22 marzo,2021 5:27 am

Cadeneros de Centroamérica

Jorge Zepeda Patterson

 

“Para completar el mes fui cadenero por las noches un tiempito; de esos que trabajan afuera de los antros. La orden que me dieron fue tajante: ‘No dejes entrar a nadie que se parezca a ti’, así que solo les daba chance a güeritos y de nariz afilada con cara de comercial de la tele. No me pareció muy correcto ni muy digno para mi persona, pero eso permitió que mi hijo estudiara la prepa”. La cita es de la novela Milena, el fémur más bello del mundo, que escribí hace siete años, pero la he traído en la cabeza durante unos días, desde que vi imágenes de contingentes de la Guardia Nacional desplazándose a la frontera sur para impedir el ingreso de ilegales de Centroamérica. Entiendo que hay razones geopolíticas y muchas variables en juego, pero no he podido escapar al símil: cadeneros que evitan el paso de otros que se les parecen tanto, para no molestar a los güeritos que viven más arriba. Una tarea penosa pero necesaria, en este caso no para pagar la prepa del hijo, pero sí para conseguir vacunas.

No se trata de satanizar a los cadeneros; en última instancia están haciendo su trabajo. Pero sí habría que señalar que el hecho de que exista tan ingrata tarea es en sí mismo un testimonio de las profundas desigualdades de raza y clase social que existen, sea que hablemos de países o de centros de diversión nocturna.

Las autoridades han negado que la decisión de intentar sellar la frontera sur sea en respuesta de una petición del vecino del norte. Pero esa declaración parecería ser, más bien, una expresión de pudor; coincide puntualmente con el anuncio por parte de Estados Unidos de que “prestaría” 2.5 millones de dosis de vacunas AstraZeneca, luego de hacerse los remisos durante varias semanas.

La graciosa concesión, y por demás está decir que Estados Unidos no tiene amigos sino intereses, se da en momentos en que Biden experimenta el primer contratiempo serio de su administración, justo por motivos migratorios. Después de un arranque idílico del nuevo presidente con la opinión pública, gracias al dinamismo mostrado para acelerar la vacunación y un paquete de rescate económico de dimensiones históricas, sus adversarios políticos encontraron en el tema de ilegales un flanco débil y lo están explotando activamente. Han puesto al presidente contra la pared. Y es que las medidas humanitarias de su gobierno en esta materia, con las cuales intentaba contrarrestar la política autoritaria e intolerante de Trump, se han vuelto en su contra. Las promesas de legalización a los residentes sin papeles o atender las peticiones de asilo en propio suelo estadunidense (y no en México, como venía sucediendo) provocaron un repunte inmediato y notorio de inmigrantes.

Para desgracia de esta bienintencionada disposición de Biden, la crisis económica generada por la pandemia y sus brutales efectos sociales en México y en Centroamérica, han acelerado desmesuradamente los flujos migratorios. A mayor penuria y disminución de oportunidades locales, obviamente, mayor desesperación por buscar “el sueño americano”. Eso, y la percepción de que por fin se han abierto ventanas de oportunidad legales tras la salida de Trump, han generado una presión sobre la frontera que a su vez se ha traducido en una presión política terrible sobre Biden, propinándole sus primeras abolladuras.

Los republicanos se relamen anticipadamente de lo que eso puede significar en los comicios intermedios programados para el año que entra. Como resultado Biden comienza a experimentar una creciente presión desde adentro de su partido, al grado de sentirse obligado a decir que el aumento de oleadas de migrantes no tiene relación con sus decisiones. Sin embargo, también hizo un exhorto a mexicanos y centroamericanos: “No vengan (…) No dejen su ciudad o comunidad”, pidió en una entrevista con ABC News. Pero más allá de sus palabras, las cifras ofrecen un arsenal de municiones a Trump y los conservadores para enardecer a la opinión pública.

La inesperada vulnerabilidad de Biden arroja un importante recurso de negociación al gobierno mexicano, que no había iniciado con el pie derecho las relaciones con la nueva administración demócrata. La Casa Blanca necesita que su vecino del sur no abra las compuertas a los flujos migratorios procedentes de Centroamérica. La tarea de cadenero en la frontera sur súbitamente se ha convertido en una carta mágica que eventualmente puede ser negociada en otros ámbitos más desventajosos de la agenda bilateral (cambio climático, seguridad pública y drogas, relaciones comerciales, aspectos laborales y un abundante etcétera).

En este punto, en realidad, los intereses de México estarían alineados con Biden (e insisto en este punto, no en otros). Si la presión doméstica sube de tono, el nuevo presidente se sentirá tentado a ceder en su ambiciosa propuesta a favor de los ilegales, que supone la ciudadanización de millones de paisanos y la reunificación de miles de familias. Quiera o no, el gobierno de López Obrador tiene un margen de maniobra en esta coyuntura, pues dependiendo de lo que haga en su frontera sur, puede aumentar la presión sobre Biden o, por el contrario, contribuir a aligerarla.

Hay una dimensión ética, desde luego, en esto de intentar sellar el paso de centroamericanos. Pero también hay una responsabilidad con los muchos mexicanos que trabajan en condiciones precarias y han sido, en palabras del propio AMLO, los verdaderos héroes de la crisis provocada por la pandemia gracias a las remesas. Ahora Biden intenta hacer algo decisivo para la seguridad jurídica y el bienestar de millones de ellos y lo que haga México puede ser un factor que ayude a lograrlo. Duras realidades.

Lo dicho, fungir de cadenero no es una tarea admirable pero, como dice el personaje de Milena, ayuda a pagar las cuentas. En nuestro caso, al menos, ya nos consiguió vacunas.

@jorgezepedap