Víctor Cardona Galindo
PÁGINAS DE ATOYAC
El Plan del Veladero
(Cuarta parte)
En los años 20 del siglo pasado la ciudad de Petatlán tenía cuando mucho unos 3 mil habitantes. Contaba con una gran plaza de la que partían cuatro calles formadas por chozas, casas de adobe y alguna que otra de ladrillo. El río era caudaloso y limpio. En ese escenario, y en los alrededores del santuario del Padre Jesús se dio el más sanguinario combate del que se tenga memoria en la Costa Grande.
El 20 de enero de 1924, como a las 7 de la mañana, los agraristas-obregonistas llegaron al panteón municipal de Tecpan. Sonaron los cuernos como muestra de que las autoridades de los pueblos venían en el contingente. Al oírse el toque del clarín y el ulular de los cuernos, los militares de la plaza corrieron para acuartelarse y esperar el ataque, pero este escándalo era sólo una estrategia de Silvestre Castro para que se encerraran en su cuartel y les dejaran el paso libre hacia Petatlán.
Narra Crescencio Otero Galeana que al avanzar la tropa de El Cirgüelo, los campesinos salían por todos lados armados con machetes, portando una que otra pistola vieja, o uno que otro 30-30 amarrado con mecates o alambre para sostener sus piezas. Algunas armas buenas las tenían guardadas desde 1911, cuando el pueblo se levantó en apoyo a Madero y quienes pudieron se las llevaron en esta ocasión.
Había muchos que no llevaban nada, ni siquiera un machete, a esos agraristas se les denominó “soldados de uña”. Iban de reserva, con la esperanza de que en la batalla al caer un combatiente pudieran apoderarse de su arma y así poder pelear contra los enemigos del agrarismo. Hubo hombres que al carecer de armas de fuego llevaban una honda y un morral lleno de piedras, pero iban decididos y eran grandes sus ganas de luchar. Los agraristas llegaron a Petatlán a las 7 de la mañana del 23 de enero. Pero los federales ya los seguían de cerca.
Cuando Silvestre Castro salió de Boca de Arroyo, los militares de Atoyac y de San Jerónimo quedaron en sus cuarteles desorientados, pero al día siguiente, al darse cuenta del movimiento de El Cirgüelo, el mayor Juan S. Flores salió en su persecución movilizando a los federales de Atoyac, con los llamados “voluntarios” de Chalío Radilla, quienes salieron a Tecpan por el rumbo de Santa María y entraron a la ciudad como a las 5 de la mañana.
Por el lado sur de Tecpan, y a la misma hora, llegó también el destacamento de federales de San Jerónimo de Juárez, apoyado por los guardias blancas. La tropa delahuertista pasó todo el día abasteciéndose y salieron el mismo día 21, rumbo a San Luis de la Loma.
Al llegar a Petatlán los agraristas recibieron de manos de Valente de la Cruz el armamento y el parque enviado por Álvaro Obregón y esperaron el arribo de sus enemigos. Por eso las primeras luces del 23 de enero de 1924, alumbraron el comienzo de uno de los mayores combates que se han librado en esta Costa Grande de Guerrero.
La batalla comenzó alrededor de las 9 de la mañana en el punto conocido como Los Timuches. Los delahuertistas se toparon con la avanzada de los primeros 25 bravos agraristas que fueron a contenerlos, mientras el resto de los campesinos armados se posicionaban de los puntos estratégicos en el pueblo. Dice Otero que el primer encuentro fue como a un kilómetro y medio antes de llegar a Petatlán y la avanzada fue integrada con gente de El Cirgüelo, de Baylón y de la sierra de Atoyac.
Después de pelear un momento la avanzada retrocedió y los delahuertistas pudieron entrar a la ciudad de Petatlán. Es por el libro El Movimiento Agrario Costeño y el líder agrarista profesor Valente de la Cruz de Otero Galeana que tenemos los pormenores del combate y de esa obra tomamos los datos.
La calle Reforma, siguiendo de sur a norte por la orilla oriente del Panteón Municipal, hasta llegar a la casa de Marcos Solís, la tomó a su cargo El Cirgüelo, con gente de Cacalutla y de la sierra de Atoyac. El lado sur de la calle llamada Las Mindiolas fue defendido por el teniente coronel Margarito Baylón y parte de la gente de la sierra de Atoyac. Comenzaron los gritos de desafío, rebuznos y relinchos, ante el temerario avance de sus enemigos. A distancia se oía el ulular de los cuernos que llamaban al combate. Luego no se escuchaban más que mentadas de madres y el incesante sonar de los máuseres 7 milímetros, los 30-30 y ese inconfundible cerrojo belga conocido como el cerrojo copetón que disparaba a dos tiempos y no fallaba un tiro.
La torre de la iglesia fue defendida por Valentín Fierro conocido como El gallo del Ticuí con unos agraristas de Nuxco y desde ese punto dominante causaron estragos e hicieron muchas bajas a los delahuertistas, principalmente a los soldados federales que se exponían más, porque iban uniformados y eran blanco fácil de los legendarios tiradores sierreños.
A Juan Mata Severiano le tocó defender una trinchera por el lado sur del pueblo, donde había un horcón que resistió tantos impactos que sus astillas se incrustaron en los cuerpos medio desnudos, sudorosos y sangrantes de los agraristas. Sentían la desesperación por el sol, el hambre y la sed, sin poder abandonar su posición, por sentirse responsables de su custodia. Se escuchaba la explosión de la dinamita, el silbido siniestro de los proyectiles en esa fiera lucha por obtener la victoria.
El agrarista Isabel Fierro, originario del Rincón de las Parotas de la sierra de Atoyac, padecía de estrabismo, pero eso no le impedía que fuera un buen tirador. Por eso recibió órdenes de Baldomero Vidales León, que de la posición dominante donde se encontraba, disparara contra la caballada delahuertista que estaba como a 100 metros en una barda. Isabel Fierro con Raymundo Alamar Farías de San Luis de la Loma mataron 26 caballos del enemigo, algunos traían amarrados en las sillas cirios y velas, pues los delahuertistas pensaban que después del triunfo, iban a velar a Padre Jesús de Petatlán, que es muy milagroso, pero en esa ocasión Papá Chú, no les hizo el prodigio. Tal vez porque los dos grupos eran sus devotos y adoradores asiduos.
A los delahuertistas después de luchar varias horas se les desplomó su resistencia. Estaban agotados y desilusionados por completo, destrozados en sus tres frentes de combate; sur, oriente y norte, con numerosas bajas. Por eso comenzaron a abandonar la ciudad por donde habían llegado, buscando reunirse en las afueras de Petatlán. Mientras los agraristas festejaban porque la sangre de los hermanos Escudero vertida hacía exactamente un mes, había sido vengada por el pueblo campesino que hizo justicia derrotando a los militares y guardias blancas que los habían asesinado.
En ese combate perecieron 42 hombres. Los cuerpos fueron colocados frente a la casa de la autoridad y fueron velados esa noche del 23 de enero y día siguiente se les dio sepultura. A los ocho caídos del bando agrarista se les sepultó dentro de ataúdes y los 34 muertos delahuertistas, como ya no hubo cajas en el pueblo, se les enterró en una fosa común.
Al recibir las cartas, Zacarías y Lucio Martínez se reunieron con muchos jefes agraristas y con sus compañeros y salieron rumbo a Tecpan, con objeto de sumarse a la columna de El Cirgüelo, pero como se demoraron en el camino de la sierra cuando llegaron a la costa supieron que ya había pasado el combate de Petatlán.
Rosalío Radilla y su tropa huyeron a San Jerónimo el Grande, de este lugar emprendieron la marcha a la sierra cafetalera pasando por Atoyac, Los Llanos de Santiago, San Francisco del Tibor, El Infiernillo a salir a Tierra Colorada, rumbo a Chilpancingo donde se fueron a sumar al general Rómulo Figueroa.
Por su parte el general Silvestre Castro, El Cirgüelo, después de dar sepultura a los que cayeron en ese sangriento combate, salió de Petatlán para Atoyac, donde hizo su entrada triunfal el primero de febrero de 1924. Su ejército, tanto la caballería como la infantería, venía en una ordenada columna de dos en fondo. El general Castro marchaba en la descubierta acompañado del gobernador del estado Rodolfo Neri y el general Valente de la Cruz; le seguían Amadeo y Baldomero Vidales, Celerino Cortés, Alberto Téllez, Jesús Pinzón, Mateo T. Ortiz, Pilar Hernández, Vicente Dionicio Cabañas, Rafael Sánchez, Tránsito Rosas, Panuncio Mendoza, Feliciano Radilla, Rafael Arteaga, Adrián Bello, Marcos Navarrete, Matías y Florentino Mejía y otros jefes fondeados por la bandera tricolor y la rojinegra.
Wilfrido Fierro comenta que la Marcha Dragona que tocaba el clarín de órdenes hacía más emocionante el paso de la tropa. La mayoría del pueblo atoyaquense se volcó a la calle Centenario (hoy Juan Álvarez) para recibir el contingente. El Cirgüelo fue aclamado y se lanzaron muchas vivas y flores. Hasta que el desfile llegó al centro de la ciudad, en donde hizo alto el personal como a las 10 de la mañana. Después de eso la tropa agrarista se acuarteló en lugares estratégicos porque se hablaba de que los delahuertistas vendrían por la revancha.
Estando en Atoyac, los principales jefes agraristas ordenaron que toda la manta que había en la fábrica del Ticuí fuera repartida a los campesinos combatientes, porque traían sus ropas sucias y desgarradas después del combate de Petatlán y de la travesía por esos inhóspitos lugares de la Costa Grande. Así uniformaron a la tropa con manta y se prepararon para continuar.
Después de permanecer parte de la semana en este lugar el general Castro emprendió una marcha rumbo a la capital del país. Al pasar por Coyuca de Benítez sostuvieron un combate con las fuerzas delahuertistas y con un cuerpo de voluntarios al mando de Ramón Gómez. Las hostilidades dieron principio a las 11 de la mañana del 7 de febrero de 1924, y terminaron en la madrugada del día siguiente cuando El Cirgüelo se retiró para evitar ser copado por algún refuerzo enemigo. Al amanecer, la plaza quedó evacuada por ambos bandos. Hubo varios muertos entre unos y otros.
En ese combate fue herido Baldomero, por eso Amadeo Vidales decidió que no podía continuar el viaje proyectado a la ciudad de México y se sumó a los jefes de la sierra de Atoyac: Zacarías Martínez, Francisco Pino, Juan Mata Severiano, Feliciano Radilla, Alberto Téllez, Gabino Juárez y a los hermanos Adrián y Arnulfo Vargas, que se quedaron a resguardar la plaza de Atoyac y con la comisión de continuar hostigando a los rebeldes delahuertistas, que andaban dispersos merodeando por algunos pueblos de la Costa Grande.
El general Castro siguió su camino por el rumbo de Tepetixtla, pasando por los pueblos de Santa Bárbara, Xaliaca, Yetla, Aplaxta, Tlacotepec, Teloloapan y Zacualpan del Estado de México en donde fue sitiado y atacado por los generales Tomás Toscano, Crisóforo Ocampo y el coronel Javier Chavarría. El sorpresivo ataque empezó a las 11:30 de la noche de aquel 23 de febrero de 1924. El Cirgüelo pidió telegráficamente refuerzos al general José Amarillas que se encontraba en Toluca. Ante el fuerte empuje de los atacantes, se vio obligado a jugarse el todo por el todo y ordenó a su gente romper el sitio en la madrugada, para ganar terreno al cruzar primero la Barranca de Manila, un paso muy peligroso y estratégico para acabar con un batallón. Al llegar a Llano Largo, se encontraron con el general Marcelo Caraveo, que venía en su ayuda y así continuaron su camino hacia la capital mexicana.
Mientras tanto aprovechando la ausencia de El Cirgüelo en la Costa Grande, el coronel Ambrosio Figueroa Mata, atacó en Atoyac a las fuerzas obregonistas al mando de los hermanos Vidales, el 6 de marzo de 1924. Los atacantes entraron por el poblado de El Ticuí y pasaron por los Tres Brazos donde los obregonistas salieron a su encuentro y a las 6 de la mañana comenzó el combate. A las primeras descargas murió un capitán delahuertista de apellido López. Las tropas de Figueroa se batieron en retirada buscando protección en la ciudad de donde fueron desalojados a las 6 de la tarde y huyeron por El Ticuí. Los figueroístas se fueron a pernoctar a la loma que está frente a Fábrica de Hilados y Tejidos. Al día siguiente los agraristas de Atoyac les hicieron fuego desde El Calvario obligándolos a huir por La Angostura. Luego por la playa rumbo al puerto de Acapulco.
A los pocos días de estar en la ciudad de México, Silvestre Castro recibió la orden del ministro de Guerra general Francisco R. Serrano, de salir a Villa Madero para encontrar a los generales Tomás Toscano, Crisóforo Ocampo y al coronel Javier Chavarría que habían solicitado indulto, orden que cumplió de inmediato. Por todas partes de la República empezaron a indultarse las fuerzas delahuertistas y en el estado de Guerrero, el 17 de marzo de 1924, depusieron las armas los generales Rómulo Figueroa y Crispín Sámano ante el general Roberto Cruz y en seguida lo hicieron los coroneles Ambrosio y Francisco Figueroa, ante el general Adrián Castrejón.




