Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
La inteligencia colectiva
Si me limito al universo de mis redes sociales y confío en los comentarios de mis vecinos virtuales para pulsar la opinión de los mexicanos sobre el sistema político y la calidad de nuestra vida democrática, tons digo que las cosas ‘tan pior de lo que pensaba.
Por ejemplo, lo dicho y opinado la semana antepasada en este espacio, a propósito de la urgencia de verdaderos proyectos de los partidos y sus candidatos a la gubernatura estatal, mereció agrios y airados comentarios.
“¿Sabes por qué no creo en esto que llaman democracia?, por la simple y sencilla razón de que el pueblo no interviene en la designación de candidatos, el pueblo vota por candidatos que eligieron otros”, dijo uno.
“¿Para qué sirve el gobierno, o el aparato de Estado todo si no garantiza la seguridad de los ciudadanos? ¿Para qué sirven los procesos electorales si los ciudadanos sólo podemos elegir a los que no resolverán los problemas de la gente y si se robarán los dineros del pueblo? Nuestro sistema está completamente podrido. ¿Cuánto durará en derrumbarse? ¿Así seguiremos por generaciones? Yo nomás pregunto”, escribió otro, ambos en mi muro de Facebook.
Uno más, menos cáustico pero tan contundente como los primeros, recordó que “el poder por el poder nunca da beneficio al ciudadano. El único que debería ganar es el gobernado, no el aspirante a gobernante”.
Sin embargo, en 9 de los 12 comentarios que recibí vía Facebook y correo electrónico, prevaleció la desesperanza cínica, como este: “Vergüenza no hay, y la ignorancia abunda y sobra, así que, pasen adelante y ¡¡¡sírvanse al gusto señores!!!!”.
Pero ¿cómo confiar en el universo tan pequeño y limitado referido al principio, como para concluir semejantes gravedades nacionales? Otro gallo me cantaría si mis dichos y opiniones convocaran lo que los de otros convocan con aparente facilidad y sorprendente frecuencia.
En Facebook, por ejemplo, ningún Canal Privado ha convocado más de 20 comentarios y 40 Me gusta, cuando los citados convocan 100 de los primeros y 130 de los segundos. Lo más gacho para este escribidor no es eso, sino que lo logren con dichos y opiniones pedestres y triviales como: “amanecí con güeva” (86 y 94); “desayunando aporreadillo” (87 y 102); “en el gym haciendo cardio” (98 y 110).
Chale. Es obvio que los nuevos medios digitales siguen usándose como los viejos: para entretener, distraer, escapar y medio informar. Es obvio que las redes sociales en México aún están lejos de cumplir su promesa de participación ciudadana y cambio democrático; sin duda ya viven avatares que se expresan libremente y con independencia crítica, pero son los menos y los más desarticulados.
Aunque hace algunas décadas era impensable el nivel de hiperconexión que existe hoy, estamos lejos aún del Shock del futuro como tituló su libro el escritor y futurista estadunidense Alvin Toffler en 1970, cuando escribió que el motor del cambio era la tecnología impulsada por el conocimiento, y que la última parte del proceso de innovación era la etapa de la difusión en que la tecnología ayuda a engendrar nuevas ideas creadoras.
Es cierto e inocultable, la combinación de los avances de la telefonía móvil y las computadoras personales nos permiten conectarnos a Internet en casi cualquier lugar en todo momento. Los avances de las herramientas digitales nos han convertido en nómadas, errantes pero enlazados a nuestro mundo social. Dejando fuera a la población que no es parte de este fenómeno, se puede analizar el sistema a través de los individuos permanentemente conectados que tienen acceso a la tecnología de punta de los aparatos móviles, que les permiten tomar fotografías, grabar video y audio, escribir y enviar un correo electrónico desde un dispositivo celular por medio de una conexión inalámbrica a Internet.
De esta forma las redes sociales se han virtualizado y tecnologizado. Las comunidades hiperconectadas comparten un interés básico y una misma condición que les permite interactuar entre ellos por medios que podrían parecerles invisibles y casi naturales. Conforman una comunidad constantemente conectada e informada de lo que sucede con las otras personas que están dentro del mismo grupo y que han naturalizado el proceso de navegar por la red y vincularse virtualmente.
Sin embargo, el funcionamiento de estas comunidades depende de los contenidos que cada uno de los individuos agrega a la red, lo cual provoca una constante creación de conocimiento colectivo compartido de forma sincrónica.
Según el filósofo francés Pierre Lévy, en su libro La inteligencia colectiva, ésta es la suma de inteligencias personales que forman un sistema colaborativo inclusivo, el cual suma el conocimiento de varios individuos para generar un conocimiento colectivo liberado en una democracia virtual.
Este sistema busca un “comportamiento emergente globalmente inteligente” en un espacio sin estructuras de poder censuradoras de contenido y de acción. Las motivaciones pueden ser ideológicas o de otra índole, pero el fin es generar una convocatoria para quienes siguen dicha comunidad a través de la red.
Ejemplo de esto son las “invitaciones” para los eventos en Facebook donde se elige a una serie de personas dentro y fuera de la red, quienes pueden responder dentro del mismo sistema si asistirán o no. Lo nuevo de este tipo de transmisión es la segregación social de los no “contagiados” por esta tendencia, siendo excluidos del proceso de creación de inteligencia colectiva en el plano virtual por su ausencia de participación dentro de la red. En este sentido, la duda reside en si es necesario o no que los individuos que forman parte de la creación del conocimiento colectivo deben ser parte de una red social establecida o deben conocerse individualmente entre ellos.
Lo cierto es que para transformar una red social en un lugar de participación ciudadana se necesita un componente cívico, el cual se conforma de personas o instituciones que sean reconocidas como ciudadanos de un país o una ciudad y tengan una serie de deberes y derechos en ese territorio. Las herramientas de participación ciudadana que ofrecen las redes sociales van más allá de las herramientas tecnológicas, porque estas herramientas ya existen en la web. La herramienta más potente de una red social virtual es el hecho de ser libre y virtual.
Son una potente herramienta de coordinación y manifestación de las personas que las componen, ya que conjugan una serie de herramientas virtuales utilizadas a diario que se combinan con la participación ciudadana fuera de lo virtual, tornándose en una multitud inteligente.
Eso dice Lévy y otros ilustres como él, pero otros son menos optimistas y califican a las redes sociales como una pérdida de tiempo y procastinación (acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables).
¿El hábito les suena familiar? A mí sí.
Pero, terco yo, me quedo con los buenos augurios de los optimistas, quienes confían en que con la motivación social suficiente para generar la inteligencia colectiva obtendremos multitudes preocupadas y activas por sus derechos y deberes civiles, cruzando la línea de lo virtual para generar un movimiento social.
Para ellos, las nuevas herramientas de participación social no son simplemente tecnológicas, sino que nos devuelven el ánimo de participar y cuidar nuestras comunidades y hacer valer nuestra ciudadanía, algo perdido por las sociedades industrializadas sometidas y cansadas de su entorno social. Las nuevas redes, confían, revolverán la inconsciencia colectiva y rescatarán el espíritu social anterior a la época neoliberal, con valores éticos que a simple vista parecen una utopía.
Ojalá.




