Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Humberto Musacchio

Privatización de la renta petrolera

Por fin se dio a conocer la iniciativa de reforma energética del Ejecutivo y no hay sorpresas mayores en cuanto a su contenido. Como habían venido insistiendo altos funcionarios del gobierno y sus gacetilleros, no se privatiza Pemex, pero ni falta que hace, pues lo que se pondrá en manos de particulares, mexicanos y sobre todo extranjeros, es la renta petrolera, el beneficio que arroje la explotación.
Por supuesto, la bancada priista en el Congreso tendrá que incorporar al proyecto presidencial la propuesta del PAN, lo que no representa mayor problema, habida cuenta de las grandes coincidencias y complicidades que hay entre los dos grandes partidos de la derecha, a los que acompañarán sus comparsas. Sobra decir que la derecha unida no será vencida, no en las cámaras, aunque en la calle el resultado es incierto, pues la intentona privatizadora le ha dado oxígeno a Andrés Manuel López Obrador.
Los apóstoles de la privatización la ven como el final del ciclo inaugurado por Carlos Salinas de Gortari. Aquella venta de garaje se realizó con el viejo Estado en crisis, pero todavía de pie; con sus mecanismos oxidados, pero actuantes; con las instituciones crujientes, pero vivas; con un régimen que se hallaba en el ocaso, pero que todavía no era echado del poder.
Más aún: durante los primeros cinco años de su sexenio, Salinas pudo disponer de los dineros que llegaron a las arcas públicas como resultado de la privatización y con esos recursos logró crear un espejismo de progreso y hasta de mejoramiento social. Pero era eso, un espejismo que se esfumó el primero de enero de 1994, cuando festejaba haber metido a México en el ruinoso Tratado de Libre Comercio de América del Norte y surgió el zapatismo chiapaneco, asesinaron al candidato presidencial del PRI, se vio obligado a ciudadanizar el IFE y le mataron a José Francisco Ruiz Massieu.
El dedazo para hacer candidato a un oscuro burócrata como Ernesto Zedillo pareció exitoso, pero éste, en los primeros días de su gobierno, llevó al país a una de las grandes crisis económicas de su historia, crisis en la que se combinaron las negras herencias del salinato y la torpeza del propio Zedillo y sus compinches, que al final del sexenio entregaron el poder al PAN, que siguió hundiendo al país hasta dejarlo anegado en sangre.
El PRI ha vuelto a Los Pinos, pero el viejo régimen, incluido el presidencialismo omnipotente, está muerto. El andar de zombie del poder actual se manifiesta en la violencia incontrolada, en la continuación de la guerra calderonista porque no se tienen alternativas, en la economía esclerotizada e incapaz de crear empleos, en la tremenda evidencia de que grandes zonas del país en Tamaulipas, Chihuahua, Michoacán o Guerrero, son territorios sin ley donde la autoridad está en manos de grupos armados, legales o ilegales, pero que son los que detentan el verdadero poder.
En esas condiciones, una reforma energética que le traiga al país inversiones por 30 mil millones de dólares resulta tragicómica. Las remesas de los mexicanos desde Estados Unidos andan por los 20 mil millones de dólares, sin privatización de por medio. En tales condiciones, lo que se advierte es que el gobierno se comprará una enorme bronca con la privatización, pero no tiene fondos políticos ni económicos para pagarla. De poco sirve vestirse de cardenista si la imagen nada tiene qué ver con lo que aprendimos en la escuela, con lo que significó para la ideología nacionalista la expropiación de 1938. Parece que lo olvidaron.

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