
AMERIZAJE
Ana Cecilia Terrazas
Para un estimado de 1.4 mil millones de personas católicas –poco más del 17 por ciento de la población mundial actual–, la reflexión y disposición mental de la Semana Santa gira en torno del misterio de la vida eterna. Para la gran mayoría de la humanidad, independientemente de la espiritualidad que profese, saber o suponer algo respecto de los misterios de lo que acontece después de que se apaga el cuerpo, marca mucho del pensamiento durante su vida.
Ya llevamos más de dos siglos de la –aún no descartada absolutamente– ley de conservación de la materia Lomonósov-Lavoisier, pilar de la química y la física en 1785 y que dice, básicamente, que “nada se crea ni se destruye, sólo se transforma”. A ésta se le suma la máxima de principios del siglo XX, de Albert Einstein y su teoría de la relatividad, que descoloca diciendo que “el tiempo y el espacio no son absolutos, sino relativos al observador”.
Este Amerizaje no quiere afligir con teleologías, sino dejar caer la razón, el corazón y la mirada en las experiencias de lo invisible, de lo que no se acaba y puede parecer eterno o infinito. Lo eterno, cabe recordar, nunca empieza y nunca acaba; lo infinito empieza sin llegar a término.
Si la vida se ha venido definiendo como un periodo de tiempo en el que ocurre el nacimiento, el crecimiento, la reproducción y la muerte, ese sistema conceptual no funciona para todo lo que no se ve o no se toca, como lo son sentimientos, emociones, recuerdos, satisfacciones, alegrías, amores, ilusiones no frustradas, enamoramientos, inspiraciones…
Con haber vivido un rato en este mundo basta para saber que ese conjunto de elementos que se asocian con lo inasible es todo aquello que pudiéramos relacionar con lo inmortal, lo eterno e inacabable, lo infinito. ¿Puede pensar –usted ahora, por ejemplo– en algo vivido que no muera, en un recuerdo, una sensación, la emoción que le provocó o le provoca X o Y y que sigue intangiblemente vigente?
La factibilidad de que los átomos del cuerpo regresen a la naturaleza cuando el cuerpo muera es lo más cercano, con toda paradoja encima, a una suerte de permanencia atemporal en el Universo, aunque no se pueda especular sobre las formas ni maneras del propio tiempo ni de la tal materia.
Para restarle “horror” a la muerte, en 1910 un sacerdote anglicano, Henry Scott-Holland, escribió un texto –hoy ya muy famoso– durante la vigilia del rey Eduardo VII que dice, en la traducción del inglés al español de José Enrique Fernández:
La muerte, rey de los terrores
La muerte no es nada en absoluto/ No cuenta/ Sólo me he escapado a la habitación de al lado/ Nada ha sucedido/ Todo permanece exactamente como era/ Yo soy yo y tú eres tú, y la vieja vida que vivimos juntos con tanto cariño, sigue intacta, sin cambios/ Lo que fuimos el uno para el otro, lo seguimos siendo.
Llámame por mi nombre de siempre/ Habla de mí de la manera fácil que siempre usaste/
No cambies tu tono/ No muestres una actitud forzada de solemnidad o de tristeza.
Ríe como siempre reímos de los pequeños chistes que disfrutábamos juntos/ Juega, sonríe, piensa en mí, reza por mí/ Deja que mi nombre siga siendo el nombre familiar que siempre fue/ Deja que se diga sin ningún esfuerzo, sin la más mínima sombra sobre él.
La vida significa todo lo que siempre ha significado/ Es la misma que siempre ha sido.
Existe una continuidad absoluta e ininterrumpida/¿Qué es esta muerte sino un accidente insignificante?/ ¿Por qué debería estar fuera de tu mente sólo porque no me ves?
Sólo te estoy esperando, por un intervalo, en algún lugar muy cercano, a la vuelta de la esquina.
Todo está bien/ Nada se ha herido; nada se ha perdido/ Un breve instante y todo volverá a ser como antes/ ¡Cómo nos reiremos de la tristeza de la despedida cuando volvamos a encontrarnos!


