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Permanecer “en el agua”, una alternativa de diversión para turistas nacionales este verano

*Los mercaditos de artesanías son escalas obligadas para que nuestros visitantes se animen a comprar algo bueno, bonito y barato como galletas de animalitos

Salvador Serna

Si el espacio es pequeño o mediano no importa, los turistas también saben divertirse “bajo el agua”, aunque el lugar no sea una playa o la alberca de un hotel.
Como alternativa a las vacaciones veraniegas, los turistas nacionales buscan diversificar la oferta de diversión, y tal vez cansados de las constantes visitas a las playas y la batalla con las olas todos los días, pues algunos deciden “sacar el conejo de la chistera” y se van a divertir al parque Papagayo, para paradójicamente, “seguir en el agua”.
Con el calor inclemente que en los últimos días se ha dejado sentir en Acapulco, que se asemeja a un desierto con mar incluido, con cientos de oasis donde se venden cerveza, refrescos y cigarros indiscriminadamente y a precios estratosféricos por el actual verano; y donde también las farmacias de la Costera han aumentado sus ventas por las epidemias de gripa y dolor de anginas que están sufriendo los turistas, los mismos buscan refrescarse en las aguas clorados de las dos albercas públicas que están dentro del citado parque.
Negociazo el viejo parque Papagayo que hace 10 años estaba libre de vendedores semi ambulantes y tampoco exhibía animales exóticos como leones, tigres o pumas que luego se mueren de tristeza y sed.
Hoy, el parque está transformado en mini tianguis campesino, y en cada uno de los accesos y conexiones peatonales del parque está presente la vendimia casi callejera, que ofrece todo tipo de comida chatarra y natural para fomentar la obesidad de los infantes, al fin y al cabo que Salud municipal y estatal allí no vigilan.
Pero bueno, volviendo al tema de la diversión turística pues comenzaba el mini show de clavados infantiles en el clorado de la piscina “gigante” del Papagayo, a unos metros de la Costera, frente a la playa del mismo nombre.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis clavados. Una seguidilla que a las primeras de cambio da diversión pero ya cerca de rondar la hora causa enfado en los adultos que ya empiezan a gritarles a los niños que mejor ya le paren, porque ya están enfadando a todo el mundo.
Pero las chavitas y chavitos no hacen caso y le sueltan un clásico “cállese pinche rucoo!”…, por supuesto en voz media baja, y continúan con el “show de clavados de la Quebrada”, donde un niño bien listo asemeja tener las antorchas en sus manos con un buen par de cerillos encendidos, lo que provoca todo tipo de risas, desde las inocentes hasta las burlonas, sin faltar las maliciosas.
Pues el mentado “ruco” por fin se encabrona y comienza a decirles de cosas a los niños, por lo que estos empiezan a alegar con él, llamando la atención del resto de los padres de familia, que le piden al señor que deje tranquilos a los menores, que solo están jugando sin molestar a nadie.
Ante el montón de papás y mamás defendiendo a sus pequeñuelos, el señor “ruco” prefiere no hacer más ruido y se retira a su silla para seguir conversando con la que parece ser su esposa, quien le susurra “ya vez, por andar de metiche escandaloso, ya te callaron todos”.
Pasada la adrenalina del chou de clavados con alegata incluida, los niños se salen de la alberca y prefieren reposar un rato en las sillas bien protegidos por la infaltable sombrilla. El asueto de la chiquillada es aprovechado por los integrantes de una familia que con sus hijos se pone a jugar volibol, con una pelota roja.

De compras aprovechando “las buenas ofertas”

Ya en el shopping a lugares baratones y de buen servicio rápido, los turistas nacionales buscan lo mejor de lo mejor en ropa, artesanías, calzado, tazas y vasos tequileros, los infaltables dulces de coco y tamarindo, y el tradicional llavero así como todo tipo de recuerdos para sus familiares, amigos y compañeros de trabajo para presumirles una artesanía original, hecha con el genio y el ingenio de los creadores mexicanos.
Los mercaditos de artesanías son escalas obligadas para que nuestros visitantes se animen a comprar algo bueno, bonito y barato como galleta de animalitos.
Para los turistas que visitan el mercado de artesanías frente a la glorieta de La Diana es sorprendente que al entrar y caminar 15 metros hacia dentro se topen con un kiosco dentro del mismo mercado.
Los turistas bien dicen que es inimaginable encontrar algo así dentro de este mercado porque su fachada aparenta tener solamente locales comerciales para vender cosas. Y más sorprendente aún para nuestros visitantes es el hecho de que en el mercado de artesanías hay dentro otro mercado, pero de comida y bebidas para degustar la siempre rendidora y baratona comida corrida, del mediodía en adelante.
“Qué Vips y Sanborns ni que la fregada”, aquí está mucho mejor la comida, más fresca, más buena y más económica”, suelta el turista Pablo Bracho, que insaciablemente degusta unas buenas enchiladas rojas, mientras su esposa compra los recuerdos bien cerquita del puesto del conocido comerciante Bolívar Picaz.
“Aquí estamos chavita, aquí estamos, pásale amigo qué vas a querer para llevar, aquí todos los amigos turistas son bienvenidos”, dice saludando el carismático y obeso Bolívar Picaz, cuando nos ve platicando junto a los turistas.
Pues así terminó el paseo de ir de compras por Acapulco para el turista clase mediero promedio, que se va de Acapulco “ya casi sin dinero, pero bien contento”.

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