Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Un coctel de altura

Óscar Ricardo Muñoz Cano

Se enchina el cuerpo, qué hermosa o qué impresión. Es un hecho, no queda más que destapar el frasco de los adjetivos y lanzar, como balas de salva al aire, una descarga de admiraciones: fabulosa, extraordinaria, ¡quimérica!
Así decía, palabras más palabras menos, un texto de Vicente Leñero y así, palabras más palabras menos, exclamaban quienes por primera vez subieron la noche del jueves y descubrieron la Casa de los Vientos, y que con seguridad no saben quién es Vicente Leñero.
Empujados por una brisa fresca y atraídos por la historia de que Diego Rivera estuvo en esa casa ubicada en el cerro de La Pinzona viendo puestas de sol, respirando la sal y escuchando el mar mientras trabajaba, todavía los menos sabrían que por esos jardines que pisotearon y en los muebles donde regaron alcohol o ceniza de cigarro estuvieron gente como Helen Hayes, Carlos Pellicer o Juan Soriano.
No obstante, los pocos que sí lo sabían permanecieron discretos, al cobijo de una luna menguante, como la de Lorca y su Balada ingenua, (bueno, no tanto) sabedores de la profanación del recinto que se anunció como museo y que inició formalmente sus actividades sirviendo como salón de fiestas para homenajear a una artista francesa.
Aún recuerdo cuando en mayo pasado, Manuel Zepeda, titular de la Secretaría de Cultura de Guerrero, hablaba de que el lugar sería dedicado a difundir la identidad cultural propia y recuerdo aún más cuando entrevisté a su directora, Cristina Navarrete, y me afirmaba lo mismo, que sería “un remanso cultural”.
¿Qué pasó?
Luego de subir por la antigua calle Inalámbrica y no marearme por tanta curva y bache llegué de pronto, como en los sueños, o las pesadillas, frente una oscura serpiente emplumada: Quetzacoatl. A oscuras. Y no tenía que ser de otro modo. Era un evento particular, íntimo, casi privado. Unas setenta u ochenta personas recorrieron la mansión de más de tres mil metros cuadrados de arriba a abajo; la secretaria de Desarrollo Social del estado Beatriz Mojica; Blanca Reina, prima del gobernador y Karla Garibo, ex pre-candidata a la alcaldía de Acapulco.
¿Y por qué no, si el gobierno actual gastó millones para comprar la propiedad a sus dueños?
Claro, no faltaron mirreyes y niñas bien, así como artistas, creadores o promotores culturales que con la música de Agustín Lara de fondo posaron ante las lentes de las revistas de sociedad sin problemas, o subieron fotos a las redes sociales a sabiendas de que –entre cervezas importadas, cubas libres, palomas, pero sobre todo, entre tamales de pescado, chalupas de requesón o caldo de camarón– deambulaba el espíritu de un genio capaz de vivir a expensas del Estado y salir a las calles a protestar contra el mismo.
Y muy activo, el director de la Alianza Francesa en Acapulco, Jean-Christophe Napias, quien solicitó el recinto para realizar su fiesta, y no perdió detalle cuando empezó el evento en sí: el coctel ofrecido a Nicole Holstein.
El proyecto, loable, encomiable, respetable: tallerear con habitantes del Barrio bravo de Petaquillas así como con artistas locales sobre el manejo del mosaico y diseñar un mural de catorce metros en algún sitio.
Pero su propio boletín informativo advirtió: “posiblemente es un ejercicio, que de tener éxito…”.
Y completé la lectura del documento, y vi que el proyecto es básicamente para que Petaquillas sea recuperado como atractivo turístico e histórico sin especificar si eso les va a dejar a los vecinos algún provecho, y que cuenta con el apoyo de la Alianza Francesa, Sedesol y para mi sorpresa, de la fundación Carlos Slim, cuyo representante, Adrián Pandal fumaba y fumaba echando su ceniza con descuido por uno de las ventanales de la casa.
Me preparé pues, para escuchar, los discursos: los de la Alianza Francesa, el de Pandal y el de Mojica quien curiosamente señaló: “para mejorar, hay que empezar con las pequeñas cosas”.
¿Cambios? ¿Cuáles cambios? Al tiempo que recordaba las fiestas y los abusos realizados en este puerto por el nefasto Maximino Ávila Camacho, verdadero orgullo del nepotismo priista.
Sonreí.
Y para cuando intenté hacer algo distinto, (porque juro, intenté hacerlo y no escribir esta crónica) y me di a la tarea de saber la opinión de la gente de Petaquillas respecto a la utilidad de los famosos talleres y el mentado mural, alguien, una mujer de edad y trago en mano, finalmente me dijo: “¿Petaquillas? No, no invitamos a nadie, pero si quieres los puedes buscar en su barrio o en los talleres abajo, en el fuerte de San Diego…”, mientras el primer vaso se estrellaba contra el piso y que no logró disfrazar un bolerito del maestro Agustín Lara que sonaba en el ambiente. Eran apenas las 10 de la noche.
Ya no quise decirle nada, no pude decirle nada, mejor me apuré a salir y bajé escaleras y abrí puertas y me alejé de la casa y qué hermosa, qué impresión, se me enchinó el cuerpo, quien sabe por qué, mientras el cielo se aprestaba a dejar caer un aguacero que como las buenas nuevas, los verdaderos vientos de cambio, nunca llegó.

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