
Filas para observar las piezas, para leer sus descripciones, y, sobre todo, para tomarse una foto con ellas. Evidencia gráfica de la aproximación al diálogo que dos maestros del “ready-made” entablan en torno al deseo, el consumo, el objeto, la infancia, la tecnología y el erotismo.
Ciudad de México, 20 de mayo de 2019. Entregados al éxtasis de la imagen desde las selfies de sus celulares, miles de asistentes convirtieron el arranque de Apariencia desnuda: El objeto y el deseo en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons, Aun en una fiesta multitudinaria.
Si bien por la mañana, cuando el Museo Jumex abrió sus puertas, la afluencia avanzaba sin sorpresa alguna, hacia las 15:00 horas más de un centenar de personas hacían fila en la explanada del recinto, auxiliados por éste con sombrillas y jugos.
“¿De cuánto es la espera para ingresar?”, preguntó un hombre a uno de los elementos de seguridad que controlaban el acceso. “De una hora y media a dos”, contestó éste.
La espera de pie y bajo el brillante reflejo de la monumental Bailarina sentada parecía valer la pena, pues dentro del inmueble se encontraban reunidas las piezas de dos de los que llaman “los artistas más influyentes del siglo 20”. Motivo suficiente para atraer a más de 4 mil 650 visitantes a lo largo del día, de acuerdo con el área de prensa del museo.
“¡Ay, por fin!”, exclamó un joven apenas puso un pie en la primera sala de la exposición. Sólo para darse cuenta que entrar no era ninguna garantía de que las filas y la espera hubieran terminado.
Filas para observar las piezas, filas para leer sus descripciones, y, sobre todo, filas para tomarse una foto con ellas. Evidencia gráfica de la aproximación al diálogo que dos maestros del ready-made entablan en torno al deseo, el consumo, el objeto, la infancia, la tecnología y el erotismo.
“Lo más chistoso es cómo estamos viviendo el arte a través justo de la selfie, lo que juega mucho con la propia exposición, la Apariencia desnuda, o sea, te desnudas ante la selfie, eres el más loco, el que saca la lengua”, consideró Maricarmen Arias, historiadora de arte.
Tan sólo para tener una foto con el Corazón colgante de fondo –que una mujer comparó con un adorno navideño– había que esperar detrás de 40 personas. Mientras que el espacio alrededor del Balloon dog magenta y la obra que emula una pila gigante de Play Doh se convirtió en un auténtico laberinto de brazos estirados buscando el mejor ángulo para un autorretrato.
“Es justo la generación que estamos viviendo: si no lo posteas es porque no lo estás viviendo”, aseguró el artista plástico Arturo Torres. “Ya no es como el museo tradicional, que llegabas y veías las obras, y las tenías que contemplar, entender. Ahora así es como se participa”.

Ni las filas ni la espera impidieron que las tres galerías que ocupa la exhibición fueran recorridas armoniosamente por una audiencia variada, integrada tanto por niños, jóvenes, adultos mayores y parejas con bebés en brazos como por gente en sillas de ruedas, estudiantes, académicos, profesionistas y extranjeros.
“Es una sorpresa ver llegar públicos muy heterogéneos”, comentó uno de los elementos de educación del recinto, en cuyo alrededor se formaban pequeños grupos para escuchar explicaciones de por qué un urinario o una rueda de bicicleta sobre un banco, piezas icónicas de Duchamp, son capaces de llevar a tanta gente a esperar afuera de un museo.
Un público tan heterogéneo que lo mismo se podía escuchar en los pasillos un “¡Está de pelos esto!” que un “¿Y esta madre qué?”, o hasta un genuino “¿Quién es Jeff Koons?”. Pero no por ello dejaba de ser obligatoria una foto con la Metallic Venus, con Gazing bally frente a esos murales eróticos donde un alegre hombre –el propio Koons– posa junto a la actriz porno Ilona Staller.
Las estrellas de la muestra, sin duda, fueron los inconfundibles inflables de Koons, como Hulk o Moon, que arrebatan a la gente expresiones sinceras de sorpresa cuando se enteran que, aunque parecen de vinilo o plástico, en realidad están hechos de pesado bronce o acero inoxidable, “el platino proletario”, como lo denomina su autor.
“Parece de los que uno compra en Oaxtepec o Chapultepec”, dijo sobre Hulk el médico Alberto Frati.
Rabbit, la obra que la semana pasada devolviera a Koons la marca del artista vivo más cotizado en subasta, tampoco iba a pasar desapercibida entre la gente, fuera ésta consciente o no de que alguien en Nueva York había desembolsado 91.1 millones de dólares por un conejo metálico exactamente igual al que ahora fotografiaban.
¿El único reclamo? Acaso, la necesidad de asientos para la gente mayor, que tiene que avanzar por tres salas en tres plantas distintas.
“Me canso mucho. Aquí estoy por mi niña, porque ella quiere ver todo, y yo quiero ver todo también, pero me canso”, señaló Iris Solís, quien, de vacaciones en el país, visitó la exposición junto a su esposo e hija, quien estudia arte en una universidad privada de Austin, Texas.
Sonrientes, al fin y al cabo, sólo hay una forma de terminar esta fiesta: una última selfie, ahora con una bailarina de casi 14 metros de altura, centinela de una muestra devenida en culto a la imagen.
Texto: Israel Sánchez / Foto: @FundacionJumex (Twitter)


