Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Vite

El eslabón de la generación  perdida y el realismo sucio

(Primera de dos partes)

El escritor gringo James Salter publicó en 1997 Quemar los días (editorial Salamandra), lo que podría definirse como memorias de un caballero coquetón y elegantemente aventurero. Salter, quien ingresó a los 31 años de edad a la literatura, publicó en 1956 la novela The hunters, libro escrito durante las noches y los fines de semana mientras estaba en la fuerza aérea. En palabras del autor, esta novela sólo es una especie de juego infantil, un balbuceo de lo que estaba por venir.
Quemar los días, publicada cuando el autor tenía 77 años, es un correlato selectivo de la vida de este escritor judío, son las memorias que dibujan una vida afortunada. Salter estuvo rodeado de acontecimientos y personas extra-ordinarias, conoció a los protagonistas del siglo pasado, compartió con ellos, más de una vez, el pan y el vino en distintas geografías.
En sus memorias habla de la fabulosa isla de Manhattan, de los rigores de la academia militar de West Point; la vivencia extrema de un avión de combate y, sobre todo, la efervescencia de Nueva York, París y Roma.
El padre de Salter era un comerciante que se había recibido en West Point, la histórica universidad militar estadunidense. Salter terminó siguiendo los pasos de su padre. No era de los mejores alumnos, tampoco estaba entre los peores. No tenía un fervor militar aunque tampoco entró a la universidad obligado por su padre y, por lo tanto, con resentimientos. No tenía aspiraciones literarias, aunque era lector. Sentía una sed ambigua de gloria, de participar en grandes e históricos acontecimientos.
Al recibirse, ingresó a la fuerza aérea, donde fue aviador por 12 años. Se había perdido la Segunda Guerra Mundial, pero si algo sobra en este mundo son las guerras. La suya fue la de Corea. Fue voluntario. Llegó al teatro de operaciones en febrero de 1952, con 27 años de edad. Voló más de 100 misiones en aviones F-86, luchando en combates aéreos contra los MIG-15 de la Unión Soviética.
Con una especial mezcla de cinismo y sagacidad, este volumen reúne las grandes pasiones de Salter:  Europa, mujeres y la literatura.
Por la agudeza de sus observaciones sobre personalidades como Robert Redford, John Huston, Vladimir Nabokov e Irwin Shaw, este libro es una muestra de la simpleza de vivir gozosamente, de usar la inteligencia para combatir, a como dé lugar, la soledad.
Sus dos primeras novelas fueron The Hunters (1956) y The arm of flesh (1961), reescrita y publicada como Cassada en 2000. Juego y distracción (A sport and pastime 1967) le descubrió su búsqueda temática: la diferencia entre el amor y el deseo. Este libro es considerado de culto, tanto en Francia como en Estados Unidos, se le define como una novela erótica esencial del siglo pasado. Y aunque la historia es simple (narra el affaire entre un playboy estadunidense y una chica francesa de pueblo) parece que cada escena es un hecho novedoso. De menos de 200 páginas, Juego y distracción contiene sexo explícito, pero no en una forma descabellada, sino profundamente humana. La in-tención de Salter con esta novela fue: “Escribir un libro que fuera seductor en todas y cada una de sus páginas y que contrastara lo ordinario con  lo divino”. Parece que lo logró.
Sobre las características de su obra, Salter comentó en una entrevista que le brindó a Paris Review: “Yo soy una de esas personas a las que le gusta frotar las palabras, como si las tuviera en su mano cerrada. Sentirlas dar vuelta, chocar, y después elegir nada más que a las mejores. Tardo mucho en terminar un libro con este método que elegí. Los escritores de libros son compañeros en la vida de uno y, de tal manera, muchas veces resultan más interesantes que otros compañeros. Hombres en camino a ser ejecutados, a veces encuentran consuelo en pasajes de la Biblia, que es en realidad un libro escrito por grandes, aunque desconocidos, escritores. Hay muchos escritores y muchos de una magnitud apreciable, como las estrellas en los cielos, algunos visibles, otros no, pero todos derraman gloria”.
¿Por qué Salter decidió escribir? “Decidí escribir o perecer. Cambié mi nombre. Y estaba solo. Y cuando despegas, completamente solo, esa primera vez, es inolvidable. De repente sientes que tienes un par de alas sobre tu espalda, y puedes escribir algo que sientes que es glorioso. Hay una libertad en escribir. Me admiro más sobre la página que en la realidad. No quise convertirme en un escritor demasiado masculino, porque mi vida había sido masculina. Solamente esas cosas que han sido escritas tienen una posibilidad de ser reales. Al fin, es lo único que existe,  lo que ha sido escrito”, sentenció el autor que convivió con dos de los mejores narradores que haya dado Estados Unidos: Hemingway y Fitzge-rald. Aunque Salter no escribe como ellos, hay algo de ellos en este escritor para escritores.

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