10 julio,2026 5:55 am

Campañas electorales

LA POLÍTICA ES ASÍ

 

Ángel Aguirre Rivero

En la política, las campañas me enseñaron una lección que nunca pierde vigencia: las elecciones no las gana quien hace más ruido, sino quien logra construir confianza.
He tenido la oportunidad de participar y ganar campañas para diputado federal, senador y gobernador. Cada una fue distinta, pero en todas confirmé que en política no basta con ser conocido. El reconocimiento abre una puerta, pero es la credibilidad la que permite cruzarla.
Con el paso del tiempo entendí que también existe el desgaste. Hay figuras muy conocidas que quizá ya llegaron a su techo político, mientras otras crecen poco a poco, recorriendo comunidades, escuchando a la gente y construyendo una relación auténtica con la ciudadanía.
Hoy los tiempos han cambiado. Ya no basta con aparecer en las encuestas por nivel de conocimiento. La sociedad es mucho más exigente. La gente observa la trayectoria, el comportamiento público, la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Valora la honestidad, la sencillez y la capacidad para unir, no para dividir.
La experiencia también me enseñó que las campañas no son una competencia de ocurrencias ni una carrera por ocupar más espacios en los medios de comunicación. Son, sobre todo, una oportunidad para escuchar. Quien recorre los caminos, visita las comunidades, conversa con las familias y conoce de cerca sus problemas, comprende que cada municipio tiene una realidad distinta y que gobernar exige sensibilidad para entender esa diversidad.
He visto campañas muy espectaculares que despertaban entusiasmo al principio, pero que terminaban perdiendo fuerza porque estaban construidas sobre la imagen y no sobre la cercanía. También he visto proyectos que crecieron con paso firme, sin estridencias, gracias a la constancia, al respeto por la gente y a la capacidad de cumplir la palabra empeñada. En política, la confianza tarda mucho tiempo en construirse, pero puede perderse en un instante.
Por eso me parece positivo que los procesos internos incorporen filtros más amplios. Ya no se trata solamente de medir quién es más popular, sino también de revisar la integridad de los perfiles, sus antecedentes, su conducta y la confianza que generan en la sociedad. Al final, un liderazgo no se construye con discursos, sino con una historia de vida.
Quien aspira a representar a la ciudadanía debe entender que el cargo nunca puede convertirse en un objetivo personal. Los puestos públicos son una responsabilidad temporal que solo tienen sentido cuando sirven para transformar la vida de las personas. La política pierde su esencia cuando se convierte en una disputa de intereses o de ambiciones individuales y recupera su grandeza cuando vuelve a poner en el centro a la gente.
Las campañas, además, son un permanente ejercicio de aprendizaje. Uno aprende de los aciertos, pero también de los errores; aprende de quienes coinciden con nuestras ideas y de quienes piensan diferente. Escuchar con respeto nunca debilita a un liderazgo; por el contrario, lo fortalece. Ningún gobernante, por preparado que esté, puede conocer todas las respuestas si antes no conoce las preguntas que se hacen los ciudadanos.
En campaña no se puede ser selectivo, al menos yo jalaba a todos sin importarme su filiación o corriente política a la que pertenecieran.
Cuando pedía el voto lo hacía de manera personal y mirando siempre a los ojos a la persona, de esa manera nos conectábamos en nuestros sentimientos y aspiraciones.
Y siempre hablarles con la verdad: la gente no es tonta, sabe distinguir entre el político sincero y el demagogo. Lo que sale del corazón, llega al corazón
Al final, la política sigue siendo un ejercicio de cercanía humana. La humildad siempre abrirá más puertas que la soberbia; la verdad tendrá más fuerza que la descalificación; y el servicio a la gente siempre será el mejor argumento para pedir nuevamente su confianza.

Del anecdotario

Andábamos en campaña por la Costa Chica, la gente generosa, como siempre, nos ofreció una suculenta barbacoa acapoñanada, chilate con hojaldra y agua de jamaica.
Le sugerí a mi suplente a diputado federal, muy jovencito y muy querido para mí, El Gran Chani, que se la llevara tranquila porque el chilate combinado con agua de jamaica, más el mole y la barbacoa, eran una bomba para el estómago.
Chani no siguió mis recomendaciones y, al fin joven, le entró a todo con singular alegría.
Cuando partíamos al siguiente punto de la gira, busqué a Chani para que se incorporara a mi camioneta, pero este no estaba, ya que los estragos del mole con el chilate y el agua de jamaica le habían cobrado la factura…
Pero en campaña todo es bonito…
La política es así…