Jesús Mendoza Zaragoza
Pobreza y violencia
Dos dolorosos flagelos azotan a un inmenso segmento de la población guerrerense: la pobreza y la violencia. Ambos están estrechamente vinculados en un círculo que se cierra progresivamente. En días recientes el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) dio a conocer su estudio quinquenal sobre el nivel de pobreza en México. Según este organismo gubernamental a la fecha existen 53.3 millones de personas que se encuentran en situación de pobreza y 11.5 millones en condiciones de pobreza extrema, cifras que representan 45.5 por ciento de la población en México. Y, según este estudio, en el estado de Guerrero más del 60 % de la población vive debajo de los índices del bienestar.
Este hecho necesita ser analizado rigurosamente en detalle para identificar los vínculos que existen entre ambos flagelos. Es claro que esta es una tarea que solo los expertos pueden hacer con los métodos científicos adecuados. Sin embargo, no se necesita ser un experto para plantear la relación entre pobreza y violencia. En otras palabras, es necesario reconocer el factor económico, que confluye con otros factores para la generación y el desarrollo de las violencias que se han impuesto en México.
Hay un hecho que salta a la vista: es mucho más fácil conseguir un empleo con las organizaciones criminales que en el ámbito de la legalidad. Es mucho más fácil conseguir un cuerno de chivo que conseguir una beca. Y, claro la pobreza extrema de muchos los ha puesto en situaciones límite que han tenido que entrarle al mundo de la violencia, cosa nada justificable. La pobreza extrema puede poner al borde de este mundo tan irracional como turbulento.
Los factores económicos de la violencia se atienden de manera muy escasa y superficial porque se toca un asunto de fondo: el mismo modelo económico que es, de suyo, excluyente y generador de violencia. El capitalismo en su versión neoliberal que se nos ha impuesto es violento porque está sustentado en la acumulación de la riqueza y no se ocupa de la distribución de la misma. Este es un hecho demoledor: muchos quedan excluidos de los beneficios de este modelo de desarrollo y nuestro estado de Guerrero es una muestra. Los derechos humanos fundamentales a la alimentación, a la salud, a un trabajo digno, a una vivienda digna, a la educación no son garantizados, lo que abre las puestas a desigualdades y discriminaciones permanentes.
La atención a la pobreza la han visto los gobiernos como un tema de desarrollo social, como en el caso de la Cruzada contra el Hambre. ¿Qué pueden hacer estos programas? ¿Tienen capacidad para abatir la pobreza o solo la contienen? La contención de la pobreza es solamente un paliativo que no revierte los procesos de empobrecimiento y mantiene las causas estructurales de injusticia y de despojo a los pobres.
Por otro lado, el crimen organizado ha tenido logros sustanciales al proyectar sus acciones con un talante empresarial. Hay que pensar en la capacidad de Joaquín El Chapo Guzmán para hacer fortunas mediante el montaje de procesos trasnacionales en el tráfico de las drogas y de otras acciones criminales. En este sentido, el lavado de dinero erosiona la economía a mediano y a largo plazo.
La pobreza, sobre todo su versión extrema es un caldo de cultivo de la violencia. No en el sentido de que la pobreza induzca a la violencia, sino en el sentido de que aquélla genera condiciones para los abusos de los que tienen poder que suelen beneficiarse de la alta vulnerabilidad de las mayorías. Por ello, la mayoría de las víctimas de la violencia son, a la vez, víctimas de la pobreza. Por ello, en el ámbito de las estructuras debe preverse una transformación del modelo económico que transmite el virus de la violencia para contar con condiciones favorables al desarrollo integral de todas las personas y de los pueblos.




