día de su nombramiento debe haberse activado la estrategia que culminó con su renuncia, asustado el aguirrismo por el desatino de su jefe y por la algarabía que despertó en el partido Movimiento Ciudadano la designación de uno de sus militantes, a quien se veía como próximo aspirante a gobernador. No sólo los simpatizantes de Florentino Cruz le veían cualidades para ello; también los aguirristas. Eso explica la renuencia del secretario de Finanzas a respaldarlo presupuestalmente. En eso todos tenían razón, pues Florentino Cruz habría podido ser en su momento una carta muy solvente, la más solvente, para abanderar a la izquierda en los comicios de 2015. Por eso le fue puesta la trampa de Humberto Salgado. Por eso Aguirre le negó su apoyo. Y por eso también este episodio supone una ofensa para Movimiento Ciudadano, cuyo líder nacional en aquellas fechas –Luis Walton– jugó un papel decisivo para que la izquierda le abriera las puertas y lanzara a Ángel Aguirre como candidato.
Con el manejo que Aguirre dio al nombramiento y a la renuncia de Florentino Cruz, retuvo para su grupo la decisión sucesoria. De ahí que la designación que haga hoy para la Secretaría de Gobierno, de su grupo o de fuera, hombre o mujer, deba ser de bajo perfil. El verdadero secretario de Gobierno será Humberto Salgado, y ahora sin que tenga que responder por sus actos.
Esos intereses de facción mostrados por el grupo de Aguirre, acompañados con una actitud ostensiblemente depredadora, han causado la ruina de este segundo gobierno del PRD. No es solamente la obvia incapacidad para resolver los problemas del estado, sino también el incontrolable apetito por el control del presupuesto. El mensaje enviado es que el gobierno de Guerrero pertenece a tres familias y sus ramificaciones: la de Aguirre, la de Salgado Gómez y la de Salgado Leyva. Nadie más cabe ahí. En medio de la grave crisis de inseguridad y la pobreza que agobia al estado, nada retrata mejor la arrogancia e irresponsabilidad del grupo que se halla hoy en el gobierno.
Zambrano, sorprendido
El presidente nacional del PRD, Jesús Zambrano, denunció ayer a mediodía que los gobernadores del PRI de aquellos estados donde se realizaron elecciones “se pasaron por el arco del triunfo el adéndum” al Pacto por México, es decir, los acuerdos para que no intervinieran en los comicios. Finge sorpresa, ¿pues qué esperaba? Los gobernadores y el PRI saben que el dirigente perredista no pasará de unas cuantas declaraciones y volverá al regazo gubernamental.




