Carlos Barreto Niño*
La puesta en escena de The zoo story en el Domingo Soler
Sólo cuando todo mundo se ha ido a reconciliar con sus sueños, en la penumbra del escenario y la oquedad oscura de la sala vacía, aún con el eco de los aplausos, se debe permitir a la conciencia, que es tímida frente a la ovación, hacer un examen de los hechos recién escenificados, para llegar a un juicio racional objetivo.
No obstante, es necesario, luego del juicio personal, haber alcanzado la madurez individual –larga carrera que parece no terminar nunca– pues supone el florecimiento de la paradoja, proverbialmente enunciada como corazón frío y mente caliente de la escena para llegar a la totalidad de la madurez actoral.
Pero se vale el optimismo en atención a la sensatez; pensemos que puede ser posible conciliar los opuestos, ya que en el mundo especulativo se pierde o se gana con la diferencia de unos y otros; la diferencia la hará el conocimiento de la causa, génesis de efecto-causa. Es el caso de la función última de The zoo story, que presencié el domingo 14 de julio en el teatro Domingo Soler, con una expectativa que no me defraudó.
Hubo coherencia entre los personajes que encarnaron, con maratónica continuidad de caracteres, Jerry (Leonardo Cuesta) y Peter (David Almada), éste, el cómodo formal que acepta sin profundizar una vida sin grandes altibajos como la suya; aquel, el vagabundo por ontológicas razones urgido por una confrontación verdadera para valorar una existencia sin contenido trascedente; ambos son el nudo dramático del conflicto dramático que lleva a Eduard Albee a demostrar su tesis de si habrá que llegar al límite de la existencia para conocer si los extremos pueden ser conciliadosr sin violentar sus propias contradicciones, algo al parecer imposible en una sociedad de clases y el consecuente desaforo de la competencia donde el fin justifica el medio y las personas se consumen en la consecución de éste, sin alcanzar el disfrute del fin propuesto.
Todo es cuestión de principio y fin, parece decirnos el lenguaje que habla por los signos y no conceptualmente.
Lo anterior viene a cuento y no a historia, porque ya es historia en su prefiguración el alma que habita nuestros actos. Equivale, entonces, a una comprensión del existir. No es ocioso que por este motivo Eduard Albee escribe este cuento como historia, y no una historia como cuento.
No obstante, el planteamiento de si historia o cuento, el montaje de la puesta en escena no demerita la dirección que le imprime Alet Rojas a esta pieza, genuino exponente de la literatura dramática existencial anunciada en los programas como cuento; El texto y su esencia, signo y significante, se ayuntan como amantes en la puesta en escena lo que revela que Alet Rojas es una persona que intuye que la empatía es la reproducción del otro que es nuestro yo, y cuya misión y destino en este viaje de la vida, aflora de nuestro yo hacia los demás, y si los demás no están bien, yo, seguramente, no estaré bien. Es una acción dual, recíproca entre las almas terrenas.
Y a propósito: se necesita recurrir a C. G. Jung para enfatizar el más importante de sus principios terapéutico o curas del almas como lo puede ser el teatro enfocado a esta misión: El Self, o sí mismo del ser de cada uno, y su infinita diversidad.
Actualmente, sobre todo en el teatro comercial o arte de hacer divagar el ocio estéril, tan manifiesto en la televisió comercial, el recurso de la catarsis, o expulsión de las pasiones y recuerdos perturbadores de la mente se ha ido difuminando en los propósitos de hacer teatro, cuando recurrir a esta herramienta de la conciencia era prioritaria en la cultura helénica de la Grecia de Pericles. En coincidente propósito, es necesario un teatro que conmine a hacer pensar a la gente, que la conmueva internamente sin recurrir a chantajes ni encubrimientos. Propósito también de la psicología de C. G. Young, psicólogo del Self, del en sí mismo y su importancia no sólo individual sino social también, puesto que recuperar la plena conciencia de sí mismo, hace ver las cosas como son y no como se cree que son.
Sagrada profesión es la del verdadero actor que interroga sobre su propósito de transformar la sociedad donde vive para lo cual, perfeccionar la herramienta de su yo en pro de la sociabilización óptima de la sociedad que se reconstruye, es oficio de humanistas, como salida de este íntimo yo al yo de los demás vinculado –en esta ocasión– al drama que con tanto amor y profesionalismo ha realizado este grupo que coincidentemente lleva el nombre de Matrioska, que en ruso significa una muñeca que tiene en su interior otra muñeca igual, pero más pequeña, y en esta otra, otra más pequeña y así, sucesivamente, hasta llegar a la más pequeña, seguramente connotando el origen espiritual del humano.
Esto me recuerda la ocasión en que tuve yo mismo la experiencia con la problemática de su tiempo cuando estrené la misma obra en la ciudad de México, y el acierto –descontando de la representaciónde hoy de la misma obra– la pecatta minuta de la vestimenta, cuyo metalenguaje habla, o da la impresión que el impertinente que se detiene en su vagabundear se topa de pronto con el Peter que encarna lo que más le molesta (ontológicamente) para abrumar con su impertinencia, y sacar de quicio al inconmovible Peter, mediante la peripecia del incidente catártico con Jerry, que lo transformará para siempre.
Consecuentemente, no es el vago común quien se preocupa por no quitarse el impermeable que lleva con tanto desenfado, sino ya el poeta interno –que de poetas y locos, como dice el refrán, todos tenemos un poco– que por fin aflora en su lenguaje violento para exaltar valores que se adivinan, no por sus andrajos y la gorra de panadero o chavo banda que se encasqueta, sino por el personaje pletórico de universalidad que lo confronta, y de ahí que provenga éste de una sociedad pragmática y comodina como la estándar norteamericana.
Por otra parte, es un acierto escenográfico la cámara negra contrastando con la sobria idea de la franja que desciende de lo alto del escenario para alcanzar a las míseras almas de la tierra para, tal vez, enmendarlas al límite, dando a cada quien una salida, que igualmente, siendo extrema, resarcie –aún en el holocausto– sus extravíos de existencia.
La síntesis de la premisa inicial y el desenlace de la historia resulta ser que una sociedad cobarde y conformista que no sabe solidarizarse con sus semejantes vive en el temor.
Es el grito de Peter que se alarga y repite como eco de un desgarramiento interior desolado, común a todos los Pedros de la historia, que cobra conciencia de la enorme responsabilidad del acto final del último gesto; metáfora de la humanidad horrorizada de su involuntario crimen de tolerancia, ante el oscurantismo, que hoy mismo, se está fomentando cuando se asesinan, impunemente, los más caros valores de la humanidad.
* El autor es dramaturgo y en 1965 montó esta misma obra en la ciudad de México. El texto es una disertación que ofreció en el Laboratorio de Investigación Escénica Experi-mental. Casa de Cultura Zona Sur de la UAG.




