
Señalan integrantes del colectivo indígena guerrerense Ometéotl la narcocultura que prevalece en Tlapa, donde los niños manejan armas, aspiran a ser sicarios y sus padres están orgullosos de ello. En la Ciudad de México, reclaman justicia por el asesinato del rapero veracruzano Tío Bad.
El Sur / Ciudad de México, 4 de enero de 2020. Desde Yucatán hasta California, pasando por la sierra tlapaneca, el rap mexicano goza de perfecta salud. Jóvenes artistas combinan en sus canciones dos y hasta tres lenguas originarias y, como sucede con el rap desde hace décadas, hablan de la vida en sus territorios: explotación de los recursos naturales, feminicidios, discriminación.
Escucha bien
Isaac Martínez y Néstor Tepetate Medina tienen 25 años y son las voces del colectivo Ometéotl. Desde hace unos cinco años, sus versos hacen latir el corazón de la Montaña de Guerrero con rimas compuestas en español y náhuatl. Pero el proyecto bilingüe Ometéotl ha rebasado las crestas de los cerros para resonar en varias ciudades del país. La edición 57 del Festival Internacional Cervantino, en octubre pasado, fue el escenario de su última participación importante.
Tiran rimas duras, Isaac y Néstor. Versos hipnóticos que hablan de la violencia que se vive a diario en Tlapa, de la extracción de recursos naturales operada por trasnacionales como Monsanto, de los feminicidios que brutalizan al país. En Somos recuerdan a los 43 estudiantes de Ayotzinapa y celebran la memoria de Antonio Vivar Díaz, joven activista del Movimiento Popular Guerrerense asesinado en Tlapa en 2015.
“En Tlapa hay una presencia fuerte de la narcocultura: la juventud crece violenta. Hay muchos niños que quieren ser sicarios, que manejan armas y sus padres están orgullosos de esto: así de jodido está en mi ciudad”, lamenta Isaac, entrevistado junto con su compañero de colectivo.
“Nosotros hablamos de nuestro contexto, de la delincuencia, la discriminación hacia nuestra lengua; es algo que vivimos día a día –añade Néstor–. Lo que hacemos no es un rescate, más bien buscamos un empoderamiento de la lengua”.
En sus composiciones un mismo verso llega a incorporar palabras de náhuatl y español, con un resultado que endulza el oído: sus rimas contagian también a quienes no conozcan uno u otro idioma. Muchos de los videos que suben a YouTube contienen subtítulos con la idea de hacer accesibles las letras.
Su primer disco se llama Ixkaki Kuale (Escucha bien) y en la canción que lleva el mismo título versan en español: “alerta, que la lengua materna no está muerta” y luego en náhuatl: “vamos a cuidar nuestra palabra, porque nuestra palabra es bonita” .
Cuenta Isaac que también les motiva “la discriminación que sufren las personas que llegan de varios pueblos de la Montaña. Por sentirse citadinos, muchos habitantes de Tlapa hacen menos a los indígenas que hablan lenguas. Nuestro propósito es que las personas de las comunidades no se sientan excluidas, porque hablar otra lengua materna es una virtud grandísima”.
La combinación de lenguas que hacen Néstor e Isaac no siempre es bien recibida. Por eso, en uno de los versos en donde resuenan palabras en náhuatl y español, los Ometéotl hablan de “indigenarte causando jaqueca”: es un guiño irónico a todos los prejuicios que caen sobre las lenguas originarias y al arte que decide expresarse a través de ellas.
Néstor es muy consciente del racismo y la discriminación que se da incluso entre paisanos, gente de la propia comunidad. “El enemigo del mexicano siempre va a ser otro mexicano. El racismo está durísimo y está arraigado aquí, entre nosotros mismos. Y se mezcla con el clasismo que nos enseñan desde niños y que funciona como una cortina de humo”, dice, muy serio.
“Mucha gente piensa que ser indígena es sólo sinónimo de pobreza, de todo lo negativo. Pero tener una lengua materna es tener identidad”.
Ometéotl está por lanzar Indigenarte, una canción que trata del valor cultural de las lenguas de Guerrero y que mezcla versos en náhuatl, tu’un savi y me’phaa. La canción nace de la colaboración con otros raperos locales, como Gonzalo Moreno Candia, “el rapero de Tlapa”, y Jairo Cruz, cuyo nombre artístico es MC Cruzito.
Los raperos tlapanecos creen en el valor de la palabra: hacer llegar el mensaje de que hablar una lengua originaria no constituye defecto alguno, al contrario, es un orgullo, y que su trabajo intenta ir más allá de los estereotipos en torno al rap o al hip hop que suena en las estaciones de radio.
“El hecho de que la gente se manifieste en su lengua es motivo de burla –comenta Isaac–. Los que sólo escuchan a artistas comerciales comparan la industria musical masiva con los intentos de hacer música a nivel local. Critican porque para ellos hacer rap sólo sirve para buscar el éxito”.
Tres bocas para tres mundos
Aunque su nombre artístico es Una Isu (Ocho Venado, en tu’un savi) y hay quien lo llama na uni yu’u, (el ser de tres bocas), fue registrado como Miguel Villegas Ventura, tiene 30 años y desde los siete vive en Fresno, California.
Es rapero. En sus tres décadas de vida se hizo de tres lenguas: mixteco, español e inglés. En cada una de éstas compone rimas y es por este canto trilingüe que los vecinos de su natal San Miguel Cuevas, en el municipio Santiago Juxtlahuaca, Oaxaca, lo identifican como na uni yu’u.
Cuando migró a Estados Unidos con su madre y hermanos, Miguel sólo hablaba mixteco: el inglés llegó con la escuela y el español lo aprendió en la comunidad multicultural en la que creció, donde convivían mexicanos de distintos estados.
El rap que resonaba en el barrio marcó su juventud y, ya desde los 12 años, comenzó a hacerlo suyo como una herramienta para expresar sus emociones.
Los primeros versos que intentó escribir fueron en inglés, lo cual fue natural porque el rap chicano era lo que más escuchaba. Con el tiempo su repertorio empezó a enriquecerse.
Uno de sus hermanos viajaba a México y le traía discos piratas de raperos mexicanos y españoles que encontraba en los tianguis de Juxtlahuaca. Después sus rimas viraron al español: descubrió que podía componer canciones completas y expresarse de manera más elegante.
A los 20 años Miguel empezó a cuestionarse sobre su identidad. “¿Qué significa ser mixteco? ¿Porqué le dicen dialecto a lo que en realidad es una lengua? ¿Yo de dónde vengo?”. Las preguntas se le acumulaban en la cabeza.
Escuchaba a muchos raperos hablar del orgullo azteca, del orgullo chicano, pero nunca sobre los demás pueblos originarios, relata en entrevista telefónica con El Sur.
“Investigué y me di cuenta de que tenemos una historia muy grande: debía hablar de Oaxaca, de nuestra cultura, de nuestros paisanos que trabajan en el campo. Necesitaba hablar de nuestra lengua”.
Con estas inquietudes formó un grupo con otros jóvenes mixtecos. Juntos organizaron un festival cultural en octubre de 2010 en el Kalwa Park de Fresno. Fue su debut en el mundo del rap y la primera ocasión en donde mezcló español, inglés y mixteco en un único verso. “Soy indígena, soy oaxaqueño y ¿qué tiene de malo? Soy orgulloso de esto”, dijeron sus tres bocas.
“Me considero de tres mundos. Muchos piensan que cuando rapeo hago traducciones, pero no: hablo de un tema a partir del contexto de cada lengua. Y no sólo hablo de mi pueblo, también considero a más pueblos y a más gente que ha pasado por la misma experiencia.
“Muchos me dicen que les pasó lo mismo que a mí: que querían dejar de hablar mixteco, que no querían decir que eran de Oaxaca para no ser excluidos”.
Las canciones de Miguel-Una Isu son tema de análisis en universidades de Estados Unidos; su presencia es requerida en congresos sobre lenguas y culturas originarias. Miguel aprovecha esas oportunidades para poner a debate el tema de la discriminación hacia la población migrante y del peligro de extinción que encaran muchos idiomas nativos.
Su labor como artista trilingüe lo ha llevado a involucrarse cada vez más en el mundo de la conservación y la enseñanza de la lengua tu’un savi; ahora trabaja como intérprete, promotor cultural y maestro de mixteco para niños y niñas.
A través de la música, la escritura y otras actividades culturales se empeña en mantener viva en Estados Unidos su herencia cultural y lingüística. En donde vive, asegura, muchos son originarios de la región guerrerense de Metlatónoc.
Al principio fue un solo verso lanzado al aire una tarde de otoño. Más tarde fue una canción entera: una alabanza a la lengua mixteca y a la riqueza que guarda. Miguel Villegas recuerda con cariño cuando en un festival cultural realizado en un parque de Fresno soltó su verso trilingüe a capella.
El entusiasmo del público lo motivó a exprimir el bolígrafo. Regresó a su casa y se puso a escribir y a borrar hasta que la canción Mixteco es un lenguaje quedó lista. Gracias a la ayuda de unos paisanos, también músicos, pudo grabar aquel tema que terminó incluido en su disco Desangrando el tintero.
“La discriminación también se da entre paisanos de los varios estados de México. A nosotros nos dicen que somos prietos y chaparros, que venimos de la montaña. Se burlaban si hablábamos nuestra lengua. No entendía por qué nos despreciaban tanto, pero al final me di cuenta que todo esto viene desde el mismo México”.
Al igual que Tío Bad –músico y activista veracruzano recientemente asesinado–, Miguel asume el rap como sinónimo de protesta. Los temas vinculados a las lenguas originarias son, de por sí, un acto político en los dos países.
“En Estados Unidos la lucha es distinta, es contra la migra y la policía. Como vivo allá, me ha tocado más hablar de lo que pasa en aquel contexto”, dice, pero sabe lo que ocurre de este lado de la frontera.
“La situación en México es bastante fuerte y da miedo. Hacer público tu pensamiento en contra de la explotación de los recursos naturales puede terminar en que te amenacen o te maten”.
La memoria de Tío Bad
Las brochas ruedan sobre el asfalto. Una y otra vez. Rápidas. Trazan con pintura blanca unas letras alargadas: #Justicia x Tío Bad. La frase llena casi por completo el ancho de la avenida de la República, esa calle corta que desemboca hacia el Monumento a la Revolución, en Ciudad de México.
En los márgenes de las letras frescas, alrededor de un enorme ataúd, como si velaran a un familiar querido, unos 40 jaraneros rascan de sus requintos, tambores y jaranas un son agridulce.
Es la tarde de viernes 20 de diciembre y el aire sopla frío sobre la explanada. Convocada por la red nacional Cultura Viva Comunitaria, los jaraneros se han reunido aquí para recordar a Josué Bernardo Marcial Santos, rapero y jaranero originario de Sayula de Alemán, Veracruz, cuyos restos fueron encontrados en la cajuela de un auto, cercenados y en bolsas, apenas unos días antes, el 16 de diciembre.
Conocido como Tío Bad, tenía 24 años y era miembro de Altepee, un grupo de músicos que se dedican a dar talleres de son jarocho a los más jóvenes para fortalecer el tejido comunitario.
Tío Bad mezclaba rimas en mixe-popoluca y español. Fusionaba el rap con el son jarocho para narrar conflictos sociales y ambientales que tensan el territorio donde vivía, como la extracción de petróleo mediante el fracking. En Ciudad de México como en Veracruz, sus amigos y compañeros salieron a las calles para exigir justicia.
El asesinato de Tío Bad se inserta en un contexto de alto riesgo para periodistas y defensores del medio ambiente y el territorio. En 2018 fueron asesinados 21 activistas; en 2019, según el conteo de Amnistía Internacional, 24 defensores de derechos humanos fueron asesinados en México.
Texto: Caterina Morbiato / Foto: @agroecologo (Twitter)


