Federico Vite
El eslabón de la generación perdida y el realismo sucio
(Segunda de dos partes)
James Salter explora la masculinidad desde la perspectiva del deseo. No le interesa la cuota de machismo expuesta literariamente por el viejo Hemingway ni la excéntrica apuesta para desmenuzar el dandismo que el buen Francis Scott Fitzgerald postuló en toda su obra. Salter, quien señala como principales influencias literarias a varios escritores franceses, se siente identificado con el Henry Miller que conoció a la perfección París y se confunde con la propuesta de Norman Mailer, a quien definió como un talentoso polemista profesional.
Salter es considerado el heredero de los temas que tanto Scott (embelesado con los encantos de la vida burguesa) como Hem (defensa a ultranza de la fortaleza viril) trabajaron en sus diversos libros, por eso lo llaman eslabón de la generación perdida, aunque su incursión en el realismo sucio más bien es una pretensión de editorial; se le recordará siempre por la sui generis indagación erótica. Al analizar esta búsqueda, u obsesión del escritor, muchos de los lectores quedarán sorprendidos de que se le denomine realismo sucio a las descripciones explícitas del ayuntamiento carnal.
Salter es un autor europeizado que abreva de Gide, Céline, Proust y Collete, pero destaca a Roth, De Lillo, Updike, Irving, Ford y Pychon como los novelistas más logrados de Estados Unidos. A él, como refiere en la emblemática entrevista que le hizo Edward Hirsch en los 90 del siglo pasado para la publicación París Review, le han hecho enormes comparaciones con los geniales Hem y Scott. Me ha resultado tentador y odioso, señala, notar que mi obra lleva una etiqueta, pero los temas que abordo no son exclusivos de nadie.
Salter tarda mucho en terminar un libro. Crea sus personajes con calma, pule frases una y otra vez hasta sentir que ha llegado al tono adecuado. Escribe diario, lee diario, piensa a cada instante en su obra. No tengo tiempo, comenta, para pensar en lo que hizo Hem o Scott. “Algunos de los temas que ellos tocaron son realmente atractivos, pero no pienso en ello, sólo escribo y dejo que mi mente vague por ciertos aspectos de los personajes que yo he escogido para protagonizar mi libro”, confiesa y deja en claro que la cercanía con Miller es mucho mayor que con la de Hemingway, pero nadie repara en ese aspecto.
En las memorias Quemar los días refiere la frustración que sentía cuando trabaja como guionistas e incluso cuando estrena, con poca fortuna, las obras teatrales que había escrito. “En el éxito siempre se adelanta alguien. Truman Capote: ese tipo listo con lengua viperina conquistó Nueva York con A sangre fría mientras yo colecciono cartas de rechazo editorial”. Su gran novela A sport and a pastime (1967) fue rechazada por bastantes editores y, cuando por fin fue publicada, vendió muy pocos ejemplares. Salter ilusamente pensaba vivir de las ganancias de ese libro. Siguió trabajando como guionista, donde conoció algunas personalidades, como Robert Redford “se advertía en él cierto desprecio por el estrellato, incluso mucho después de haberlo alcanzado” y Charlotte Rampling, a quien dirigió en Three: “llegaba tarde con frecuencia, nunca se disculpaba, tenía mal genio y era mezquina”.
El ansia de reconocimiento no disminuyó con los poco resultados que Salter iba ganando en el ámbito literario. Poco a poco algunos críticos subrayaron el gran el trabajo de este hombre; lo tomaron en serio y, finalmente, publicaron masivamente. Salter se volvió en un escritor para escritores, un tipo que suena mucho en boca de sus colegas. Ha comentado que en realidad a él le interesa que los novelistas lo consideren simpático. ¿Por qué? Bueno, Salter hizo una entrevista a Nabokov hace bastantes años. De ella, el estadunidense guarda un profundo recuerdo: “Llego al hotel Montreux Palace Hotel el día acordado para la entrevista, enviada por correo (Nabokov sólo aceptaba entrevistas por escrito), y la mujer del autor de Pálido fuego me comunica que no será posible charlar con el maestro ruso. El señor Nabokov está ocupado, dijo. Insistí diciendo que había hecho el viaje desde Nueva York. Hubo una pausa y un ruido de pasos, y al cabo de unos minutos interminables, Vera Nabokov anunció que su marido me esperaba a las cinco en punto en el salón del hotel”. De aquella entrevista, Salter destaca el comentario final de Nabokov, quien antes de despedirse le señaló melancólicamente a su mujer, que había estado presente durante toda la charla, y dijo: “Mírela, esta mujer está casada con el hombre más divertido del mundo, pero nunca se ríe. ¿Usted lo entiende?”. Salter comprende muy bien a Vera. ¿Por qué se creía tan divertido aquel hombre que llevaba una elegante chamarra azul marino y pantalones de franela gris? ¿Por qué? Sólo es un novelista.




