Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

 El Pueblo de Dios

Juan Crescencio

Juan Crescencio Reyes nació en 1943 en Cuyuxtlahuac, municipio de Alcozauca. En la pila, el cura le puso José de Jesús, pero como fue contra la voluntad de su padre, éste y los demás lo llamaban Juan Crescencio. Fue un niño solitario y muy especial. La tierra se le movía.  No era por espanto, pues ya le habían rezado al niño, al que sólo lo curaban Las mañanitas y luego también, “al primer soplo”, un rezandero. Era huidizo, pero con muchas ganas de servirle a los demás, y destacaba por “su afición por cortar las flores para colocarlas a (sic) las cruces de los caminos y cerros, procediendo a rogar por sus familiares y conocidos con problemas, (y) luego en su ayate llevarlas a la iglesia para distribuirlas a todos los santos”.
Juan Crescencio no fue a la escuela de Alcozauca porque se sentía discriminado. Entre los doce y los quince años anduvo de ayudante en labores del campo y empezó a demostrar que sus percepciones eran en serio. Venía de vuelta del campo con sus compañeros de faena, olía el aire y alguno le aseguraba que en su casa lo estaban esperando con un plato de frijoles con epazote. “‘En tu casa, llegando nos van a dar caldo de pollo’, les dijo en otra ocasión y así fue”.
A los 16 Juan casa con Margarita, oaxaqueña “trabajadora, blanca y bonita”, seis años mayor, quien ya padeció a tres maridos y tiene una niña. En 1964, Juan Crescencio y su familia van a cuidar el ganado de un pariente a Buenavista. Allá, el 29 de mayo de 1969, Juan tuvo un sueño: andaba cortando flores cuando “se le apareció un hombre, quien le dijo:
–Te invito a seguirme y te concederé la mayoría de tus deseos.
–¿Quién eres? –le preguntó.
–Soy Satanás”.
Tras una pausa, Juan contestó:
“-Discúlpame, es cierto que soy muy pobre, pero prefiero seguir así.
–Si no quieres, ni modo; pero cuando te animes, nomás invócame y estaré contigo –agregó el otro antes de desaparecer”.
Al otro día Juan “tuvo otro sueño donde alguien le pregunta:
–¿No quieres ser Presidente de México?
–Aunque quisiera no voy a poder, porque debe ser complicado y no sé leer ni escribir, tampoco entiendo el español –contestó Juan Crescencio, sin saber por qué lo hizo si se trataba de algo descabellado–, pero ¿quién eres? ¿Por qué me lo preguntas?
–Soy Dios –aclaró el hombre.
El pastor (Juan) lanzó una carcajada en su sueño; sin duda era una graciosa broma, porque (era) un hombre sencillo como cualquiera y hasta hablante de la lengua mixteca dijera ser Dios. El otro, sin inmutarse, agregó:
–Tú tienes que ser, no hay otro. ¡Eres el mejor para presidente de México!
Al instante, detrás del hombre brotaron cientos de personas que se abalanzaron y sin pedir su consentimiento le colocaron collares de flores y le echaron confeti, al tiempo que lanzaban vivas y gritos de alegría y lo ubicaron al frente del contingente para llevarlo a la silla presidencial. Ya en el palacio, le entregaron una gruesa manguera de agua con su respectiva llave y le aclararon que desde ese momento iba a controlar la distribución de agua, dejando caer mucha o poca según su voluntad y como la necesitara la gente.
Con eso se despierta”.

Un profeta de Dios en la tierra

El Pueblo de Dios (edición del gobierno del estado de Guerrero) es un libro escrito por Francisco Meléndez Vázquez para legitimar y enaltecer la personalidad de Juan Crescencio Reyes como hijo predilecto de Dios en la tierra. En la Presentación, sugiere que en el fondo de su libro están los datos que le proporcionó un cantor y la rapidez con que se convenció de la santidad de Juan Crecencio: éste le negó su presencia todo el día de ayer, pero en la mañana de hoy, cuando, decepcionado y poniendo en duda no sólo su capacidad de comunicación con Dios sino la honestidad personal del Señor Juan, “le escuchamos difundir por el aparato de sonido el recién llegado mensaje de Dios (tal como hacía cada madrugada) en el sentido de que en Nueva York se aproximaba una desgracia semejante a una guerra y sugería que nadie emigrara hasta después de que ocurriera. Lo primero que pensamos fue que iba a equivocarse, porque allá no había indicios de guerra o algo parecido, sino en otras partes del mundo. No obstante, a los tres meses todo el mundo se entera del caso de las Torres Gemelas”.
“¿Quién es Juan Crescencio?”, pregunta el autor, y “Sin duda –responde– un profeta y un representante especial de Dios, porque le ocurren cosas maravillosas. Ver seres divinos y escuchar sus mensajes es para nosotros algo inimaginable, (y) sin embargo, para él es algo rutinario”.

La aparición de Dios

Tejedor de sombreros de palma, pastor de ganado ajeno, conocedor de la región montañesca donde Guerrero se pega con Oaxaca, Juan Crescencio vio, cierta tarde, a Dios: primero se le presentó como un individuo “de sombrero, camisa amarilla, pantalón azul y al hombro un gabán de colores”, al que luego se le desaparece el sombrero y se metamorfosea en “la imagen de Jesucristo, la que había visto en las iglesias, salvo mínimas variantes”. Jesucristo le hace señas para que se acerque, pero él duda de quién sea y no acude al llamado divino. Jesús se enoja y vuelve a su apariencia de paisano, “su pantalón se vuelve verde y la camisa amarilla, de colores opacados como de ropa usada”.
A los 26 años le viene el primer sueño especial: alguien, familiar o conocido, lugareño o desconocido, “iba a decirle en voz clara y terminante el futuro, abarcando desde lo propio hasta el pueblo en general y refiriéndose desde un asunto sencillo hasta un(o) grave”. A partir de este sueño especial, los sueños admonitorios se suceden interminablemente, y, entre los cientos que surcan la mente de Juan, no hay uno solo que no sea especial. Fue mediante un sueño que Juan (El Señor, lo nombra el autor) se aisló de la gente, abandonó a su mujer y a sus hijos, y como, además de aparecérsele en forma de paisano y personalmente, Dios se le había revelado en piedras y ramas en forma de cruz, solito y su alma empezó a levantar una choza de ramas y adobe que, con el tiempo, sería una capilla, a la cual se unirían otras dos; las dos primeras divididas apenas por la mojonera que establece los límites territoriales de Oaxaca y Guerrero, la tercera enfrente, todas unidas por calles limpias y regadas por los que algún tiempo después habrían de pasar las largas procesiones de fieles creyentes para reverenciar a Dios, a la Divina Providencia, a la Virgen María y a algunos santos más, y recibir su bendición a través, desde luego, del Señor Juan.

Sueños, visiones, milagros

El relato de Meléndez Vázquez integra la vida, padecimientos, visiones y milagros del Señor Juan y el desarrollo del pueblo que Juan Crescencio fundó por mandato divino alrededor de la mojonera limítrofe denominada Lindero Fandango (de donde tomó su primer nombre: Cruz Fandango). También, el pleito agrario entre oaxaqueños y guerrerenses y las pugnas políticas que siguieron al crecimiento de Cruz Fandango, que en unos cuantos años pasó a llamarse el Pueblo de Dios.
Desde que Dios se le apareció, Juan Crescencio se conduce por los sueños que tiene. Decenas, cientos de sueños con sello divino sirven a Juan para intuir o sospechar el pasado y para augurar o prevenir el futuro de alguien; para recibir innumerables mensajes de Dios, Jesucristo (a los que luego confunde), alguna Virgen o algún Santo (sobre todo de San Marcos) y aún para saber por qué no llueve y cuándo ha de llover.
Gran trecho de las casi 500 páginas de que hablamos se refiere a los sueños, visiones y milagros ocurridos a lo largo de varios años de existencia del Pueblo de Dios. En la región se daba bien la flor de la amapola, cuya semilla habían traído de Sinaloa migrantes de Oaxaca, y fue mediante un sueño que Dios le dio permiso a Juan Crescencio para sembrar amapola, “únicamente tres veces”. Los sueños dirigen la gran obra que Juan C construirá con tezón inusitado. Sueña a Dios, a Jesucristo, a la Virgen María… A tres Santos, que resultan ser sacerdotes, pero inmortales. A través de sueños, cura enfermedades, resuelve problemas personales, adivina tragedias, etc…
Para comunicarse con Juan Crescencio, Dios recurre también a visiones; tras interpretarlas, Juan cura o emite su recomendación, que en todo caso equivale a lo que piensa Dios. Hace unos días, Pedro Miguel (La Jornada, 11-julio-2013) dice que “hay personas que logran distinguir el rostro del Señor o la silueta de la Virgen María en las mantas y texturas de las paredes y del piso, en la corteza de un árbol, en los contornos de las nubes… o en una rebanada de pan tostado”. Añade que “no pasa una semana sin que en algún sitio o mueble… aparezca la señora de Lourdes, la de Fátima o la de Guadalupe”. Rodeado de la inmensa naturaleza, en cualquier detalle –en árboles, ramas, piedras, nubes…– Juan C advierte signos de comunicación divina. Dice Pedro Miguel que “las mariomanías congregan en forma pasajera a cientos o miles de fieles. Algunas logran persistir (en Chilpancingo no falta quien le lleve flores a la Virgen de la Parota, en la Costa Chica todavía nos ofertan vírgenes que lloran –con un foco de luz y un poco de Vaporrú–). Otras pasan al olvido… como ha ocurrido… con la Virgen del Metro, una mancha que se formó en 1997 en el piso de la estación Hidalgo…” En Pueblo de Dios aparecieron tres figuras sobre el piso húmedo: cosa divina. El agua se secó y las figuras desaparecieron, pero el lugar siguió siendo divino pues ahí están  las figuras denominadas como las imágenes invisibles.

Nada cabe en una cazuelita…

…Y menos, si no la sabemos acomodar. Desde el principio imaginé que un pozole verde no sería suficiente para contar este libro, considerando ya no el número de páginas, sino la enorme cantidad de sueños, visiones y milagros que las surcan infatigablemente, como no le ocurrió a San Agustín y ni siquiera a Santa Teresa, que aseguraba que Dios estaba hasta en la olla de los frijoles. Dejo para la próxima las fotografías que sufren cambios a modo de mensaje divino, la aparición de las Ánimas del Purgatorio y algunos de los milagros ocurridos en el Pueblo de Dios. Así mismo, lo que ocurrió con algunos políticos que de algún modo se echaron pa’atrás al señor Juan, como Othón Salazar y Javier Manzano, sin que falte Luis Walton Aburto y Zeferino Torreblanca Galindo.

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