24 julio,2026 6:38 am

Cesare Pavese, la FIL y un deslumbrante invitado

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Adán Ramírez Serret

 

La lectura como buena pasión suele relacionarse con los fetiches, con momentos definitivos en donde la vida da un vuelco y lo que antes era parte del mundo se convierte en una obsesión. Así, una amiga, buscando de manera alfabética en una librería dio con el nombre de Jorge Luis Borges y se hizo ferviente admiradora, al grado de ser un centro de su vida es este autor amante de laberintos y eternidades.

Por mi parte, por ahora confesar una obsesión recuerdo bien nítido el momento en que me hice aficionado u obsesivo o apasionado o loco por la lectura.

Fue una de una de esas mañanas cuando el mundo comienza a ser mas amable y en esos días horribles de la adolescencia se ve una luz pequeñísima al fondo del túnel. Perdía el tiempo como buen adolescente. Escuchaba discos, miraba enciclopedias y pensaba en las chicas que me gustaban cuando todo esto dejo de ser suficiente, hubo un clic en mi cerebro que de un momento a otro comenzó a necesitar algo mas; un nuevo estimulo que era una especie de sed, una especie de deseo intenso.

Algo sensual, sí, pero sobre todo desconocido y por lo tanto imprescindible. Con un halo inmenso de misterio y magia. Entonces, por la suerte inmensa que en mi casa hubiera libros me comencé a perder en el universo de unos pequeños libreros que estaban en la sala en un desorden absoluto.

Así, sin la menor idea de nada, cayó en mis manos El bello verano, de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 9 de septiembre de 1908-Turin, 27 de agosto de 1950) de quien yo no sabía absolutamente nada, pero cuya novela me atrapó en el instante con la sensacción de estar haciendo lo mas hermoso que se pudiera hacer, la razón por la cual venir a este mundo.

Se trata de la historia de una joven que esta descubriendo el mundo, Gina, son los años cuarenta durante el Turín de las posguerra. Las cosas no son para nada fáciles, pero en la novela ya asoman algunos puntos que seran la piedra de toque de la literatura moderna.

Lo cual yo no lo sabía ni remotamente por esos días. Mentiría si dijera que fue exactamente lo que resulto fascinante de la novela. De manera intelectual, si esto quiere decir algo, creo que me gusto mucho la ambiguedad, que no fuera del todo claro de que se trataba la novela. Porque la historia es un descubrimento de la vida: de la fraternidad, del amor y de la vida adulta; pero no pasa mucho. Al menos en la trama, en donde sí que sucede es en el personaje. En donde hay unos cambios brutales en cuanto a su perspectiva, a su modo de entederse a sí misma, a su modo de describir su mundo.

Y he pensado en todo esto en esta ultima semana porque la Feria del Libro de Guadalajara tiene como invitado este año 2026 a Italia como pais invitado. El cual, de manera súper generosa, acaso divina, tuvo la gentilesa de invitarnos a un grupo de periodistas a Italia para conocer sus inmesos y bellisimos lugares con los que todos soñamos, pero tambien aquellos que no conocemos tanto, como su deslumbrante tecnología automotriz o los proyectos que tienen con la NASA en donde diseñan satelites con una tecnología de los más altos vuelos.

Y entre todas estas alegrías de la vida sucedió que estuve en Turin en días recientes y recordé a Pavese, porque nació en un pueblo cercano y porque decidio irse de este mundo en esta ciudad, en donde aún se pueden recorrer las calles por donde él anduvo en una de las ciudades mas europeas de Italia, cerca de Francia y Suiza y en la cual se consolido el Estado Italiano actual.

En estos días, pues, he traído en la mente El bello verano, su inolvidable impronta que se ha vuelta mas profunda y hermosa recorriendo las calles de Turin, pensando en ese contundente oxímoron en donde el verano es bello de manera literal y de manera ironica.

Todo esto con la bellísima sensación en el corazón de esperar a Italia en la siguiente FIL de Guadalajara. En donde vendrán con todo: de san Francisco de Asis a Pinochio.

 

Cesare Pavese, El bello verano, Madrid, Catedra, 2003. 168 paginas.