Julio César Ocaña
(Primera parte)
La Iglesia católica y el fallido “combate frontal…”
A la memoria del camarada Cuauhtémoc Sandoval Ramírez.
El crimen, como manifestación del mal, no es un tema estrictamente moral, sino, primordialmente, fruto de la exclusión económica, social, política y cultural a que se ven sometidos cada vez más seres humanos en todo el mundo, no sólo en Guerrero, no sólo en México.
Quienes no encuentran un lugar digno en la sociedad, se frustran y desesperan, se alimentan de resentimiento y rencor y se convierten en sus enemigos. Al serles negadas opciones viables de desarrollo humano y al perder o confundir sus referentes morales y éticos, se envilecen y se degradan, pasando a engrosar las filas de la delincuencia en sus variopintas manifestaciones.
En su clásico La situación de la clase obrera en Inglaterra, Federico Engels escribió a mediados del siglo XIX:
“Cuando un individuo hace a otro individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio; si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero cuando la sociedad pone a centenares de proletarios en una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras condiciones de vida, de modo que les resulta imposible subsistir; cuando ella los obliga por el brazo poderoso de la ley a permanecer en esa situación hasta que sobrevenga la muerte, que es la consecuencia inevitable de ello; …cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que subsistan, entonces lo que se comete es un crimen, muy parecido al cometido por un individuo, salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la muerte de la víctima parece natural, y que es pecar menos por comisión que por omisión. Pero no por ello es menos un crimen.”
Por eso los gravísimos problemas de justicia y seguridad pública que venimos padeciendo los mexicanos no se resolverán combatiendo “frontalmente” a los delincuentes y sanguinarios asesinos que asolan nuestros campos y ciudades, con lo cual no está dicho que no se deba sancionar el delito y al delincuente. Esta última es tarea orgánica y permanente del Estado y de su aparato de justicia y seguridad, aquí y en China. No es este el punto.
Estamos ante un reto conceptual. Muchos coincidimos en que el crimen no es una causa, sino una consecuencia, y, en este sentido, sabemos que no es combatiendo consecuencias como se abaten las causas.
Sin embargo, el problema no es tan sencillo como pudiera parecer. Cualquier plan destinado a reducir los índices de criminalidad de manera sustantiva, implicará el diseño de acciones integrales de orden económico, jurídico, educativo y cultural; incluso, de vastos programas que más que destinados a “combatir” el crimen, deberán estar destinados a evitarlo.
Tenemos que ponernos de acuerdo en las causas de los síntomas. Explayarnos en secuelas no hace mucha falta, pues éstas son más que evidentes, son palpables y sufribles por todos. El cuadro clínico es lugar común en la opinión pública mexicana. Datos y cifras del crimen son parte del acervo informativo de todos los mexicanos.
Más bien tendríamos que comenzar por coincidir en que estamos ante las consecuencias de una gran y esencial causa, y de múltiples causales específicas, concatenadas unas con otras; y es que en este problema, que a todos nos atañe, somos todos también presuntos implicados, y, o lo resolvemos entre todos, o el problema persistirá ante la impotencia por nuestra incapacidad para entenderlo y afrontarlo de común acuerdo.
No podemos sacar la carreta del fango, unos jalando hacia la izquierda y otros tirando hacia la derecha. Es de aquí de donde debemos partir. Comencemos, pues, por ponernos de acuerdo en la naturaleza del problema al que nos enfrentamos. Comencemos dejando por sentado que el gran y decisivo crimen que tenemos enfrente, y del cual es víctima la mayor parte de la población, es el crimen de la exclusión económica y social, y por tanto cultural y educativa, al que nos somete, día con día, un sistema económico y un régimen político orientados a beneficiar a cada vez menos poderosos, en perjuicio de cada vez más mujeres y hombres trabajadores del campo y la ciudad. En este entendido, tendríamos que concluir que mientras no se modifique este estado de cosas radicalmente, sólo alcanzaremos resultados parciales, y ni el gobierno como gobierno, ni la sociedad como tal, obtendrán, a la larga, resultados verdaderamente satisfactorios. “Operativos guerreros” aquí, “operativos jarochos” allá, seguiremos enfrascados en el tan mediático como contraproducente alborotamiento de avisperos, y exasperando el ánimo social, generando, además, un escenario bélico también en el imaginario común, que menos aún contribuirá a la tan traída y llevada “reconstrucción del tejido social”.
El endurecimiento del aparato coercitivo y la creciente militarización de las tareas policiales del Estado, contribuyen, por otra parte, a la creación de un peligroso caldo de cultivo propicio para la criminalización de la lucha y la protesta social. El caso Ayotzinapa es apenas un pequeño botón de muestra de lo que podría esperarnos, de mantenerse esta tendencia.
El crimen no es ajeno a la historia del hombre ni a su historia real ni a su historia mítica, que no es otra cosa que reflejo de la primera.
La Biblia apenas comienza y ya encontramos, en Caín, el primogénito de Adán, al primer asesino de la historia sagrada; y la Roma eterna, ya desde los inicios de su eternidad, nos cuenta cómo Rómulo mató a Remo por violar sus límites territoriales. El crimen ha sido, incluso, inspirador de excelsas obras literarias, como la que nos legó el novelista rusto Dostoievski con Crimen y castigo, donde revela una nítida radiografía psicológica del crimen y de su entorno social; aunque bien mirado, psicología por aquí, psicología por allá, en el fondo de las motivaciones criminales de Raskolnikov encontramos su deprimente y frustrante situación económica, y el codicioso abuso de la avara agiotista, objeto de su decisión fatal.
Exagerando tan sólo un poquito, podría decirse que la historia de la humanidad es la historia de sus guerras y de sus crímenes; de abusos y vejaciones, de invasiones, ocupaciones, violaciones y traiciones…
La existencia del crimen es, pues, tan vieja como el hombre mismo, y no nos sorprende que así sea. Opiniones aparte acerca de la bondad o la maldad de la naturaleza humana, pues así como Maquiavelo, conocedor por excelencia de la historia, y familiarizado con los vericuetos del poder, afirmaba que el hombre es malo por naturaleza, y sólo se hace bueno por necesidad, hay quienes afirman lo contrario, como también quienes pensamos que el hombre no es ni bueno ni malo por naturaleza, sino que, por naturaleza, simplemente goza del libre albedrío que le dota del don de la elección.
Mas, lo que si nos sorprende, y no debería dejar de sorprendernos, es la horrenda dimensión y la extrema brutalidad de que hace gala semejante manifestación humana; o mejor dicho, anti humana, en nuestro país y, particularmente, en nuestro querido Guerrero.
Dejo por sentado que las causas últimas del crimen, como fenómeno social, se hallan en la esfera de lo económico; no obstante, no es suficiente la causa esencial para explicar el fenómeno del todo, mucho menos los componentes de saña y crueldad excesiva, de los cuales somos víctimas muchos, y testigos todos. Es aquí donde lo atribuyo a la pérdida de referentes morales del delincuente, de la cual hice mención líneas arriba.
En los brutales crímenes que se suceden podemos observar la mano inclemente y sanguinaria de bestias humanas que, sin el mínimo miramiento, son capaces de asesinar de la forma más vil y sin distinguir a hombres, mujeres y niños, como si de insectos se tratara. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a semejantes niveles de inhumanidad y desamor en un país que se precia de ser 90 por ciento creyente en Jesucristo? ¿En un país donde presumimos de nuestro fervor guadalupano?
Es, a todas luces evidente, que la institución encargada por oficio divino y por tradición, de educar al pueblo en las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, ha fallado. La iglesia y sus pastores han fallado en su misión evangelizadora. ¿Y por qué han fallado? Acaso porque se han preocupado por afianzar un poder terrenal, más que en construir el reino de Dios en la tierra. Y recordemos que Dios, según Jesucristo, es amor. Y entonces, irreverentemente, pero no sin justificada curiosidad, pregunto yo: ¿es amor lo que nos inspira la conducta y las posturas de personajes como los cardenales mexicanos? ¿Es amor lo que nos inspiran obispos y prelados eclesiales? ¿Es amor lo que en verdad predican con sus hechos? ¿O acaso están más ocupados en obtener beneficios materiales, y en distraer a su grey con la práctica de ritos y ceremonias que han logrado convertir en las más arraigadas tradiciones populares, alejando a los creyentes de las verdaderas enseñanzas de la religión?
La jerarquía eclesiástica es, en muy buena parte, responsable de que los creyentes hayan trastocado los valores esenciales de la religión, y de que hayan logrado, como fatal consecuencia, hacer creer a los fieles, delincuentes o no, que bastan ritos y ceremonias, o pintarse una “virgencita” en el pecho, para considerarse “cristianos”. ¿O cuál es el mensaje que proyectan clérigos que aceptan jugosos donativos de los narcotraficantes para las supuestas “causas de Dios”? Poco falta para que vuelvan a vender indulgencias y hasta pedacitos de cielo, acordes al bolsillo del cliente… (Acaso tuviera razón Nietzsche, cuando sentenció que “el último cristiano murió crucificado”).
¿Qué otra referencia moral de mayor peso podríamos mencionar en un país con una exacerbada conciencia religiosa desde tiempos ancestrales, que la Iglesia católica y sus “pastores”?
Pero no es esta institución la única que ha contribuido decididamente a que perdamos o confundamos nuestros referentes morales. La clase política mexicana no se queda atrás. Los gobernantes y funcionarios, los jueces y legisladores, son figuras públicas visibles e influyentes que al carecer de solvencia ética y moral han venido a socavar también, y en gran medida, el universo de los valores éticos que alguna vez tuvimos los mexicanos. El día de hoy las palabras “político”, “partido”, “candidato”, “presidente”, “gobernador”, “diputado y senador”, la palabra “juez”, la palabra “policía” son sinónimos de corrupción, de codicia, de mentira y de traición.
Algunos dirán que es la familia la institución social encargada de transmitir los valores humanos a niños y jóvenes, y podrán tener parte de razón en ello, pero ¿cómo podríamos responsabilizar tan sólo a los padres y a las madres de la pérdida de valores, cuando ellos mismos son víctimas, por un lado, de la deplorable situación de carencia económica, misma que es fuente de conflictos y desavenencias que conducen, invariablemente, a la desintegración familiar, en tanto que, por otra parte son, padres y madres, objeto de la fallida evangelización de sus guías religiosos, principales exponentes y ejemplos de la moralidad que debería conducir a la grey católica? ¿Cómo culpar a los jefes de familia, si son aleccionados, día con día, por la incongruencia entre palabras y hechos de políticos y gobernantes mentirosos, mezquinos y ambiciosos, que por aquí nos dicen que sólo quieren servir al pueblo, mientras que, lo que en realidad hacen, es servirse con la cuchara grande, y beneficiar a sus parientes y allegados para formar y consolidar sus respectivos clanes y feudos políticos?
¿Cómo no vamos a naufragar ante semejante situación?




