José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
El Pueblo de Dios / 3
La advertencia del obispo
Con el crecimiento del pueblo, justo cuando la fama de escogido de Dios de Juan Crescencio está en su apogeo, empiezan los problemas. En dos ocasiones padecen el arribo de soldados que supuestamente andaban buscando bodegas de amapola. En 1987 el obispo de la diócesis de Chilapa, Alejo Zavala Castro, lo cita en Alcozauca, donde, con ayuda de un traductor y entre carcajadas burlonas de un cura al que el obispo tiene que callar a cada rato, le pregunta si él es el que vio a Dios y Juan Crescencio responde que así es. A ver, cuéntame cómo estuvo…, y Juan narra la Aparición de Dios.
“–Ahora qué te sucede.
“–Pues, sueño mucho y todo resulta verdad.
“–Cualquiera sueña y eso no es novedad.
“–Es que apenas me acuesto y cierro los ojos, de inmediato veo el rostro de Nuestro Padre Jesús o de la Santísima Virgen María. Lo mismo cuando voy caminando o estoy en alguna parte, de repente veo el tronco de un árbol o una piedra retoma la figura de ellos”…
El obispo le ordena que venere “solamente a la Virgen, porque ella es efectivamente una Santa, y deja de hacerlo a piedras y palos. Deja todo eso. Ya no queremos que juntes a la gente, que fundes un pueblo y mucho menos que construyas iglesias”…
Juan Crescencio entristece pero esa misma tarde se encuentra a alguien que, como anoche soñó que un águila bajó del cielo y se posó sobre una iglesia que estaba en construcción, le entregó “dos monedas de cien pesos” para que termine la que está haciendo, y Juan Crescencio siguió levantando paredes: “tenemos que hacer las iglesias, aunque luego lleguen (los sacerdotes) para que solamente saquen dinero, que es lo único que saben hacer”.
Doblegado por la curiosidad, Zavala Castro visitaría el pueblo, pero Juan Crescencio se negó a recibirlo, pues había sentenciado que ya nunca tendría contacto con un sacerdote, y el obispo llegó sólo a la orilla. Antes que oficiar misa, Zavala juntó a los feligreses y les dijo: “No sé por qué siguen viniendo si no es verdad que apareció Dios. Les invito a que dejen de hacerlo, no crean a cualquiera, ya que algunos lo hacen solamente para sacar dinero…”
La Aparición de la Política
Juan Crescencio, que sólo habla mixteco, recomienda la inclusión del latín en las misas, aunque él no se anima a celebrar ninguna. De cualquier forma, empiezan a llegar, solitos, curas de Oaxaca, y la liturgia legitima aún más la aparición de Dios e incrementa la fe por Juan Crescencio. Como el pueblo ya es pueblo, deberá adherirse a la estructura administrativa y política municipal, como comisaría o delegación. Ninguna de estas formas conviene a Juan Crescencio, cuya figura patriarcal dirigía los destinos –la moral y cada uno de los actos de los pobladores– de un pueblo originariamente dirigido por la fe cristiana, por un lado, y por los usos y costumbres, por el otro. Antes o ahora, los oaxaqueños inician un pleito por los límites de su territorio, pero los lectores de este Pueblo de Dios que en algún instante vislumbraron la posibilidad de que Juan Crescencio se embiliara y, como Antonio das Mortes Conselheiro, iniciara una Guerra del Fin del Mundo, se van a equivocar, pues en esta situación y en cualquier otra, JC (…¡Jesucristo?!) se mantuvo firme y haciendo gala de comprensión y paciencia: el Pueblo de Dios había crecido tanto que de buenas a primeras ya tenía repercusión nacional y (por los migrantes) internacional, al tiempo que se había vuelto apetitoso bocado electoral.
Pronto, los que JC creía propios, lo traicionan y los pobladores se dividen aún más. Uno tras otro traidor terminará mal, “pues su error fue meterse en la política y menospreciar a los dueños del ejido”. A los que le robaron una camisa que le llevaron a los brujos de Chalcatongo para maldecirlo, se les revirtió la intención: uno “sufre de manera consecutiva dos accidentes de carro y se fractura de una pierna”; otro fallece por enfermedad después de siete meses en cama, al grado de que le salieron úlceras por la espalda y se le fue desprendiendo la carne”; y a los demás se les va su mujer y “mueren después de gastar mucho dinero”, andan enfermos y “sufren una desgracia tras otra. Todo porque ofender al Señor Juan, es lo mismo [que ofender] a Dios”.
Poco a poco, el narrador nos va indicando la pugna que existe entre partidos políticos a fines del siglo pasado en esa región. Se empieza a hablar de votos comprados o inducidos. A un cura que simpatizaba con JC lo cambiaron de parroquia “por la presión de una funcionaria municipal perredista, quien lo acusó con sus superiores de hacer promoción en los pueblos a favor del partido tricolor”. El Pueblo de Dios fue “delegación de 1989 al 2002 y a partir de 2003 se convirtió en comisaría sin dictamen del Congreso del Estado”. En 2005 “se realizan elecciones y la presidencia municipal (de Alcozauca) queda en manos del PRI después de veinte años, en virtud de que el PRD se dividió y los disidentes se integraron al Partido Convergencia. En consecuencia, la mayoría de los pobladores de procedencia foránea del Pueblo de Dios se afiliaría a este partido, mientras el Señor Juan y algunos fieles seguirían perteneciendo al que perdió el poder. Esta situación sería uno de los motivos por el que, más adelante, también se dividirían en lo religioso”. Ante la pugna que se establece entre oaxaqueños y guerrerenses y –para elegir comisario– entre “locales” y “foráneos”, en un argumento que hay que atribuir al narrador, queda claro que “aquí se trata de alguien que fundó un pueblo de supuestos creyentes en el milagro de la aparición de Dios, el cual sigue en comunicación con él y le dice cómo venerarlo y cómo debe ser la convivencia entre los… fieles. No se fundó por parte del gobierno político como resultado de un desastre natural o de otra índole, para que de inmediato se acaten los preceptos de la Constitución, entre ellos: el elegir por mayoría de votos. Ya que ante Dios no existe tal concepto…”
Juan Crescencio no se duerme en sus laureles: en su papel de profeta y cabildero de Dios, recorre varios pueblos de la Montaña, donde diríamos que es bien recibido si no fuera por la actitud de rechazo de los curas y las burlas y maldiciencias que sobre él han difundido sus contrarios. Para esto, poseedor de “suficiente dinero”, cuando no estaba construyendo una parroquia más, el Señor Juan “había podido acumular floreros, candelabros, imágenes de santos de tamaños regulares, campanas enormes (una hasta de 105 mil pesos) que se distribuían en las tres áreas de culto; igualmente había comprado ganado caprino y bovino y los equipos de la banda filarmónica…”. Al tiempo, “tenía 60 cabras y 26 ovejas, las cuales eran propias y de la iglesia también”. No por estas posesiones terrenales abandonaba Dios a JC, quien a estas alturas de su Gracia ya predecía qué pretenso iba a ser autoridad y quién no. Fue, sin embargo, por su influencia religiosa y electoral que empezó a ser visitado por políticos “mestizos” de toda ralea y partido político, entre los que destacan los perredistas.
Misteriosa entrevista con Zeferino
Escuetamente, Francisco Meléndez apunta que “la visita más destacada de los últimos meses de 2006 fue del gobernador de Guerrero, Zeferino Torreblanca Galindo, el lunes 4 de septiembre, quien nunca fue recibido en audiencia durante sus visitas anteriores ni en la última, lo que no le impidió lograr su propósito…” Con ayuda de Julio César Salmerón Salazar, en diciembre Juan Crescencio acude a “la ciudad” y se entrevista con el gobernador del estado. “Por falta del español, usó al principal como traductor, quien entre otras cosas expuso a su manera el problema de la elección del comisario”. Por ignorancia, prudencia o complicidad, Meléndez Vázquez dice que “nos reservamos los detalles del encuentro”, pues lo que ahí se dijo es secreto.
Manzano de discordia
Javier Manzano Salazar “acompañó al gobernador (ZTG) en su última visita y fueron atendidos por los ahora opositores, toda vez que aún no se declaraba la división”. Manzano “acompañó procesiones y rezos, llevó flores y vela, pero ya como alcalde empezó a construir una capilla que favorecía a los opositores”, lo que para nada alegró al Señor. Meléndez refiere que Manzano “fue dos veces presidente municipal y otorgó varias obras al pueblo, pero luego prometió la construcción de una iglesia y otras obras menores, “lo que no cumplió ni volvió a visitar durante su período, por eso como castigo divino fracasó en su penúltima aspiración política que fue la diputación local en 2006”. Manzano fue dos veces a Cruz Fandango pidiendo el voto y “especialmente el ruego de los cantores para lograr su objetivo como en otros tiempos”, pero “tal vez por no haber hablado con el Señor y haber acudido ante los mismos cantores, Manzano ignora el rito formal y acudió ante los enemigos del lugar sagrado. Al retirarse, pasó en la Loma sin detenerse y con ello ratificar el completo desdén. Se preguntó al Señor sobre lo que debería hacer para revertir la condena y dijo: ‘Venir a confesarse y prometer que seguirá mis indicaciones; caso contrario, así quedará el resto de su vida’”.
Por si fuera poco, Manzano “se llevó una foto con cambios milagrosos y nunca la devolvió luego que le hicieran estudios”, lo que podría traerle problemas al Señor Juan. “Sobre su inmovilidad política, el Señor lo supo a través de una visión donde vio la transformación de su imagen, de tamaño natural a miniatura… La razón: porque ciertamente (Manzano) hizo favores a los hombres pero ninguno a Dios. Que no es lo mismo”.
Y es que en el Pueblo de Dios no se obliga a nadie a hacer algo, pero eso sí: echarse pa’tras en lo que se quedó, prometer y no cumplir, “tiene sus consecuencias”.
Y ni modo: quizá porque se trata de un libro de 500 páginas plenas de situaciones conflictivas y con infinidad de visiones y milagros, seguramente porque me puse a platicar algunos de los centenares de episodios de Juan Crescencio y el Pueblo de Dios al modo de Severo Mirón, ora sí que la reseña está saliendo más larga que el libro. Si los lectores aguantan, en el próximo pozole verde les contaremos qué consecuencia…, es decir, qué instrumento terminaron tocando los políticos en esta procesión, en la que quizá también aparezca la hostia que apareció en Tixtla con manchas de sangre que durante varios años fue anunciada como sangre de Jesucristo.




