José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
El Pueblo de Dios / y 4
*Desde finales del siglo pasado, filósofos y sociólogos afirmaban que éste sería el siglo de las religiones. Y las hay a puños, de todos colores y sabores, con diversas propuestas y a la medida espiritual y económica de cada ciudadano. Y de cada político, que en cualquier parroquia se hinca.
El ocaso de Othón
Hace rato que Othón Salazar ganó la presidencia municipal de Alcozauca y la Montaña de Guerrero se volvió la Montaña Roja. En su momento electoral, Othón “no prometió nada”, sin embargo en Pueblo de Dios “rogaron por él y cuando fue alcalde le pidieron apoyo para solventar los gastos de una fiesta y les dijo: ‘Ustedes deben tener más ingresos que aquí, puesto que a cada rato llegan visitantes, mientras que aquí es muy poco lo que otorga el gobierno’. Y no les dio nada. Cuando informaron al Señor, éste les dijo: ‘Déjenlo, ya no le pidan’. Tiempo después, luego de recibir un mensaje de Dios, sentenció: ‘Quedará el resto de su vida como una persona común e ignorada por muchos’. El referido (Othón) llegó todavía a ser diputado federal sin destacarse en ningún sentido, luego vino su marginación política aun cuando el PRD y sus antiguos discípulos lograron puestos importantes”…
Hace rato, también, que el Pueblo de Dios corresponde al PRD. No por el desolvido de dos alcaldes perredistas que “dejarían de pertenecer al partido, porque de alguna manera lo compensaba el que siempre respetarían los usos y costumbres del lugar mientras estuvieran en el poder municipal”. Juan Crescencio, como Santo Tomás, tenía respuesta para todo.
El rito de llegada a Pueblo de Dios era obligatorio para todos, “incluyendo a candidatos a elección popular y las autoridades de la cabecera municipal surgidos del Partido Comunista: ‘Me vi obligado a hacer los rituales, como requisito para platicar con ellos’, revelaría Othón Salazar en Tlapa cinco años después, haciendo alusión (a) cuando fue a su campaña política para alcalde. Ocasión en que el Señor pronosticó que iba a triunfar y lo logró a pesar de que obtuvo menos votos. Porque sus seguidores bloquearon el palacio municipal, hubo una negociación con el gobierno estatal y arrebataron el triunfo al partido tricolor…”
Walton, otro sentenciado
Luis Walton Aburto anda tras la alcaldía de Acapulco y busca la bendición de Juan Crescencio, pero éste se le esconde, molesto “porque el ritual ha sido de que como nuevo visitante debió de haber ido al sitio sagrado aun cuando no le diera audiencia. ¿Quién tuvo la culpa del desdén? Desde luego los opositores, por creer que al tener a los cantores tradicionales iban hacer que el visitante lograra su propósito político.”
“El 5 de octubre de 2008 se realizan elecciones y se elige al perredista Julio César Salme-rón Salazar para alcalde del municipio. Se trata de un fiel al Señor. Se cumple lo que Dios anunció en octubre de 2006 y lo ratificó la Virgen cuando, desde de la lomita, provino una voz para decir cinco veces: ‘¡Julio quedará!’. También se confirma otra predicción, el senador Luis Walton Aburto no gana la presidencia municipal de Acapulco. Impugna el resultado y le resulta inútil, pues ya estaba sentenciado por Dios”.
A lo largo de estos años, Juan Crecencio ha sufrido 10 atentados contra su vida, y sigue de pie.
De la Meca a la seca
El Pueblo de Dios está ubicado en una de regiones montañesas más altas, marginadas, improductivas y pobres de la tierra. Al parecer, la Montaña Roja quedó como mojón del proceso democrático de México –y del de la izquierda en particular–, pero fue incapaz de conjugar el aislamiento, la diversidad cultural, el analfabetismo, la falta de capacitación y la miseria regional en proyectos productivos y culturales viables y durareros. El PRI recuperó el municipio, pero no se habían ido el caciquismo, ni los robavacas, ni los amapoleros, ni los asesinatos por la tierra. Las cuentas del machismo que ahí impera son graves e indignantes y cuentan con las venias divinas o simplemente son como deben ser. Es este caldo hirviente, donde el cielo está más cerca y llueven más piedras fugaces que en ningún otro lado del mundo y donde, junto a la inmensa naturaleza, la vida social semeja un microcosmos de posesiones, capacidades, relaciones, virtudes y vicios, abundan los brujos, las lectoras de cartas, las traductoras de sueños, los curanderos y los elegidos de Dios.
Estábamos bien con Dios…
Si, en el siglo XIX, para Dostoievski Dios había muerto y por lo tanto todo estaba permitido, para Nietzsche la certeza de la existencia de un Dios había hecho cobardes a los seres humanos. “Todos estábamos bien con Dios… –apuntilló Tito Monterroso, de otra manera–, hasta que apareció la Iglesia”. Desde finales del siglo pasado, sin embargo, filósofos y sociólogos afirmaban que éste sería el siglo de las religiones. Ahora vemos que, antes que augurar reconcentraciones espirituales individuales o recapacitaciones colectivas, se referían al incremento desmedido de las religiones. Bajo el lema de: vámonos haciendo ricos fundando una religión si no no vamos a pasar de pericos-perros, no faltan hermanos de la cruz o de los clavos de la cruz que barajan los problemas y el dolor de fieles ansiosos de respuestas, ni los que combinan Dios, Salud, Progreso y Éxito, como el norteamericano que controla vidas y cuentas bancarias de políticos y artistas del pelo de Tom Cruise y John Travolta.
O seáse: hay religiones a puños, de todos colores y sabores, con diversas propuestas y a la medida espiritual y económica de cada ciudadano.
Por eso la teología de Juan Crescencio, de apariencia elemental, se pasa de suficiente: Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar; en los árboles y las piedras, en el agua y en la naturaleza de la gente. Cielo e infierno (sin purgatorio a la vista) son los mismos de la literatura cristiana medieval, de donde también proviene la numerosa aparición de vírgenes y santos (si algo ha faltado aquí es la figura de los ángeles). Pleno de fe y tesonudo a más no poder, Juan Crescencio enriqueció su imagen con la difusión de sus sueños reveladores y los milagros en que ha estado presente o que ha promovido, pero, para empezar, con el propósito súper mayúsculo y genial de crear en el lomo de la montaña una, dos, tres o cuatro iglesias dedicadas a la adoración de Dios aparecido, con su pueblo correspondiente. En el tenor católico, el Dios de Juan Crescencio es dictaminador e intolerante, machista y manipulador, vengativo… y elector. Y Juan Crescencio es su profeta.
Las almas ciudadanas
Ya vimos cómo los políticos son fanáticos religiosos…, sobre todo en época de elecciones, y la ruda respuesta que el obispo Alejo Zavala Castro dio a la supuesta aparición a Dios y, de paso, a la difundida versión que el Señor Juan era el Hijo Predilecto de Dios. En el Bajío los alcaldes panistas cambian bustos de Juárez por estatuas del Arcángel Gabriel, mientras sin el menor pudor respecto a la intimidad implícita a los sentimientos religiosos personales, presidentes de la República, gobernadores, al-caldes y hasta diputados encomiendan a Dios la dirección de la administración que a ellos le encargaron los ciudadanos y, políticos al fin, en cualquier parroquia se hincan.
Las almas ciudadanas buscan refugio en las religiones, todas signadas por el temor a Dios pero como quiera menos terrible que la disolución familiar, los problemas económicos o el terror cotidiano que viven creyentes y ateos. Angustiosa y competitivamente, la católica desecha al cansado y represivo Ratzinger y nombra a un Papa dinámico, locamente propositivo y simpaticón, quien de buenas a primeras se da cuenta de que la iglesia se está quedando atrás de la Historia y anuncia que debe volver los ojos al pueblo, a los pobres, cuando sabemos que sempiternamente ha estado junto al poder y en contra de la Historia. ¿Su apuesta? Recuperar lo que siempre ha tenido: el control de lo mejor de la especie humana: el espíritu, es decir: la inteligencia y el motor del ánimo colectivo. Doctores en teología, los Papas saben de los miles de niños violentados por curas en Es-tados Unidos (callaron su boca con millones de dólares), en México y el mundo, de los desmanes con que decenas de individuos con sotana ejercen el sacerdocio, de las interesadas y secretas relaciones que mantienen con los grupos conservadores y adinerados, pero fingen creer en Dios. La iglesia asimila, perdona los pecados de la concurrencia, con una cuota “voluntaria” mínima: vivir en estado contemplativo, creer en La Otra Vida, pagar puntualmente el diezmo, y sumisión absoluta. La fe es lo de menos. O casi: como la violencia, desmedida y con insólitos lujos de crueldad, pulveriza todo, porque todo alcanza: vidas y familias para empezar, y no es extraño que las propuestas de concordia política y social eclesiásticas reboten en las cúpulas de las parroquias y templos del estado de Gue-rrero, donde, si un milagro es-peran las almas ciudadanas, es la recuperación de la paz; en cuestión de sueños, revelaciones y milagros la iglesia católica no se queda atrás.
Los científicos concluyen
que Dios no tiene ADN
Con pruebas improbables el Vaticano santificó a dos pontífices y, como San Felipe de Neri (con fuertes raíces chilpancingueñas) les pareció poco, hace poco “reconocieron” a dos o tres santos mexicanos, válgalos Dios. Así tenemos que el obispo Alejo Zavala Castro, quien en 1987 renegó de las “piedras y palos” en que Juan Crescencio “encontró” a Dios, este año –corría mayo– convocó a un “simposio internacional” (Hacia un diálogo entre la ciencia y la fe, El Sol de Chilpancingo, 26-mayo-2013), en el que presentaron resultados de los análisis de una hostia (encontrada en Tixtla) que mostraba manchas de sangre de Jesucristo. Si algún lector se pregunta si existen científicos que avalen un milagro, va a resultar que sí: en un giro tipo El Código Da Vince, Indiana Jones o el Pueblo de Dios, los científicos reconocieron que la sangre de la hostia era humana, pero que no pudieron descifrar el ADN, “porque Jesús no tiene padre, su padre es el Espíritu Santo”.
Evangelismo político
Si Juan Crescencio es el profeta de Dios, Francisco Meléndez Vázquez es el evangelista del profeta. Durante muchos años recopiló vida y milagros de Juan Crescencio con empeño profesional y declarada fe. Buen narrador, muy pronto se muestra lejos de estar realizando un relato objetivo: de hecho, termina siendo una especie de alter ego de Juan Crescencio, para no decir un cómplice o un iluminado más. Constata visiones, llega a atestiguar milagros y en lugar de decir él o ellos dice nosotros. Mientras escribe su obra pregunta al Señor Juan, de quien por cierto es familiar político, cuándo la debe terminar. Antes de salir nominado como supervisor escolar por la SEG, lo soñó.
Sólo por el sello de PACMyC 2011 nos enteramos de que el libro fue impreso ese año (pues carece de datos de publicación y del autor), de donde inferimos que fue aprobado durante el sexenio de Zeferino Torreblanca y publicado por el gobierno de Ángel Aguirre Rivero. Con el auspicio de este Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias se han publicado muchos libros, varios de los cuales han violado flagrantemente las reglas de publicación: autores que venden el li-bro a sabiendas de que se debe regalar a la comunidad, ediciones que han recibido otros apoyos financieros, etc.
En la primera página de El Pueblo de Dios está impreso que el programa es de carácter público, no es patrocinado ni promovido por partido político alguno y sus recursos provienen de los impuestos que pagan todos los contribuyen-tes. Enseguida estipula que está prohibido el uso de este programa con fines políticos, electorales, de lucro y otros distintos a los establecidos, como anuncio, alrevesado, de lo que el lector va a encontrar en las 500 páginas que siguen.




