24 mayo,2025 7:33 am

Obtiene la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025

El jurado la elige por unanimidad por su obra en blanco y negro, que “combina lo documental con un sentido poético de la imagen”

Ciudad de México, 24 de mayo de 2025. Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) no hace proyectos. Ella camina, observa, y se deja sorprender. No busca las imágenes: las encuentra.

Esta intuición convertida en arte ha sido ahora reconocida con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025. La noticia la despertó este viernes a las 4 de la mañana, con una llamada inesperada.

“Estoy sorprendida y feliz”, dice, aún incrédula.

Por unanimidad, el jurado concedió el galardón a la fotógrafa mexicana por su obra en blanco y negro, que “combina lo documental con un sentido poético de la imagen”.

Unas imágenes cargadas de simbolismo capaces de capturar la “crudeza de la realidad social hasta la magia espontánea del instante”.

“Fotografío con la sorpresa”, explica. “Es como conocer el mundo a través de mi cámara”.

Recibirá el galardón, dotado con 50 mil euros y una escultura de Joan Miró, en octubre, en Oviedo, capital de Asturias, de donde proviene una rama de su familia.

A pesar de haber estudiado cine, se inclinó por la fotografía porque podía cargar con tres cámaras y recorrer las calles sin depender de nadie. Roma al amanecer, la India de los signos invisibles, los volcanes de Lanzarote, el mercado de Juchitán. Su archivo, con cajas y cajas de negativos, es producto de esa marcada intuición.

“Soy bastante mala con la técnica, pero me salen las fotos por suerte”, dice sin soberbia.

Manuel Álvarez Bravo, su maestro, la guió en el perfeccionamiento de la mirada. “Siempre me decía: ‘Graciela, tiene que ver mucha pintura, ir a exposiciones, ver la composición, tiene que leer mucho’”. Como él, tampoco se apresura al trabajar. Ha dicho que la fotografía es para ella un ritual: salir con la cámara, observar, fotografiar y luego, trabajar en el cuarto oscuro para elegir las imágenes más simbólicas.

Después de un accidente en Brasil, una caída en un restaurante que la dejó temporalmente en cama y silla de ruedas, Iturbide volvió a levantarse.

“La vida sin fotografiar no vale la pena”, sentencia con 83 años. No quiso celebrar su cumpleaños: el 16 de mayo. “A esta edad ya no me gusta cumplir”.

Está llena de trabajo. Recién regresó de Tokio, donde se presentó su primera retrospectiva en Asia. Irá a Madrid el mes entrante con la exposición Cuando habla la luz en la Casa de México en España, que se exhibió en el Palacio de Iturbide en la Ciudad de México. Una revisión de su quehacer desde 1972 a 2017 en poco más de un centenar de imágenes.

“¡Dios mío! A ver cómo le hago para fotografiar porque ahí nada más voy diez días”, dice, poco afecta a la fotografía de estudio. Aprovecha cada invitación, sea por un premio o exposición, para trabajar.

En Juchitán, vendía jitomates en el mercado para ganarse la complicidad de las mujeres zapotecas que fotografiaba. “Complicidad y respeto”, repite. Por un documental en preparación, regresó al lugar en el que pasó ocho años conviviendo con ellas, trabajo que derivó en su icónico libro Juchitán de las mujeres.

Mientras era filmada en el mercado, ellas la reconocieron y, de manera espontánea, comenzaron a aplaudirle. Para Iturbide ese aplauso es uno de los premios más valiosos de su carrera.

“La cámara es un pretexto para conocer la vida y estar con las gentes”, define.

Ahora sueña en la publicación de un libro con la complicidad del historiador francés de la fotografía, Clément Chéroux, a propósito de cómo una imagen puede volar sola.

Revela sus negativos en casa, trabaja en analógico, elige sus imágenes con el mismo principio con el que las captura: “La sorpresa”. Cree, como Henri Cartier-Bresson, a quien conoció en Francia, en el instante decisivo. Pero para ella hay dos: el momento de hacer la foto y el de encontrarla en la hoja de contacto, cuando vuelve a ver y decide si la imagen todavía la sorprende.

Viaja ligera. Siempre lo ha hecho. Porque hay que estar lista para caminar y encontrar algo que merezca registrar con su cámara. Ya sea en Ostia, lugar del trágico asesinato de Pier Paolo Pasolini, o en las calles vacías de Varanasi, Mumbai o Calcuta de la hiperpoblada India.

“Es tan grande el mundo, hay tantas cosas que fotografiar y hay que buscarlas para sorprenderte”.

Hoy su fotografía se inclina más que nunca hacia la naturaleza. La piedra, el polvo, los volcanes. Así se ha dado cuenta de dónde venimos como humanidad.

“La fotografía es un testimonio simplemente y cada fotógrafo le pone el ojo y corazón”.

Texto: Erika P. Bucio / Agencia Reforma