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Silvestre Pacheco León

Los cien años del señor de Chalpa
Primero son los cohetes que con su estruendo avisan que el rezo va a comenzar. Luego son las rezanderas que pasan en grupo el puente sobre el río rumbo a la casa de Los Mangos.
Algunas señoras se cubren su cabeza con rebozos, otras llevan niños que aprovechan el rezo para jugar y escudriñar en cada rincón del patio.
Junto al río el primero en llegar es Layo quien se encarga de echar los cohetes. Después de la primera descarga de truenos está pendiente para repetirla cada vez que escucha el canto lastimero de las rezanderas que así descansan de cada uno de los misterios que componen el rosario.
Las señoras, porque son mayoritariamente mujeres grandes las rezanderas, permanecen sentadas en las sillas de plástico arregladas en filas. A veces se paran, pero el mayor tiempo permanecen sentadas mientras rezan.
Tarde tras tarde, durante nueve días de marzo, se repite el ritual para celebrar al Señor de Chalpa”, conocido también como el Santo Entierro que se conmemoró el viernes pasado.
Quienes no pudieron hacer el viaje de peregrinación a Xalpatláhuac para ver la imagen del Cristo aparecido que yace inerte en su sepulcro, se conforman con acudir al rezo del pueblo, aunque sea el último día que culmina con una cena de atole y tamales.
Cuando se acerca la fecha para el inicio de los rezos las vecinas preguntan a doña Lupe sólo para confirmar que no se equivocan de día y que se repetirá, como cada año, la costumbre que ha impuesto la familia Pacheco León, de rezar a una imagen que fue importada de Xalpatláhuac por sus ancestros a raíz de su aparición en aquella zona pobrísima hace ya cien años.
Doña Lupe hace cuentas de los años en que la familia de su esposo inició la costumbre del rezo. Son cuatro generaciones las que se han hecho cargo de repetir el ritual como antecedente de la Semana Santa en Quechultenango.
Desde que tengo memoria asocio las tardes de marzo con ésta tradición. Los cantos lastimeros y tristes de las rezanderas repasando la pasión de Cristo son para llorar, si no fuera porque puede más el espíritu de fiesta que une a las familias en estas celebraciones.
Después del rezo las señoras aprovechan para intercambiar noticias y desearse parabienes, porque eso también es parte de la celebración del ritual que se repite en la casa del otro lado del río, en las orillas del pueblo.
Adornar el altar, llenarla de flores, poner los tendidos de colores, regar y barrer el patio, son tareas familiares compartidas, como los gastos que implica preparar el agua fresca y dar algún postre a las personas que rezan cada tarde.
El convivio al que llama la celebración es el mejor momento para la convivencia familiar, y quizá ése sea el mayor milagro atribuido al Señor de “Chalpa” porque algún otro no le he oído a las personas que año con año acompañan al rezo.
Ése milagro también es el que mejor aprecia doña Lupe, la mujer de 86 años que tiene la manda autoimpuesta de organizar la fiesta cada marzo atendiendo cada detalle con la responsabilidad compartida entre cada uno de sus hijos. Ella no apunta más que en su cabeza cada tarea que reparte y comparte.
Con tiempo doña Lupe encarga los cohetes que deben ser de buena calidad para que el trueno de cada uno haga estruendo con el eco que repiten los cerros vecinos, no importa que el más pequeño de sus nietos se sobresalte y llore con cada detonación.
El cohetero no es ningún improvisado porque además de su habilidad reconocida para echar los cohetes directo al firmamento, sabe el momento preciso del rezo para las descargas. Si no se aplica en su tarea puede ganarse el reclamo de doña Lupe y hasta su reemplazo.
La rezandera, como los cohetes, debe ser especial, que sepa cantar y que llegue puntual. Desde hace años he visto y oído cumplir con esa tarea a doña Lupe Campos quien con voz dolorida va hilando cada pasaje de la pasión de Cristo en la tierra, y es su voz la que evoco cuando quiero recordar las tardes de marzo. Ella me acompaña cuando el ventarrón azota las puertas y hace llover las hojas de los árboles que se riegan por todo el patio.
Éste año el altar del Señor de Chalpa se construyó sobre el “tecorral”, bajo los altos árboles de mango. Esa fue la disposición de la matriarca. Una cruz con sus grandes brazos resguardó el cuadro del Santo Entierro, decorado como lo dicta la iglesia católica en tiempos de cuaresma.
Las flores de grandes maceteros eran también del mismo tono que los lienzos de adorno, y su abundante aroma nos acompañó toda la semana.
Como siempre, doña Lupe enciende y apaga las velas y veladoras, también las luces y las brasas para el incienso. Mientras las señoras rezan ella vigila cada detalle.
A sus 86 años difícilmente deja en manos ajenas la elaboración de los tamales y el atole que se hacen en cantidades industriales, porque si algo cuida es la calidad y cantidad de los alimentos cuyo sabor, abundancia y delicia, debe dejar contentos a todos los acompañantes, pues así mantiene el prestigio que se ha forjado durante tantos años de inventar comidas para satisfacer a su numerosa prole.
Las vecinas que son también familiares hacen su aporte al festejo. La tía Duva, la sobrina Flor, antes la tía Nina, de cuya ausencia definitiva aún no nos reponemos, ayudan con lo que pueden.
En el presente festejo la tía Lipa se encargó de la elaboración de los tamales. Para el atole de piña, Flor y Bato aportaron el maíz, escogido como debe ser para un atole que también es especial.
Como el jardinero fiel ahora tengo tiempo de cuidar los árboles y las plantas del patio. Con el riego esmerado creo que los mangos amputados de algunas raíces por la zanja del drenaje se están recuperando.
Es tarde y mientras corto los zapotes prietos del árbol junto al río, las ranas y los sapos se ponen a tono para el concierto nocturno. Antes de anochecer el canto de las primaveras suena desesperado como si temieran a la oscuridad o quizá porque están celebrando la aparición de la luna.
En las huertas de riego vecinas a la casa las matas de maíz lucen sus elotes. El frijol de la milpa ya fue cosechado y ahora son las flores de cempasúchil, que aquí les decimos “pachonas”, las que pintan el amarillo a lo verde.
Desde que recuerdo, en esta celebración muchas cosas han cambiado: ahora no todas las señoras llevan rebozo ni se ponen petates de palma como tapetes para que se hinquen las rezanderas como cuando no conocíamos el pavimento.
Las veladoras encendidas alumbran igual pero ahora sus envases son de llamativos colores pero de plástico desechable.
Los rezos son los mismos y quizá también los ventarrones, sólo las personas han cambiado, aunque la fe se mantiene.

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