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Silvestre Pacheco León

La Soledad de Maciel

Era el temporal de lluvias a principios del siglo pasado cuando la familia Maciel tomó la decisión de su vida: dejar la cabecera municipal de Petatlán en la Costa Grande para buscar un lugar menos aburrido para vivir.
Caminaron días abriendo brecha rumbo al mar, cargando todos sus haberes en las viejas carretas de ruedas de madera jaladas por las yuntas de toros cebú.
El camino lodoso por la lluvia que no cesaba en días dificultaba más el avance, pero al cabo de una semana sucedió la feliz coincidencia de divisar el lugar que les pareció propicio para acampar, cerca del río y de la playa, desde donde provenía ese característico ruido del mar que semeja  los bramidos de animal salvaje.
Allí en la soledad del campo lujurioso, rodeados del agua de la laguna, el río y el mar, sin más habitantes a la vista, fundaron el pueblo cuyo nombre se originó precisamente de sus condiciones con las que nació: Soledad de Maciel, apellido de la familia petatleca  fundadora del poblado que derivó en La Chole como sello característico del hablar costeño.
La historia del origen del pueblo la cuenta al modo local Leonel Maciel, el pintor  de fama internacional que ha recreado en sus cuadros coloridos el ambiente que reinaba en ésa parte de la costa cuando sus ancestros llegaron desde Petatlán muertos de aburrimiento para levantar sus exuberantes huertas de cocotero y plátano macho en derredor de sus casas.
Fue una mera casualidad el descubrimiento de la primera “yacata” (como también los costeños llaman a las pirámides prehispánicas) muy cerca del pueblo.
A los lugareños les parecía hasta enigmático el promontorio que encontraron en terreno plano cuando abrían la zona al cultivo. Pero fueron los primeros objetos tallados en piedra, algunas cuentas de collares y pendientes lo que despertó su curiosidad.
A medida que fueron desplazando la capa vegetal que cubría la pirámide encontraron primero la figura tallada en piedra que ellos bautizaron como la representación del rey de La Chole; luego fueron los aros para el juego de pelota bellamente grabados.
Tan relevantes llegaron a ser esos hallazgos que a finales de la década de los setenta, bajo el argumento de que esas piezas eran requeridas en la ciudad de México para una exposición, hubo el intento de llevárselas y hasta un helicóptero fletaron para poder cargarse al rey de La Chole, una piedra labrada de casi dos metros de alta.
Por fortuna y gracias a la visión y unidad de varios pobladores alentados por los maestros del lugar se opusieron terminantemente a la amenaza de saqueo defendiendo los hallazgos arqueológicos como la herencia cultural de toda la población. En adelante, para dificultar cualquier nuevo intento de robo decidieron emparedar al rey como pedestal del asta bandera colocada en el centro de la población.
Sin saberlo, con esa acción la comunidad de La Chole puso a buen resguardo esa joya arqueológica de “gran talla” cuya antigüedad, ahora lo sabemos, data de mil 500 años antes de la era cristiana para representar al dios del maíz o también para dejar grabado para la posteridad el año de que se trata.
Al paso de los años, primero gracias a la dedicación del arqueólogo Rubén Manzanilla López y después otros investigadores destacados en el sitio por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) fueron descubriendo el portento de la cultura local de la época prehispánica que llegó a convertirse en el más grande centro ceremonial que reunía en un solo sitio una cancha de juego de pelota, un templo y la zona de residencia de los gobernantes que fueron conocidos más allá de sus fronteras como los guardianes del oro y los que saben leer el tiempo.
Cuando la familia Maciel llegó a establecerse en el lugar jamás se imaginó que con su presencia dejaría al descubierto para la humanidad la enigmática, misteriosa y desaparecida ciudad mítica de Xihuacán como fue conocida por tarascos, mexicas y yopes.
Antes de que se  conociera en el exterior la existencia de los vestigios arqueológicos de Xihuacán, La Chole creó su fama por el cultivo de buen tabaco que todavía se fuma en la región, como puros labrados artesanalmente, y también la sal de mar que algunos vecinos aprendieron a producir, especializándose en el conocimiento del calendario de las mareas de las que depende la inundación anual de los terrenos de las salinas de San Jeronimito.
Hubo también entre tanto hombre industrioso quienes promovieron visionariamente la protección de los vestigios arqueológicos que ahora le han dado renombre a ése pueblo.
Al paso de los años y como resultado de la insistencia local por conocer más de esos vestigios, los antropólogos del INAH han dado con Xihuacán, la ciudad de tres mil años y de tres culturas, tepoztecas, cuitlatecas y tomiles, situada en la frontera del dominio de los tarascos y tributaria del imperio mexica que mantuvo relación con las principales culturas mesoamericanas y cuyo sistema constructivo también es único por el uso de piedra de río unida con barro y mampostería de una especie de adobe de arcilla cocida.
La Chole se ha convertido en un componente de los atractivos turísticos locales y a medida que se conoce su pasado, va creciendo el interés de los especialistas y también de los visitantes que de esa manera alientan a la economía local con el otorgamiento de los servicios básicos que demanda el turismo.
Un museo de sitio de hasta 800 piezas, enriquecido con objetos que se han encontrado en diversos puntos del litoral como prueba de los múltiples caseríos que rodearon Xihuacán, hacen más atractiva la visita de éste lugar cercano de Ixtapa, pues conociendo la historia de los objetos de cerámica exhibidos uno queda convencido de que los cuitlatecas era un pueblo importante en toda mesoamérica que conocía y se relacionaba con los asentamientos de Piedra Labrada en Ometepec, en la región de la Costa Chica, la Organera y Tehuacalco, muy cerca de Chilpancingo, en la zona centro del estado, y sobre todo, con la cultura teotihuacana del altiplano.
De acuerdo con el arqueólogo Rodolfo Lobato quien está al frente de las exploraciones que continúan en las más de 50 hectáreas que comprenden el sitio arqueológico, los habitantes de Xihuacán aprovecharon el agua abundante para regar sus cultivos de cacao, algodón, maíz, frijol y calabaza, mediante un sistema de riego en el que se sustentó su riqueza.
Hoy que regreso al lugar acompañado del profesor Anastacio Bailón quien junto con su esposa fueron los primeros maestros de primaria en La Chole, constatamos los cambios que se observan en el nivel de vida de la población, empezando por la facilidad con la que se puede llegar desde la carretera nacional gracias al camino asfaltado.

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