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Federico Vite

Otra vez, el diablo

Blues de los sueños rotos (RL’s Dream 1995), novela de Walter Mosley, narra la etapa final de Soupspoon, sobreviviente del blues que padece cáncer y quien guarda en su memoria aspectos trascendentales de la música tradicional estadunidense, en especial, haber compartido algunos años de su adolescencia con el legendario Robert L. Johnson (tuerto y genial guitarrista), de quien se cuenta que vendió su alma al diablo en el cruce de la autopista 61 con la 49 en Clarks-dale (Mississippi) a cambio de interpretar el blues mejor que nadie. Aunque el primer blues que hace referencia al diablo fue compuesto por una? mujer en 1924: Done sold my soul to the devil, de Clara Smith. Y el primer bluesmen en vender su alma?y difundir la historia es Tommy Johnson, pero la historia del pacto con Satanás se debe a su hermano, el reverendo LeDell Johnson, quien contó con precisión su experiencia con el mal a un etnomusicólogo gringo que profundizaba en el blues del Delta.
Pero les decía que Soupspoon, adiestrado en el sufrimiento desde su infancia, decidió ser músico al oír las ejecuciones de una banda festiva en un burdel. Ahí presenció homicidios, vivió su primera borrachera y supo que la vida era una celebración que siempre culmina con dolor, con el blues de fondo que permea cada una de las arterias de la existencia.
El protagonista de Blues de los sueños rotos, Atwater Wise, mejor conocido como Soupspoon, y Kiki Waters, secretaria en una oficina de seguros, detonan, ante la cercanía de la muerte, la memoria del mítico Soupspoon, quien describe con precisión los momentos cumbres que vivió con ese guitarrista negro (Robert L. Johnson) que enigmáticamente se le aparecía en las calles de Nueva York para confirmarle que el mismísimo Satanás es el encargado de recoger a los músicos de blues y, evidentemente, el diablo nunca se olvida de quienes le han dedicado una que otra canción dolorosa.
Atwater?es negro y viejo; Kiki, blanca, joven y con trabajo, tiene problemas graves de alcoholismo, huyó de su familia y de la violencia sexual a la que la sometía su padre. Curiosamente Kiki recoge a Atwater de la calle y falsifica una póliza de seguros para pagar los gastos de la enfermedad. Atwater se recupera, vuelve a tocar blues y recobra su pasado, lo mismo que Kiki. En este proceso también desempeñan un importante papel los sueños, las pesadillas y alucinaciones que ambos tienen con la imagen de Satanás.
Mosley crea una novela atractiva en la que disecciona la vida de un músico con pocos pero efectivos recursos literarios: narración en tercera persona, flash back, flash forward y, esencialmente, la inserción de canciones que hacía de Soupspoon y Robert L. Johnson los reyes del Delta. Destaco esencialmente el gran trabajo en la crea-ción del personaje principal de Blues de los sueños rotos, un anciano que con muchas dificultades se acomoda en una una silla y toca la guitarra para enarbolar la bandera de la melancolía con acordes sureños, tristísimos; “esos versos que salían y cantábamos con medio litro de whisky en la sangre harían llorar a la fotografía de una muchacha guapa”.
Sólo creo que al leer Blues de los sueños rotos uno descubre que los protagonistas de esta historia, esos músicos que animaron la historia reciente de Estados Unidos, dieron su vida exhibiendo el dolor y la tristeza. Anhelaban ser libres del hambre, de los vicios. El protagonista de este libro, singular en la obra de Mosley, es un hombre violento y roto, alguien que nació para cantar melodías que describren la experiencia brutal de estar vivo. Toda la novela podría resumirse en un acercamiento a la definición de blues: “De eso se trata la música, refiere Soupspoon, de acercarse al dolor como si se tratara de un amigo a quien nunca podrás dejar. Pero Johnson, no, él tocaba otra música, hacía que las notas te dijeran cómo eran las cosas en realidad. Cantaba como un perro desgraciado aullando por una perra”.
Llama la atención que Mosley (acostumbrado a elaborar con mucha fortuna novelas policiacas) se haya enfrascado en mostrar con Blues de los sueños rotos una poética del dolor. Describe la vida de algunos de los afroamericanos que migraron a las ciudades y se dieron a la tarea de destruirse sólo para continuar siendo esclavos, mentalmente, de una opresión extraña, pero poderosa: la condición marginal del espíritu.

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