2 diciembre,2025 6:05 am

Carrito de colores

Esthela Damián Peralta

 

Estamos comenzando a cerrar el año. Ya es diciembre y, apenas empieza a sentirse el ambiente navideño, se activan en mi memoria los recuerdos más profundos de mi infancia. Pienso en aquellas noches en las que la casa se llenaba de voces y movimiento: mis padres, mi hermano, los primos corriendo, los tíos riendo, el olor a comida sencilla pero abundante. Parecen escenas lejanas, pero cuando llegan, lo hacen con tanta fuerza que siento que podría volver a abrir esa puerta y reencontrarme ahí.

En mi casa, esta temporada nunca fue sinónimo de regalos. Vivíamos con lo justo, pero mi mamá –con ese espíritu alegre que jamás la abandona– siempre buscaba la manera de hacernos sentir la Navidad a mi hermano y a mí. Aun en los años más duros, hacía lo imposible para que, al menos, el Día de Reyes no pasara desapercibido.

Sin embargo, hubo un año en el que ni siquiera alcanzó para eso. Mis papás, con toda la pena del mundo, decidieron avisarme solo a mí. Yo tenía siete años y, como era la mayor, pensaron que podría entenderlo mejor. Mi hermanito, que apenas tenía tres, quizá olvidaría el día rápido, pensaron.

Claro que me dolió. A esa edad aún crees en la magia, pero lo que más me angustiaba no era la falta del regalo para mí, sino la desilusión que mi hermanito sentiría. Así que hice lo que hace cualquier hermana mayor cuando ama con todo el corazón: busqué una solución.

Mis papás me daban un peso de vez en cuando para comprar aquello que más quisiera en el recreo de mi escuela, y yo siempre guardaba una parte de ese dinero. Ese pequeño ahorro fue mi salvación. Pensé: le compraré un juguete yo. No era difícil saber qué quería. Mi hermano pasaba horas con sus carritos viejos, así que un carrito nuevo sería, sin duda, el regalo perfecto.

El plan era brillante… hasta que se me olvidó comprarlo. Y el seis de enero, en lugar de emoción, me despertó el llanto de mi hermano. Lloraba desconsolado, convencido de que los Reyes Magos no habían pasado por nuestra casa.

Intenté calmarlo como pude: “Espera, quizá lo escondieron. ¿Por qué no buscas mejor?” Logré distraerlo unos minutos y salí corriendo hacia el mercadito que estaba al lado de mi casa. Llegué casi sin aliento al puesto de juguetes. Con mis 5 pesos en la mano le pregunté a la señora qué podía comprar. Me mostró varias cosas y, como si la vida me hiciera un guiño, entre ellas había un camioncito de plástico que arriba llevaba más cochecitos de colores, algo muy sencillo. “Ese”, dije de inmediato. Pagué y corrí de regreso a casa.

Mi hermano ya estaba en llanto de profunda tristeza y desilusión. Entré al cuarto y, cuidando cada movimiento, metí el carrito debajo de la cama sin que él lo viera. Cuando me encontró ahí, frustrado, me dijo: “¡Ya busqué en todos lados! ¡No hay nada!” Y yo, intentando sostener la ilusión, le respondí: “¿Seguro que revisaste todos los lugares? Mira abajo de la cama. Los Reyes son buenísimos escondiendo regalos”.

Se tiró al piso con la emoción de un niño que todavía cree sin reservas. Levantó la colcha y, al ver los carritos, gritó: “¡Aquí está! ¡Sí me trajeron un regalo!” La felicidad que iluminó su cara es algo que nunca olvidaré.

Era sólo un camioncito de plástico de colores. Un juguete simple, de mercado. Pero ese día representó mucho más: para él, la oportunidad de sentirse como cualquier otro niño; para mí, el descubrimiento de que a veces, con tan poquito, puedes construir un mundo entero para alguien que amas.

Hoy, tantos años después, entiendo lo que no alcanzaba a comprender a los siete años: la magia de esta época no está en los regalos, sino en la capacidad de una familia de sostener la esperanza incluso en la momentos complicados, en los gestos silenciosos que hacen las madres, los padres y las hermanas, en ese espíritu de “hacemos lo que podemos con lo que tenemos”.

Y quizá por eso, cada vez que empiezo a ver las luces de los árboles de navidad y percibo el olor a ponche saliendo de las casas, pienso en ese día y en lo que se me quedó tatuado en mi memoria desde entonces: la verdadera magia está en el amor que damos y recibimos. Ese “te acompaño”, “aquí estoy”, “no te suelto”, que no cuesta millones, pero vale fortunas.

Esa lección me acompaña ahora que recorro distintas regiones del país con las Jornadas de Paz. En comunidades donde la vida diaria enfrenta retos enormes, veo una fuerza colectiva que habla del profundo sentido de comunidad que existe en México. Incluso en circunstancias difíciles, las personas se organizan, se acompañan y buscan salir adelante juntas: familias que se apoyan entre sí, vecinas que se cuidan, jóvenes que transforman su entorno desde lo que tienen y desde lo que sueñan. Esa capacidad de tejer redes, de cuidarse mutuamente y de no soltarse es una de las expresiones más poderosas de nuestro país y un recordatorio de que la construcción de paz se hace siempre en colectivo.

Ahí, caminando en el territorio, he entendido algo que trasciende cualquier discurso: la transformación real empieza desde abajo, desde la gente, desde esos pequeños actos de generosidad que sostienen a un país entero. Esa es la raíz de un México que va trabajando por una mejor persona, familia, ciudad, estado o país.

Esa es también la visión de la Presidenta Claudia Sheinbaum: que la política sirva para que las familias no tengan que resolver solas lo que el Estado puede y debe acompañar; que el humanismo se convierta en política pública; que cada niña y cada niño, sin importar dónde nazcan, tengan la oportunidad de creer, de soñar, de jugar, de tener en su vida aquello que necesitan para ser plenos y felices.

Y en estos días, mientras cerramos el año, vale la pena no perderlo de vista: siempre hay una oportunidad de “regalar un carrito de colores”, es decir, de hacer un gesto sencillo que puede cambiarle el día –o incluso la vida– a alguien más.

Nos leemos el próximo martes.

 

@EsthelaDamian